Sociopolítica

Yo quiero campañas negativas.

Al parecer a muchísima gente le desagradan las campañas negativas en la política. Quisieran que en las campañas hubiera menos insultos y más propuestas, un debate “de altura”, menos descalificaciones, que no se “manipulara” al electorado. Dicen que las campañas negativas generan “crispación”, que “polarizan” y hacen que la gente pierda confianza en la política.

En cambio a mí me parece que las campañas negativas le hacen un servicio importante a la sociedad. Al exhibir las debilidades, carencias, pecados, posturas o acciones cuestionables, errores y omisiones los electores tenemos oportunidad de conocer mejor a los candidatos. A través de ellas nos enteramos de cosas que jamás nos enteraríamos de boca del candidato atacado, a la vez que nos formamos una opinión del candidato que lanza el ataque.

Es verdad que los ataques pueden ser infundados. Se puede recurrir a la exageración, a la omisión, a la invasión de la privacidad e incluso a la mentira vil en ese tipo de campañas. Pero también se puede difundir información verídica y relevante para atacar a un candidato. Si un candidato acusa a otro de haber favorecido a sus familiares con la asignación de contratos de obra pública sería bueno que su contrincante lo diera a conocer si tiene pruebas de ello. También podría uno acusar al otro, sin mayores fundamentos, de ser un peligro para la nación o de participar en ritos satánicos. Es en  casos como estos últimos  donde se acusa, entre otras cosas, de “manipular” a los electores y es contra esa “manipulación” que muchos piden que se establezcan leyes y normas que limitan o prohíban lo que se puede decir o no en una campaña, algunos hasta quienes pueden decirlo.

Bajo el pretexto de proteger a esos electores “manipulables” es que en México, por ejemplo, se han regulado las campañas de forma tal que resulta casi imposible a un candidato criticar a otro (por válida que sea la crítica) y se les ha impedido a los ciudadanos comprar espacios en televisión para apoyar a los candidatos de su preferencia o denunciar a aquellos tienen posiciones que a su juicio los perjudican. Así, un sindicato no puede hablar en contra de un candidato que proponga leyes que pidan su prohibición, o un grupo de judíos no podrán denunciar a un candidato antisemita, por decir algo. Yo creo que se pierde más de lo que se gana al intentar regular las campañas negativas.

A quienes insisten en proteger a los electores de ser “manipulados” o de “perder su confianza en la política” les digo que yo estoy convencido de que por una parte, los electores son bastante más listos de lo que se imaginan y que los ciudadanos nunca deberíamos, por principio, confiar en los políticos.

Por cierto, ¿saben dónde nunca hay campañas negativas? En las dictaduras.

Sobre el autor

Jordi Sierra Marquez

Jordi Sierra Marquez

Comunicador y periodista 2.0 - Experto en #MarketingDigital y #MarcaPersonal / Licenciado en periodismo por la UCM y con un master en comunicación multimedia.

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