Protesta universal

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El informativo de hoy —puede ser el de cualquier día— me trae distintos hechos que, por encima de su diversidad, presentan una machacona constante. Vean: trabajadores de una ciudad gaditana y sus esposas se echan a la calle para protestar por el cierre de su empresa. Vecinos de una ciudad costera hacen una manifestación para evitar la construcción de un complejo urbanístico. Policías de paisano se manifiestan y piden mejoras en sus condiciones laborales. En el lejano Irak naturales del país, airados y barbudos todos, se rebelan contra la presencia militar americana, a la que culpan de desórdenes y muertes. Un grupo de militantes de un partido protestan por una decisión del gobierno en un lugar atípico: la puerta de un hospital. A esto se podría añadir un largo etcétera. El regusto que nos deja la actualidad, después de sumergirnos un rato en su variopinta movida interminable, es el de una protesta universal. Todo el mundo se queja de algo. Todo el mundo está descontento de algo. La ley en la que se basa cualquier ciudadano, creída como un dogma no necesitado de demostración, tiene un artículo primero y principal que dice: yo tengo derecho a… Todo hijo de vecino pide. ¿A quien? ¿Hay alguien, alguien institución o persona que tenga capacidad de atender tantas demandas y al mismo tiempo? Es imposible. Todo el mundo protesta. ¿A quién? ¿Hay alguien que tenga el omnímodo, casi infinito poder de recoger, valorar y contestar a todas estas protestas? Nadie en nuestra sociedad sabe disimular su dolor, molestia o desgracia.

Recomiendo, como antídoto a este descontento general, la lectura de una de las páginas más bellas de la literatura española, el Tratado III de «El Lazarillo del Tormes», que nos cuenta « Como Lázaro se asentó con un escudero, y de lo que le acaeció con él». Lázaro, después de haber pasado por unos cuantos amos despiadados y tacaños, viene a dar con uno de buen porte y agradable trato. Augura, erróneamente, que con él mejorará su mala vida. Pero este pobre escudero es tan desgraciado como Lázaro. Empobrecido -nunca fue rico, de todas formas- tiene que ocultar su indigencia sin perder la compostura, sin descomponer su cuidada imagen. No puede quejarse, ni siquiera reconocer su hambre. A pesar de su disimulo, no creo que su actitud pueda ser tachada de hipocresía. Un fondo de fortaleza estoica —ese estoicismo tan hispano, del que María Zambrano ha escrito cosas bellísimas—, de nobleza quijotesca nos lo hace simpático. Hay algo que lo coloca en un plano de superioridad moral: no exige a los demás, sino a sí mismo. Su vida es un esfuerzo de autodisciplina y renuncia. Con los demás es amable y comprensivo. Nadie imagina al pobre hidalgo empobrecido protestando, lamentando su suerte o, simplemente, quejándose. Sería curioso saber qué pensaría nuestro personaje, ocultador de sus hambres y remiendos, esclavo de su imagen, de esta situación de impúdica quejumbre, de esta protesta universal.

 

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