Pánico en las calles

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¿Recuerdan aquella película? Pánico, sí, es lo que cunde ahora en las calles, en los supermercados, en las gasolineras y, sobre todo, por el momento, en las autopistas de este país que anda, como dijera aquel ministro de Franco, al borde del abismo y a punto de dar un paso hacia delante. Zapatero lo dará. No abriguen dudas. Es posible, incluso, que lo haya dado ya cuando estas líneas lleguen hasta ustedes.

Ayer, martes, estaba viendo el telediario de las tres en compañía de mi mujer, que como saben (supongo) es japonesa, joven y tan ingenua en lo concerniente a la política como suelen serlo casi todos sus compatriotas. Vive ajena por completo a ella. No entiende que a nosotros nos preocupe tanto. Dice, y tiene razón, que en su país nadie habla nunca de eso. Señal, por cierto, de que las cosas funcionan y de que,
cuando no lo hacen, la gente apenca, carga sobre sus propios hombros la responsabilidad de lo que sucede y no corre a refugiarse lloriqueando en las faldas del papá Gobierno ni de la mamá Estado. Es otro mundo, otra sociedad, otra forma de entender la vida y de enfrentarse a ella.

Así estábamos, viendo la tele mientras almorzábamos con frugalidad de monje zen, cuando irrumpieron de pronto en la pantalla las imágenes relativas a la violencia de vitola facha desencadenada en la red de carreteras por los piquetes, comandos, navajeros y bandoleros de quienes ante la pasividad del gobierno y de las mal llamadas fuerzas del orden se creen con derecho a todo. Mi mujer, estupefacta, se volvió entonces hacia mí y, con los ojos como platos, me preguntó:

―¿Son obligatorias las huelgas en España?

Me eché a reír, por no llorar, y le dije que, en teoría, no, pero que en la práctica lo eran.

―¿Y las leyes? ―dijo.

Mi risa se convirtió entonces en carcajada abierta. Unas horas después llegaba el primer muerto. Lamentable, sí, pero… Juegos de manos, juegos de villanos.

A todo esto, la ministra Bibiana Aída (Aída, digo. No es errata, sino adaptación fonética del apellido al sexo de quien lo lleva) convertía la tragedia en esperpento y animalizaba a la mujer llamándola mi hembra. ¡En menuda lía se ha metida! ¡Manda huevas! Las chicas ya no tienen ojos, sino ojas, y las orejas de los chicos son orejos. ¿Tendremos que llamar al coño coña y a la polla pollo? Bibiana, por cierto, no es un bombón, como yo creía, sino una bombona.

¡Ay, Señor! Chikilicuatre al poder, gansterismo en las carreteras, delincuencia proverbial y lo dicho: mejor reír que llorar.

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