Fauna veraniega

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Tú me miras, yo te miro, tú me esquivas, yo me acerco. Un vaso en mi mano, el bolso a juego en la tuya. Sucia mi mirada, coqueta la tuya. Yo hablo, tú escuchas. Yo me hago el gracioso, tú finges reír. Tú acento te delata. Alemana, o inglesa, o sueca, no sé, y no me atrevo a preguntar, todavía.

Te cuento mi vida, la de ficción, no la real. Tú sonríes. Puede que no me entiendas. No importa. Sigues ahí. No has huído. Eso es buena señal. Me acerco a tu oreja para hablar. Te acaricio el brazo. Tú concedes. Mis amigos jalean. Yo celebro la medalla, sin conseguirla.

Propongo otro lugar. Tú dudas. Yo insisto. Tú miras a tu carabina, perdón, tu amiga. Ella asiente. Aprueba mi presencia. Será porque no conoce mis intenciones. O será porque las intuye. Salimos de la discoteca. Tomamos un taxi. Te abro la puerta. Como si fuera un caballero. Tú finges creerte mi farsa.

‘La posada del fracaso’. Canción de Sabina. Disco-bar cerca de mi hotel. Lugar ideal. Para mi objetivo. Oscuro. Vacío. Música romántica. Sin miradas acusadoras. Te invito a otra copa. Ebria serás más sencilla. Te cuento mis últimas vacaciones en Roma. Esas que nunca tuve. Esa ciudad en la que nunca he estado.

No te dejo hablar. No me interesa lo que tienes que decir. Toda nuestra conversación es un medio. Un medio para un fin. Un fin que ambos conocemos. Un fin que ambos aceptamos. El camarero llega con la segunda ronda. Yo acaricio tu mano. Como por casualidad. Mi otra mano se acerca a tu cara. Acaricia tu mejilla. Distancia física eliminada.

Te beso. Tú me besas. Nos besamos. Sabes a alcohol. Supongo que yo también. Suena ‘Pacto entre caballeros’. No es la canción ideal para el momento. Pero nos sirve. Los besos se repiten. Cada vez más largos. Cada vez más duraderos. Apuramos las copas. Te invito a mi hotel. Tú aceptas.

Me despierto al día siguiente. No estás. No te recuerdo. Sólo tu ausencia te delata. Disfruté, supongo. Tú no, seguro. No importa. Podré contar que sí. Todos me creerán. O fingirán creerme. Por convención. O porque quieren que yo les crea después.

Bajo a la playa. Todo el día al sol. Todo el día en el agua. Sólo una forma de dejar las horas pasar. Pasar hasta que llegue la noche y una nueva presa se ponga frente a mí. No importa la calidad. Sólo la cantidad.

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