Los niños ya no juegan en las calles

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Ayer paseaba por una de las calles de mi barrio y no vi a ningún niño jugando. Un par caminaban de la mano de su abuela, y otro volvía discutiendo con su madre mientras cargaba con una mochila que parecía repleta de piedras, aunque supongo que sólo llevaría libros. Y llegué a una conclusión dolorosa: los niños ya no juegan en las calles.

Unos dicen que la seguridad de la calle se ha degradado hasta el punto de que los padres no permiten a sus hijos bajar a jugar sin protección adulta. Otros hablan de la sedenterización de las diversiones infantiles, pasando del corretear por las calles al corretear en la consola. Supongo que las dos teorías son ciertas.

Recuerdo cuando yo era niño. Nada más llegar del colegio salía a jugar a la calle. Jugaba al fútbol, a la peonza, a las canicas, a los platillos, al clavo, a pegar a las chicas,…, a lo que fuera. El caso era estar en la calle hasta que llegaba la hora de cenar.

Y así, los niños aprendíamos la ley de la calle, ésa que no se aprende en los libros. Aprendíamos a defendernos de la vida, aprendíamos a respetar la diferencia y las opiniones ajenas, aprendíamos que había vida más allá de la opinión de nuestros padres, aprendíamos, en una palabra, a vivir.

Hoy en día, los niños no saben vivir. No comprenden las leyes básicas de la sociedad. Exigen todos los caprichos y no aceptan la negación, viven aislados en su burbuja y no respetan ni pensamientos ni sentimientos diferentes a los suyos, han perdido la educación social porque no conocen ningún lugar social ajeno a los ya establecidos (el colegio, la casa y las clases extraescolares).

Si a esa conducta asocial propiciada por su vida sedentaria, le unimos la falta de autoridad de los padres, incapaces de imponer su criterio cargados por el sentimiento de culpa de trabajar demasiado y no pasar tiempo con sus hijos, estamos condenando a nuestros infantes a ser seres arrogantes, egoísta y asociales.

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