José Tomás… ni menos

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José Tomas acompaña a los toriles a Idílico, indultado, en la Monumental de Barcelona

Mi columna de hoy iba a llamarse Epitafio y trataba de la Gran Depresión de 2008. He tenido que posponer su publicación hasta el próximo martes. Seguirá estando de actualidad. Todo epitafio es, por definición, eterno y, sin llegar a tanto, casi eterna nos parecerá, por su duración y su dureza, la crisis que hoy corta la respiración del mundo. Eterno será también en la memoria colectiva el suceso que me obliga a aplazar lo que escribí el domingo. Ya es lunes, sigo en Barcelona, adonde vine el viernes para asistir a las dos corridas de toros de la Merced, y ando aún tambaleándome por el impacto de lo que el segundo día vi y sentí en la Monumental durante la lidia del quinto de la tarde. Don de la ebriedad, como dijera el mejor poeta español de los tres últimos siglos (va por ti, Claudio), y monumental, en efecto, chute de emoción ética y estética en la femoral de las veinte mil personas que llenaban el coso hasta los huevos de avestruz, y de torero, que lo coronan y en las recosidas coronarias de este lobo feroz que ya puede morir tranquilo. No es para menos y, por no serlo, se me perdonará el recurso a la hipérbole, aunque en puridad no la haya, y se me consentirá que cargue la suerte y diga lo que dijo Simeón tras escuchar a Jesús. ¿Vedi Napoli, e poi mori, ver Nápoles y después morir? Pues bien: he visto Nápoles, O sole mio, he escuchado a Jesús en el Templo, Dominus vobiscum, y estuve el 21 de septiembre de 2008, fecha para la historia, hito ya de la leyenda, en la Monumental de Barcelona mientras el mejor torero de los veinte últimos siglos hacía lo que jamás se había hecho. No voy a describirlo, porque no hay palabras que lo describan. No voy a poner ningún punto sobre ninguna i, porque en mi alfabeto no existen hoy letras minúsculas. No voy a poner pegas al indulto del toro Idílico (lo fue) ni a nada de lo que el domingo sucedió en la plaza de la Dignidad de Barcelona, y sí voy, en cambio, a dar rienda suelta a mi entusiasmo, a mi gratitud y a la ebriedad que aún me tiene tarumba. Fui por primera vez a los toros en la isidrada del 52, llevo 56 años de afición a cuestas, he visto torear a Ordóñez, a Camino, a Bienvenida, a Luis Miguel, a El Viti, a Curro, a Paula, a Manolo Vázquez y al sursum corda, pero nunca había visto, y me temo, ay, que nunca lo volveré a ver, lo que vi el domingo. José Tomás pintó Las Meninas, esculpió la Venus de Milo, compuso la Novena, escribió Hamlet, conquistó Troya y llegó a Itaca. Arma virumque cano… Yo también, como Virgilio, canto hoy las armas y al varón madrileño que indultó en Barcelona un nobilísimo toro andaluz, salió a hombros de la plaza arrebujado en una senyera que su gesto y su gesta convertían en gran señora e hizo libres, fraternos e iguales a veinte mil seres insobornablemente humanos que lloraban de emoción y se fundían en un solo e inmenso corazón. El de Iberia, el de todas las Españas, el del mundo. Te debo, José, lo más hermoso que en la vida me ha sucedido. Deberían llamarte Tomás allá o, simplemente, Tomás… ni menos.

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