El honor de los Bin Laden

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El clan de los Bin Laden está harto de llevar un apellido maldito; un apellido que, desde el 11 de septiembre de 2001, provoca rechazo, cierra las puertas del selecto mundillo de los multimillonarios occidentales. Los Bin Laden, refinados, ricos y famosos, quieren disfrutar de las prerrogativas que les concede su holgada situación económica, de aparecer en las páginas de los semanarios populares como “famosos” que llegaron a la cúspide del éxito social. Sin embargo, la sombra de Osama, la oveja negra de la familia, obstaculiza la materialización de sus sueños.

Durante las últimas semanas del verano, los parientes del terrorista más buscado del planeta se reunieron en una mansión aislada de Monte Carlo, una especie de fortaleza inexpugnable situada en las colinas del principado. Ahí, una cuarentena de hermanos, primos, tíos y cuñados del líder de Al Qaeda, trataron de elaborar una estrategia destinada a “lavar la cara” al conjunto del clan. Una decisión indispensable, teniendo en cuenta los intereses económicos de la familia, que controla las actividades del “Saudi Bin Laden Group”, empresa multinacional presente en numerosos países del Oriente Medio y del Magreb y que cuenta con una plantilla de 35.000 empleados. La compañía, cuya cifra de negocios asciende a 5.000 millones de dólares, fue creada en 1950 por Mohamed Bin Laden, patriarca de la familia y hombre de confianza de la Casa Real wahabita, encargado del mantenimiento de las mezquitas de las ciudades santas de Meca y Medina y también de los edificios públicos del reino.

Aparentemente, los miembros del clan congregados en Monte Carlo pretendían hallar una solución milagrosa para acabar con el lastre impuesto por la mala imagen de Osama. Un ejemplo concreto: hace unas semanas, un grupo de negocios saudí trató comprar el equipo de fútbol británico de Newcastle. La transacción, llevada a cabo por un testaferro, quedó sin embargo neutralizada al descubrirse la verdadera identidad de los compradores: los ¡Bin Laden!

No cabe duda de que para la familia del terrorista más buscado es importante llevar a cabo una “operación sonrisa” antes de emprender la deseada, aunque no siempre confesada, conquista del mercado europeo. De hecho, la mayoría de los miembros del clan reúne los requisitos necesarios para ganar esta guerra. Salha, la anfitriona de Monte Carlo, casada con el estilista italiano Francesco Piccirillo, cuenta con una fortuna propia estimada en más de 200 millones de euros. Abdullah Bin Laden, quien cursó estudios en la prestigiosa universidad estadounidense de Harvard, reside en Inglaterra, donde dirige una multinacional. Otro de los hermanos, Tarek, regenta una cadena de farmacias en las islas británicas. Yeslam, ciudadano suizo, preside el grupo financiero “Saudi Investment Group”. Al igual que otros miembros de la familia, Yeslam tuvo sus más y sus menos con los servicios de seguridad franceses, empeñados en interrogarle poco después de los atentados del 11 de septiembre. Una situación bastante incómoda para un banquero suizo.

“He repudiado a mi hermano a raíz del daño que causó al conjunto de la humanidad. Pero estimo que ya es hora de desembarazarnos de su sombra”, confesó Salha al tratar de resumir el complejo programa del aquelarre de Monte Carlo. La “operación sonrisa” acaba de empezar…

Adrián Mac Liman

Analista político internacional

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