Como moscas a la hez

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El sábado pasado, viendo por televisión el final de la etapa de la Vuelta Ciclista, con llegada al Angliru, comprendí por qué cada vez me gusta menos seguir este deporte, antes una de mis grandes pasiones. No es que no me interese; al contrario, estoy pendiente de los resultados de las grandes pruebas por etapas y suelo ver también los campeonatos del mundo y las pruebas de los Juegos Olímpicos. Pero ya no siento el mismo placer presenciando las épicas etapas de montaña, con los escapados, las persecuciones, los hachazos, los vuelcos en la general, las pájaras de los aspirantes, etcétera. Prefiero leer por la prensa o enterarme por la radio a ver yo mismo delante del televisor los acontecimientos.

¿Y por qué? Como digo, lo comprendí el sábado. En la subida al Angliru, uno de los ascensos más exigentes del panorama mundial, los supuestos aficionados colapsaban los tramos más duros, impidiendo materialmente el paso de los ciclistas. Apenas les quedaba un pasillo para avanzar entre una muchedumbre chillona y molesta. Iban de uno en uno, al menos los de cabeza de carrera. Pero, ¿qué habría pasado si hubieran llegado en grupo y alguno hubiera querido escaparse con un espectacular demarraje? Se lo habrían impedido los inoportunos seguidores. Admito que esto no es de ahora. Yo ya recuerdo haberme indignado hace muchos años viendo cómo, en los grandes ascensos del Tour de Francia, entre el público y las motos no dejaban a los ciclistas desarrollar sus estrategias y les obligaban a ir en fila india. La misma emoción que en la Fórmula 1, pero sin boxes. No es de ahora, como digo, este fenómeno, pero no por ello deja de ser triste: los supuestos aficionados, los que se molestan en coger el coche y pasar horas en la carretera esperando a que pasen sus ídolos, son los que menos hacen por preservar el espectáculo del deporte y la pureza de la competición.

El caso es que yo el sábado descubrí que no son aficionados al ciclismo. Los amantes de este deporte, muchos de los cuales lo practicamos con mayor o menor frecuencia, respetamos a los deportistas y no vamos a la montaña a molestarles, y además sabemos que se disfruta mejor desde casa: te enteras de todo, sigues la carrera completa y no tienes que soportar al imbécil de al lado, que se pasa el rato llenando el campo de basura y, justo en el momento crítico, te quita de ver. Quizá entre los muchos exaltados que acuden a la carretera a ver pasar los ciclistas haya unos cuantos que sientan tanta pasión por el deporte que todas estas consideraciones no basten para retenerlos en el sofá delante de la tele. Pero la mayoría de la muchedumbre enardecida que abarrotaba precisamente las rampas más inclinadas del puerto daba una penosa imagen del género humano. Cada uno tenía que ser el que más gritara, cada payaso tenía que pegar una palmada en el culo a los ciclistas; algunos se empeñaban en empujarles, en un intento de captar el protagonismo que no les corresponde, hasta que otros aficionados más conscientes les retenían (Carlos Sastre estuvo a punto de irse al suelo gracias a uno de esos majaderos). Y, lo que más náuseas me dio, cientos de aprendices de toreros se empeñaban en lidiar a los corredores con sus banderitas, no sé con qué ánimo, o les perseguían ondeándolas al paso de las cámaras. ¿Aficionados al ciclismo, o más bien exacerbados nacionalistas, dispuestos a deshonrar la pureza del deporte con la intromisión de sus obsesiones patrioteras que a nadie le importan?

Los ciclistas no tienen la culpa. Ni el dopaje, ni los aciertos o desaciertos de los organizadores. Me disgusta ver el ciclismo por televisión porque me hace recordar continuamente que la sociedad está plagada de cretinos y que, curiosamente, la mayor parte de esos cretinos son también nacionalistas, del color que sea. Y no, no voy a ser políticamente correcto. El nacionalismo es una vergüenza ideológica y moral, una lacra del mundo moderno (especialmente en Europa) que impide a la civilización avanzar. Y la prueba de que es una inmundicia es ver con qué facilidad acuden a él los seres más abominables de la sociedad.

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