La emoción de España

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Asisto en el día de la Hispanidad a un sencillo acto en una casa-cuartel de la Guardia Civil. La banda municipal, en su mayoría jóvenes y niños, entona los acordes de la Marcha Real, mientras se   iza la bandera nacional en un ambiente de emoción y respeto. Hay un ambiente casi familiar; muchos niños  y familias completas. Un detalle: “una” guardia civil, cuyo airoso pelo recogido no desentona para nada con el tricornio.

Los militares presentes asisten en posición de firmes, mientras que los civiles contemplamos y oimos con actitud de recogimiento. El acto tiene la sencillez de una fiesta de pueblo y, al tiempo, la solemnidad de una acto ritual. Se cierra, como es de rigor, con vivas a España, al Rey y a la Guardia Civil.

Pienso en la vida de estos hombres y en la de sus familias. Viven con modestia en una casa-cuartel que en nada se parece a una zona residencial. Hacen un trabajo duro y quizá no muy bien remunerado. Están sujetos a traslados y al duro trabajo de adaptarse a nuevos lugares. Y sin embargo, parece que en ellos recae,  en parte,  esta función de sostener la idea, la emoción de España, el respeto y la debida consideración a sus símbolos.

Estos hombres, tantos otros, cuando defienden la idea de España, no defienden privilengios ni prebendas propias. Más bien, se trazan un camino para el trabajo y el sacrificio. Comparo su situación con la de otros, de posición más privilegiada, a los que parece que no le importaría romper la baraja de una partida en la que a ellos no les va tan mal.

España no es un invento de reaccionarios ni una coartada de prepotentes. Por el contrario, creen en su realidad y confían en sus posibilidades miles, millones de gente sencilla, que se sitúa más allá de las argumentaciones, de las disquisiciones políticas, de los debates históricos.

España se condensa en ciertos signos que nos emocionan -la bandera, el himno, la Corona en lo que tiene de símbolo vivo- , signos que son, más que antiguallas arqueológicas o piezas de un meseo nostálgico, luces que nos iluminan un futuro común. Es así de sencillo: en una casa-cuartel, celebrando el 12 de octubre, decubro que España, como casi todas las cosas humanas que importan, es una emoción.

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