Creer en Santa

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Se les puede perdonar a los niños el que crean en Santa Claus; son niños después de todo.  A los adultos no se les puede perdonar por creer en la benevolencia y sabiduría del gobierno.  La estupidez y la depredación en esa institución está a la vista de cualquiera que quiera verla. – Don Boudreaux

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Efectivamente, los niños dejan de creer en Santa, pero muchos adultos nunca dejan de creer en el gobierno.  Los llamados que muchos hacen para los gobiernos resuelvan la actual crisis financiera son bastante más ingenuos que las cartas que muchos niños escriben a Santa.

Un niño tiene una buena razón para escribirle una carta a Santa Claus. En su corta experiencia, el hacerlo le genera beneficios.  Cuando en el pasado escribió una carta, recibió regalos.  En cambio un adulto, debería saber que los gobiernos son como “Santas Malignos” que en lugar de darte lo que les pides terminan por  quitarte lo que tienes.

Cuando un niño descubre que sus padres eran quienes le traían los regalos dejan de creer en Santa, pero cuando un adulto descubre que el gobierno no es capaz de darle lo que quería, en lugar de perder la fe en el gobierno piensa que basta elegir a otro gobierno que sea capaz de cumplir sus deseos, algo equivalente a que un niño buscara depositar su fe en otro personaje imaginario.

Muchísimos adultos se niegan a reconocer que la acción del gobierno no es la solución a los problemas.  Que lejos de ello,  la intervención gubernamental suele ser el origen de esos problemas.  Se niegan a reconocer, por ejemplo, la gigantesca responsabilidad que tiene el gobierno de la actual crisis económica.  No el gobierno de Bush, o el gobierno de Clinton, sino el gobierno como institución a la cual animosamente la gente le otorga enorme poder con la esperanza de que le resuelva sus problemas que al final del día no podrá ser capaz de resolver.

Demasiados se niegan a ver que al otorgar al gobierno poder para intervenir en áreas cada vez más amplias de nuestras vidas solamente aumentamos la posibilidad de que nuestros problemas se multipliquen y profundicen.

Milton Friedman nos lo advertía al indicarnos que detrás de la intervención gubernamental hay dos grandes mentiras:

1.  Se puede hacer el bien usando el dinero de otros. Esto es falso, pues hacerlo supone antes quitarle el dinero a esos “otros” y el único modo de hacerlo es mediante la fuerza o la amenaza del uso de la fuerza. La intervención gubernamental tiene su origen en la violencia, no en la cooperación.

2. Otros pueden hacer mejor uso del dinero que uno mismo. Creo que salvo rarísimas excepciones pocos estarían de acuerdo con lo anterior.

Lo correcto es desconfiar en el gobierno, en cualquier gobierno, independientemente de su orientación ideológica, otorgarle el menor poder posible y exigirle que haga pocas cosas y que las haga bien.  Debemos tener presente que los gobiernos no están compuesto por ángeles (aunque muchos políticos insistan en presentarse como tales) sino por seres humanos con virtudes y defectos,  que posiblemente asistieron a una escuela como a la que nosotros asistimos, que aborrecen y disfrutan, que aman, odian y temen morir al igual que todos.  Tenemos presentes que son como nosotros, pero que son fundamentalmente distintos a nosotros en algo: tienen el deseo de gobernarnos.  Por ese solo hecho debemos desconfiar de ellos, no hacerlo sería como creer en Santa.

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