No podremos decir que no lo sabíamos

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Desde hace décadas nos han venido alertando de los graves problemas que nos amenazaban. Desde la explosión demográfica, al cambio climático, vertido contaminante en los mares, el destrozo en los bancos de pesca, los efectos perversos del fundamentalismo y del modelo de desarrollo neoconservador, la ignominia de los paraísos fiscales en donde se blanquea el dinero del narcotráfico, de la venta de armas y del crimen organizado. Cuando llegaron, todos nos hicimos de nuevas. Como sucedió con la caída del muro de Berlín o de la URSS o con el impresionante auge de China.

Antes de una década, la Unión Europea tendrá 50 millones de personas mayores de 65 años. Estas personas son las que más visitas hacen a la Seguridad Social y las que toman más medicamentos, aparte de pasar más tiempo en sus casas durante los meses del crudo invierno. Se incrementan el consumo de calefacción, las afecciones respiratorias y reumáticas, la depresión, la soledad y la sensación que tienen estas personas de ya no ser necesarias.

Hasta los países europeos del Mediterráneo conocen esas cifras de jubilados por su edad o por las políticas laborales de las empresas que antes se producían en los países más ricos de Europa.

Ahora, los responsables políticos buscan cómo abordar el tiempo libre en aumento para esos ciudadanos. Nuestras sociedades no estaban preparadas para responder a esas demandas y se agotan las medidas de vacaciones subvencionadas y de actividades culturales para ese ocio impuesto que a muchos les resulta una carga insufrible.

No es casualidad que los médicos de cabecera detecten un aumento de enfermos en sus consultas que han somatizado su soledad y su sensación de impotencia. Los consultorios se llenan de personas mayores que anhelan hablar y ser escuchadas.

La nueva configuración de las familias en los países europeos quita sitio para los abuelos en los nuevos hogares. Éstos están cada día más compuestos por una pareja con uno o dos hijos y que habitan viviendas maltusianas, llenos de hipotecas y de obligaciones para atender a las necesidades que el consumismo les ha ido creando.

Ante el desbordamiento de las estructuras sanitarias y la amenaza de no poder hacer frente a las pensiones que no crecen al ritmo del coste de la vida, se me ocurre lo siguiente:

En España, Grecia, sur de Italia y sur de Portugal, el espectacular desarrollo económico ha venido precedido por las remesas de divisas que los emigrantes enviaban desde el norte. A medida que el nivel de vida de estos países se acercaba a los del resto de la Unión Europea, los emigrantes fueron regresando a sus lugares de origen aportando saberes, costumbres, técnicas y capacidades imprescindibles para la formidable industria del turismo que se apoyó en el clima del Mediterráneo.
Los hijos de esos emigrantes hablaban otras lenguas, vivieron otras costumbres y habían aprendido a respetar otras formas de convivencia.

La ayuda que la Unión Europea prestó a estos países mejoró sus carreteras, ferrocarriles y aeropuertos, así como las comunicaciones telefónicas, atención médica, facilidades bancarias y las instalaciones de playas y de recreo.

Hasta entonces se creía que el ocio era patrimonio de los más pudientes. La experiencia demostró que no era así y cientos de miles de pensionistas empezaron a viajar a las islas Baleares, Canarias, Costa del sol y otros lugares similares de Italia, Portugal y Grecia.

¿Cuál era la riqueza fundamental que aportaban estos países en vías de desarrollo? El sol, el clima, el agua, los paisajes y el carácter abierto y acogedor de sus ciudadanos.
¿Por qué no se transforma el norte de África en instalaciones hoteleras de acogida para esos millones de jubilados europeos que podrían pasar casi la mitad del año disfrutando de ese clima y de sus posibilidades?

Las visitas a los centros médicos y el consumo de medicamentos se reducirían. El uso de carburantes para calefacciones, así como la contaminación, también descendería. El estado anímico de millones de personas mejoraría al tiempo que se beneficiarían del aumento de la capacidad adquisitiva con las mismas pensiones.
Cualquiera que haya viajado por Marruecos, Túnez, Libia y Argelia puede comprobar la mejora de sus instalaciones hoteleras, culturales y de ocio en general.
Como sucedió en el sur de la Unión Europea, cientos de miles de puestos de trabajo serían creados en esos países para sus ciudadanos. Harían en su tierra lo mismo que están haciendo en tierra ajena proporcionando un lugar al sol para esas personas mayores que ven con temor la llegada del otoño y del invierno.

Sería posible organizarse entre los países de la Unión Europea y los del norte de África para desarrollar conjuntamente otro tipo de instalaciones y potenciar esa riqueza que alienta en las tierras y en las poblaciones de nuestros vecinos de la otra orilla del Mediterráneo.

José Carlos García Fajardo

Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM)

Director del CCS

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