Entropía

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Vista general del acebal soriano de Garagüeta

Llegué a Soria cuando tenía ocho años y me enamoré de ella. Era una ciudad fantástica. Olía a bosque, a río Duero, a hierbas aromáticas, a jabalí, a madera, a serrería, a talabartería. Sobrevivían en ella los viejos oficios. Su ritmo era lento. Todo el mundo se conocía y se saludaba por la calle. La leche era buena, aunque por razones de salud sea mala para el ser humano en todas partes. La mantequilla, dulce o salada, era famosa de punta a punta del país. La carne de vacuno, hoy desaparecida, también era excelente. En las pescaderías, de mostrador bien surtido por los escollos y caladeros del Cantábrico, se despachaba a profusión –fresco en verano, seco en invierno– el pescado más sabroso del mar: el congrio. En los bares había cangrejos de río autóctonos, sustituidos hoy, cuando se encuentran, por insípidas variantes de origen foráneo. En las confiterías vendían paciencias, yemas, costrada y mantecadas. Había pastores musicantes y ciegos que ejercían las funciones de correveidiles. El ganado, abundantísimo, aún trashumaba. Las campanas de más de treinta iglesias escandían el silencio sin quebrarlo. El paseo vespertino, casi nocturno, de ocho a diez, era un cauce en el que todo el vecindario se vertía. Había un barquero en el río. Los jueves era día de mercado, las tiendas no cerraban a la hora de comer, la ciudad se llenaba de paletos vestidos de pana y El Collado, que entonces era calle de General Mola, parecía Wall Street poblada por ejecutivos de boina y gayato.

¿A qué seguir? De todo aquello no queda casi nada. Estoy describiendo un mundo perdido, que no lo era cuando en l970 regresé a España tras siete años de exilio y fijé mi residencia en la ciudad de la que hablo.

Me hice fuerte en ella, mientras todo, a mi alrededor, se desmoronaba, hasta que en 1998 emprendí la fuga y me vine a vivir a la aldea donde ahora, feliz, resido. Está a veintitrés kilómetros de Soria, pero ya casi nunca bajo a la ciudad en donde traza el Duero su curva de ballesta. Hasta ese paraje sacramental ha sido parcialmente devastado por la cementitis, el mal gusto y la horda del turismo. Ocioso sería mencionar, tanto menos describir, las atrocidades perpetradas. Baste con echar un vistazo, quien allí llegue, al paisajicidio brutalmente escenificado por la ampliación del Parador que revienta la cumbre del monte del Castillo. Cadáver es lo que ostentó murallas. Que el dios ibero de Machado castigue al arquitecto que concibió la fechoría y a las autoridades que la consintieron.

Ayer bajé a Soria. Tenía que hacer unas gestiones. Me quedé sobrecogido. Coches, semáforos, embotellamientos, bancos, teléfonos móviles, prisas, pedigüeños, ruido, grúas, excavadoras, demoliciones, dinero público gastado en vano.

Hice lo que tenía que hacer, a escape, y huí al galope. Ni siquiera me detuve, como en otros tiempos, para tomar unos vasos de buen Cariñena con cacahuetes en la taberna de mi amigo Lázaro. Es de lo poco que queda en la ciudad que tanto amé.

Soria, cuando a los ocho años aterricé en ella, parecía uno de esos pueblos del far west a los que llega John Wayne en las películas de John Ford y se enamora de Linda Darnell. Hoy es Manhattan en hora punta.

Entropía: segundo principio de la termodinámica, fuerza superior y fatal que todo lo desorganiza y lo degrada.

Tal cual. ¿Por qué ni siquiera lo fugitivo permanece y dura?

Si me pierdo, no me busquen en Soria. Ya no pinto nada allí.

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