EL LOBO FEROZ: Abajo España

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Chirrío, desentono, estoy enfermo. Debería consultar a un especialista, pero no sé a cuál. ¿Un loquero, un cura, un gurú, un funcionario del ministerio de Igualdad? Soy miembro, con o, del jurado del premio Príncipe de Asturias de las Letras. Este año, al final, hubo que elegir entre una correcta escritora canadiense de intachable conducta y un levantisco escritor español de historial heterodoxo. Ganó por abrumadora mayoría la primera. Yo voté a Juan Goytisolo. Mejor habría sido para él que no lo hubiese hecho. Soy un cenizo. Siempre pierde mi candidato. Esa tarde, la del miércoles, acometí por tercera (y última) vez la lectura del nuevo libro de Ruiz Zafón y me sucedió lo mismo que en los dos anteriores: no pude pasar de su trigésima página. Tampoco había conseguido leer su primer folletón. Dirán que lo digo por envidia. Pues no: son rarezas. Envidiaría, si acaso, los royalties percibidos, pero no la autoría literaria de esas obras para lectores con acné y adultos que no han crecido. Ande yo caliente, pensará Zafón, y ríase Dragó. Pero Dragó no se ríe, sino que se rasca la cabeza, incapaz de entender a los millones de personas fascinadas por esos libros. ¿Serán las mismas que leen a Paulo Coelho, Susanna Tamaro, Dan Brown, Bucay, Ratzinger, Sampedro, Galeano y la madre Teresa? El jueves, dispuesto a ser buen chico y oveja blanca de una vez por todas, me senté frente al televisor y puse la Cuatro. Lo hice con la mejor voluntad del mundo. Era mi gran ocasión. Si lo que veía me gustaba y emocionaba o, por lo menos, me enorgullecía, sería yo, al fin, uno más. El fútbol, como la fe al ciego del evangelio, me habría sanado. Empezó el partido y… Ni por ésas. El primer tiempo me aburrió y el segundo también. Tuve que echar mano de un libro, que no era de Zafón, para combatir el tedio y apagué el sonido para no escuchar las idioteces que se decían. De vez en cuando alzaba los ojos y lo que veía fuera del campo me avergonzaba. Aspavientos, berridos y gente con el rostro pintarrajeado que se despepitaba en los graderíos y en las calles. ¿Lectores de Zafón? El hombre masa, el hedor del establo, el mugido de la tribu. ¿Sería todo aquello escenificación orquestada del Proyecto Simio al que sus señorías, desandando el camino de Darwin, se habían sumado un día antes en el Parlamento? Me avergonzó, incluso, ver a los príncipes abrazándose en público, renunciando a la dignidad áulica e incorporándose al jolgorio. ¡Hale! ¡Todos juntos! Reconciliación nacional, banderas al viento, Santiago Matamoros y arriba España. El domingo encendí otra vez la tele. Lo hice empecatado y con rabia. No me aburrí. ¿Cómo iba a hacerlo si hasta el último instante del partido, empujando con los pies de mi rareza, esperé y deseé que perdiese España? Los dioses no me escucharon. Ya dije que soy un cenizo. ¿Seré, además, un psicópata? Lo mío no tiene cura. Iré mañana al médico, y si hay que internarme, que me interne. ¿Qué pinto aquí? ¿Qué me pasa, doctor? ¿Por qué soy tan raro? ¿Por qué quiero salir ahora a la calle quemar una bandera y gritar abajo España? Ecce homo. ¡Fuego!

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