La sepultura del libre mercado

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Desde que se puso en boga el libre mercado desde los años ochenta, cada vez que hay una crisis o un simple periodo recesivo, se escuchan las voces detractoras que conjugan de un modo muy ecléctico el pesimismo y el optimismo: éstos son los daños que nos causa el neoliberalismo, ya que ha demostrado cómo no es un modelo de crecimiento (Gérard Dumenil dixit), sino de enriquecimiento de las clases más acomodadas; estamos llegando a una nueva edad oscura (sic, Lyndon Larouche); sin embargo ésta es la oportunidad perfecta para replantearnos el pensamiento económico, así como la organización misma de la sociedad. Parece ser que cada crisis es una especie de oportunidad para hundir el barco del liberalismo económico en favor del proteccionismo y un regreso al keynesianismo más clásico.

Lo cierto de esta visión catastrofista es la necesidad de pensar el modo de organización de la sociedad. No obstante, la izquierda y la crítica fácil han adoptado al liberalismo como el chivo expiatorio de todos los errores que comete la humanidad a partir del estado. El ser humano, siempre en búsqueda de la perfección, no ha aceptado la idea de las crisis (que bien podrían ser en mucha menor escala) como algo inherente a cualquier sistema económico. Una de las críticas que se le hace a la escuela austriaca es que es demasiado conformista, ya que ésta ve las crisis como un periodo absolutamente necesario para que los recursos se coloquen en sectores que así lo requieren, y que, por tanto, no hay necesidad de intentar salvar un sistema que paso a paso se pudre. El keynesianismo, en cambio, es la teoría económica del prestigio político, de la redención de la humanidad. A cada crisis le corresponde su recuperación, y debe ser el estado el que conduzca a los mercados hacia un buen cauce. El tragicómico personaje Lyndon Larouche, quien considera que la crisis financiera es uno de los cuatro jinetes del apocalipsis, propone que regresemos al modelo de crecimiento que abanderó Franklin Delano Roosevelt, quien pasó como el gran héroe de Estados Unidos tras la debacle de 1929.

Quizá Larouche sea un personaje menor en la realidad económica, pero trasladándonos a México, Felipe Calderón ha anunciado un programa de construcción de vivienda para incentivar la economía por medio de lo que en términos keynesianos se conoce como el multiplicador del gasto público. Según esta visión, un gasto del estado de esta índole aumentará los empleos. Ya que Keynes establecía que con un crecimiento en el empleo se da una mayor renta y como consecuencia de ello había un mayor consumo, el economista inglés propuso una acción muy puntual del estado para que estos empleos se crearan. Larouche lo llama el inevitable retorno a una economía física, basada no en el crecimiento monetario, sino de las tecnologías y bienes tangibles, la verdadera fuente de la riqueza en la sociedad.

Al día de hoy son muchos los que se encuentran sepultando al liberalismo – y con mucha razón si éste sigue obedeciendo al negligente monetarismo friedmanita, que no alcanzó a entender la verdadera naturaleza de un mercado libre. Pero las opciones se enfocan únicamente a reincidir en los ciclos económicos que todo intervencionismo propicia. El ahorro, a diferencia de lo que piensan los keynesianos, no es un lastre para la sociedad, sino el motor de una futura inversión de mayor calidad. Cuando se invierto sin tener respaldo en un ahorro real, entonces es factible que se den crisis cíclicas, ya que se ha otorgado un valor irreal a lo que se produjo gracias a esa inversión que viene de la mano de un crédito de mala calidad. Por otro lado, las propuestas de construcción de vivienda son meramente ilusorias, ya que incluso matemáticamente es posible demostrar el absurdo del multiplicador keynesiano. Dejando de lado las consideraciones formales, que talvez en un futuro se deban abordar, podemos decir que cuando el estado apoya a la construcción, lo único que hace es traspasar recursos de un lugar a otro, sin crear riqueza de por medio. Los impuestos, que en todo caso podrían servir para otras cuestiones -si suponemos su inevitabilidad-, sólo se trasladan a otro sector de la economía sin que en ese proceso exista una verdadera creación de riqueza.

En la actualidad, gobiernos que en teoría son de derecha, están trasladándose al plano opuesto de la geometría política, al aceptar como mal menor lo que en términos mundanos se conoce como Capitalismo de Estado o Socialismo de ricos. A decir verdad, esto se trata de algo que establecí en mi trabajo anterior, Capitalismo y crisis, que denominé como monetarismo para el auge y keynesianismo para la crisis. Una modalidad, sin duda, conveniente para las clases que ya se han hecho del poder estatal y que favorecen -fuera de la paranoia izquierdista- a clases muy puntuales.

Si, por ejemplo, la carga impositiva se relajara sustancialmente, las personas percibirían un aumento real y no meramente nominal en sus ingresos. Esto se traduciría, quizá, en un mayor ahorro efectivo y en un consumo sustentado en la verdadera riqueza monetaria disponible. Las tasas de interés, por otro lado, deberían fluctuar naturalmente. De suceder esto, se vería cómo éstas se comportarían a la alza en el corto plazo, pero en un futuro se mostrarían a la baja. Es decir, las oscilaciones que presenta la tasa de interés son muestra de cómo la sociedad en ciertos periodos opta por consumir o ahorrar más. Son éstas las preferencias que determinan el momento económico. Y si esto es así, entonces la ilusión larouchista podría ser real en tanto haya una creación de riqueza material que esté sustentada en un ahorro que ya no es ilusorio.

Ésta no es una oportunidad histórica de sepultar al libre mercado, sino de mirarlo con otros ojos, de comprender que el libre mercado es una acción espontánea en la humanidad cuyo mecanismo regulador por excelencia son los individuos mismos. El miedo a los ciclos económicos debe desaparecer, ya que esta paranoia es la que alimenta las grandes fluctuaciones que, en el ánimo por resolverlas en cinco minutos, se vuelven el terror de las naciones. El espíritu empresarial será el que logre afrontar estos períodos de desaceleración económica. Esto, claro está, no tiene que ver con el empresario cliché que se halla contenido en el imaginario popular de la izquierda, sino en el que describió Mises, como el hombre que busca innovar y tomar riesgos. Las falacias de los multiplicadores y el exapansionismo crediticio son lo que en verdad debe quedar en el olvido, porque ¿qué peor ciclo económico que el de repetición constante del monetarismo y keynesianismo?

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