DRAGOLANDIA: Pánico en la tele

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Hablaba yo aquí el otro día de pánico en las calles. Era una exageración, un guiño a Richard Widmark y Elia Kazan, a los cines de programa doble que frecuentábamos los niños de los años del hambre cuando éramos pobres y felices. No sólo el París de Hemingway, también el Madrid galdosiano y barojiano de Cela era entonces, pese a todo, y a cuanto a los poetas lúgubres han dicho, una fiesta. Lo fue, al menos, para mí.

El pánico del otro día, que al parecer no ha cesado, estaba, como de costumbre, en la tele y no, como precipitadamente aseguré, en las calles, los supermercados, las gasolineras y las autopistas. Sólo lo último y, si acaso, lo penúltimo era cierto, pero ahí me las den todas, porque no son lugares que yo frecuente. Se me ocurrió ver ese día el telediario, ya lo dije, y lo que su boca vomitaba era terrorífico. Luego, ya al atardecer, salí a dar una vuelta y todo estaba en calma. ¡Maldición! El Maligno, que nunca descansa y siempre miente, había vuelto a engañarme. La culpa era mía, claro, por encender la tele. Casi nunca lo hago, pero a veces pico. No sé muy bien en qué consiste la vaina esa del apagón analógico, pero si es apagón, bienvenido sea. Tenemos a Satanás metido en nuestras casas, Es catódico, no tiene rabo ni pezuñas, no apesta a azufre ni a macho cabrío, pero… Voy a robar agua bendita en la iglesia más cercana para exorcizarlo. O mejor aún: lo tiro por la ventana, procurando que no le rompa la crisma a nadie, y ya está. ¿Sería feliz el Madrid pobre de mi infancia porque todavía no había llegado a él la tele?

Acaricio esa hipótesis, que me agrada, y fantaseo con la posibilidad de ser, hoy, irlandés para votar en el referéndum sobre Europa y decir que no. Un no más grande que el toreo de José Tomás. ¿Es tan mala Europa como lo es la tele? Allá se andan. Confío en que la tradicional rebeldía y la proverbial gallardía de los irlandeses salgan hoy por sus fueros. Temblaría Bruselas con ese portazo mientras los politeólogos allí reunidos alrededor del puchero de la sopa boba discuten sobre el sexo de los ángeles caídos, pero me temo lo peor. En Irlanda también hay tele, y ésta no sólo lava los cerebros con detergente no degradable, sino que los centrifuga, los deshilacha y los deja más secos que un escupitajo de asperón.

Por cierto (y por si las moscas y duendes de las linotipias que ya no existen): he escrito politeólogos, no politólogos. Va con segundas y hasta con terceras. El demonio sólo existe en las religiones del Libro: es teología. Yo no creo en él, ni tampoco en su antónimo. Confesándolo no me contradigo: la tele es virtual, luego no existe. Nada, en realidad, existe. Lo dijo Buda. Punto redondo.

O no. ¡Qué sabe nadie!

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