Ventiladores

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Córdoba. 5 de julio, 22:48 horas. 39º C en plena avenida de las Ollerías. En la calle hay pocas personas caminando, son más los coches que circulan herméticamente cerrados. Una vista rápida a los edificios consolida la imagen anterior de búnker. Los ciudadanos aguantan su particular vía crucis veraniego como mejor pueden. Todas las ventanas están cerradas a cal y canto, y un ruido a turbina que despega de los aparatos de aire acondicionado desplegados como un ejército entre las terrazas, vibra y se acopla al ambiente silenciando a los otros inquilinos del estío, las cigarras. Estos armatostes parecen los teléfonos móviles de los edificios. Cada vivienda con el suyo. Incluso las hay con dos y tres aparatos, uno para la mañana, otro para la tarde y el otro para la noche. Imprescindibles a la espera del toque de queda. De las sirenas que anuncien el repunte máximo de gasto de energía y, a continuación, de los cortes en el suministro eléctrico, ese máximo histórico que nos acerque a la delgada línea entre la energía y la debilidad y nos haga, aturdidos por un sopor familiar, retroceder en el tiempo, pensar en los ventiladores y en las manijas de las ventanillas de los coches, en el seat panda de papá, cuando se celebraba con alegría la huida a la playa o a la sierra, cuando al final conseguíamos dormir aunque fuera en el suelo o en la terraza, el polo flash de naranja y su jarabe derretido, el verano, al fin y al cabo, que muchos de nosotros tuvimos. Mucho antes de que los políticos comenzaran a ejercer de modelos sin corbata. Mucho antes de que el cambio climático comenzara a ser un enunciado gastado en la boca de todo ser vivo deshidratado.

 

 

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