Economía

Capitalismo y crisis IV

III – Soluciones a la crisis

Cuando una economía atraviesa por un ciclo económico, es inevitable que éste desemboque en un período recesivo. Como ya explicamos en la sección anterior, la crisis es el momento de catarsis en el capitalismo donde, naturalmente, se liquidan las malas inversiones y los recursos son reasignados a diferentes sectores. La fuerza de estas catarsis varía siempre en relación directa con el tamaño de la burbuja que se creó a partir de la manipulación del crédito. Es importante recalcar esto, ya que si bien una de las críticas más comunes a la interpretación austriaca es que ésta parece darle demasiada importancia a la moneda, la realidad es que las demás escuelas de pensamiento económico desprecian el papel del dinero en una economía, tratándolo como un simple medio de intercambio en las transacciones, algo meramente nominativo.

Una gran parte de la ciencia económica aplicada, busca los mecanismos de política pública para contrarrestar las crisis. En la actualidad ya se habla de remedios anticíclicos, lo que significa que se ha terminado por aceptar la existencia de un ciclo económico. Pero históricamente hablando, la rama de la economía que se encargó de buscar algún remedio a estos periodos traumáticos fue la escuela keynesiana, que ganó fama luego de la crisis de 1929. En la actualidad nos enfrentamos a un paradigma completamente distinto ante el aparente desprestigio del keynesianismo en favor al monetarismo (o neoliberalismo). A continuación veremos superficialmente las principales líneas de acción por parte del estado cuando la burbuja ha estallado, desatando así la crisis como tal.

Keynes y el gasto público

En su afamado libro, Teoría general de la ocupación, interés y dinero, Keynes hace una crítica importante al así llamado dogma neoclásico, que se basaba principalmente en la capacidad del mercado para autorregularse hasta el punto de llegar al equilibrio. El economista británico pensaba de otra forma, ya que, según él, los mercados per se son incapaces de perfeccionarse a sí mismos sin ayuda de la participación del estado. Para demostrarlo, usó la conocida fórmula que establece que la demanda agregada es igual al consumo privado más la inversión privada. El ahorro, como bien sabemos, es la parte de la renta que no se consume y que más tarde se convierte en inversión o consumo futuro. Keynes pensaba que era posible que se diera un escenario en el que el ahorro de toda una comunidad fuera demasiado elevado, lo que automáticamente generaría un subconsumo de la producción total. Las empresas acumularán los inventarios y verán que es más rentable disminuir la producción total.

Keynes afirmaba que, a medida que crece el empleo hay un aumento en la renta. Si se diera un aumento generalizado en estas rentas, el resultado lógico sería que la demanda agregada aumentara. En un primer momento es que aumenten los precios, pero en el largo plazo sería más viable para los empresarios aumentar la producción ya que ante la demanda insatisfecha será empujará a que crezca lo producido. Para eso, evidentemente, se necesitan de mayores empleos y como tal se dará un nuevo aumento en la renta agregada. Si los ingresos aumentaran progresivamente, aumentaría también la propensión marginal a consumir y disminuiría el afán de ahorro excesivo, que, como ya hemos visto, sólo genera que no se pueda vender la producción total. Si ésta no se vende y los stocks aumentan, entonces el desempleo se hará evidente en la medida en que los empresarios despidan a trabajadores que no resulten rentables para el proceso productivo, acarreando nuevamente una disminución en la renta.

Keynes transforma su fórmula, y establece que ahora la demanda agregada viene dada por D = C + I + G, donde G es el consumo del gobierno. De ahí, Keynes concluyó que existía un efecto multiplicador del gasto público. Si se estimula la demanda agregada, entonces aumentará el nivel de empleos y por lo tanto de los ingresos. Para que estos estímulos se materialicen es necesaria la intervención del gobierno, ya que mediante sus decisiones es posible que los individuos perciban mayores rentas. El multiplicador del gasto público explica que un aumento en el gasto traerá consigo un aumento en el bienestar total de la sociedad. Cuando hay un período recesivo, la tasa de paro (o desempleo) aumentará y por lo tanto las rentas serán aún menores. Para esas circunstancias, Keynes propone un aumento en el gasto público, pues éste estimulará la demanda agregada y el consumo de las personas, acelerando nuevamente la economía, creando la necesidad de una mayor producción y de un mayor nivel de empleo.

Hasta este punto, Keynes pensaba haber encontrado la respuesta ideal para que la economía saliera de las etapas de crisis. Los posteriores teóricos del keynesianismo se apoyaron, además, en la curva de Phillips. Un modelo que establece una relación inversa entre la tasa de desempleo y la inflación. Es decir, a mayor inflación, menor desempleo. Durante mucho tiempo, el inflacionismo se volvió el estandarte de los gobiernos de occidente, sin sospechar que en los años 70 se llegaría al temido problema de la estanflación.

Además, Keynes apoyaba la intervención en la moneda por parte de los bancos centrales. Para que el gobierno pudiera propiciar una mayor tasa de empleo, sería necesario un sistema más líquido y un mayor financiamiento. Los bancos centrales, entonces, han de volverse los emisores de grandes cantidades de billetes, sin que haya cabida alguna para un patrón oro que sería restrictivo. En esta lógica no es posible entender el keynesianismo sin la existencia del dinero fiduciario de curso forzoso.

Un resumen de las ideas keynesianas se halla en la historia económica del siglo pasado. Tras la crisis del 29 – que, dicho sea de paso, poco tuvo que ver con el liberalismo económico – los gobiernos se sintieron con el derecho de ser los máximos rectores de la economía. El mercado por sí solo no puede ser salvado, por lo tanto es necesario que el gobierno intervenga en él. Para contrarrestar los efectos devastadores de la crisis de 1929, el gobierno optó por aplicar el New Deal, un plan económico que ponía especial énfasis en el papel principal del estado en la vida económica como un agente generador de empleos y acelerador de la economía. Se crearon muchas empresas públicas para que éstas albergaran más y más trabajadores, en una lógica que actualmente se le conoce como contratar gente para cavar huecos y luego taparlos.

Friedman y el neoliberalismo

Aunque la escuela austriaca pone en duda el siguiente argumento, suele decirse que el mayor enemigo intelectual de Keynes fue Milton Friedman, padre del monetarismo de la escuela de Chicago y el actual neoliberalismo. Como divulgador de la libertad, Friedman fue sin duda impecable y muchos de sus valores aún no terminan de ponerse en práctica, quizá por culpa de él mismo.

Lejos de la ortodoxia keynesiana y algo influido por Friedrich Hayek – ¡a veces llamado monetarista! -, Friedman se ocupó del estudio de la economía desde una perspectiva que recogía los viejos postulados de la escuela clásica. Desde un principio, Friedman se opuso a la intervención estatal en el plano económico, ya que éste entorpecía al mercado. Siempre convencido de la falacia detrás de la curva de Phillips, Friedman se mostró como el vencedor intelectual a partir de la década de los 80, justo cuando Reagan y Tatcher tomaban el poder en Estados Unidos e Inglaterra respectivamente. El agotamiento del capitalismo keynesiano tras la infructífera administración de Jimmy Carter parecía hacer evidente la superioridad del modelo soviético.

Estados Unidos era un país con una inflación sumamente elevada y unas tasas de interés exageradas. Cuando Reagan asumió el poder, acatando las indicaciones de Friedman, lo primero que se hizo fue reducir drásticamente los tipos, dando a luz al estandarte del monetarismo: un estado mínimo en la economía que ponga énfasis en el control de la inflación. Si ya había aparecido la estanflación, Friedman pensó que la misión de todo banco central debía ser una meta de mantener siempre baja dicha tasa.

Friedman pensaba, a diferencia de Keynes, que la crisis del 29 era culpa de la Reserva Federal, pero bajo una óptica distinta a la de la escuela austriaca. Para el Chicago Boy, el error había sido la contracción crediticia. Pensaba que la solución era que la FED mantuviera una política monetaria expansiva, otorgando créditos y préstamos de manera indefinida. Los tipos de interés altos son para el monetarismo la gran problemática en el capitalismo, por lo tanto, un banco central que actuara sobre los tipos podría contener bastante bien las crisis. La expansión continua del crédito lograría un ritmo elevado en la actividad económica. Con los intereses bajos, los empresarios pedirían más créditos y aumentaría la inversión. En este sentido, el banco central debía tener especial cuidado en la emisión de la moneda, ajustándola siempre a niveles razonables, ya que el mal más temido para Friedman era la inflación -un fenómeno estrictamente monetario, en sus palabras.

Para salir de las recesiones, la medida tomada por la Reserva Federal ha sido, en los últimos tiempos, una baja arbitraria en los tipos de interés. Sin embargo, como ya explicamos en la sección anterior, esto sólo propicia la creación de las burbujas. El paradigma liberal de Friedman es, en todo caso, sumamente distinto al que ostenta la escuela austriaca y muestra sus mayores errores en el momento de, nuevamente, apoyarse en el dinero fiduciario y en el arbitraje sin control de los tipos de interés. Fue el mismo Friedman quien dijo que la economía estaba pasando por su mejor momento. La poca solidez teórica de sus recomendaciones ha puesto de manifiesto que, como tal, el monetarismo debe replantearse, ya que en el largo plazo se vuelve incompatible con el libre mercado en la medida que éste se vuelva cómplice de las autoridades monetarias. Podemos destacar que el principal problema es la visión cortoplacista que tienen los liberales de Chicago, ya que su teoría les permite ver el dinamismo en la economía durante los períodos de expansión crediticia, pero les imposibilita vislumbrar las consecuencias de una economía basada en el control absurdo de la inflación y la necesidad de contar con un instrumento que niegue la posibilidad a los bancos de tener un respaldo real en el dinero.

Sobre el autor

Jordi Sierra Marquez

Jordi Sierra Marquez

Comunicador y periodista 2.0 - Experto en #MarketingDigital y #MarcaPersonal / Licenciado en periodismo por la UCM y con un master en comunicación multimedia.

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