Energía nuclear

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El petróleo sube, el petróleo baja, el petróleo contamina, el petróleo desencadena guerras, el petróleo permite sobrevivir a déspotas como Chávez, el petróleo nos trae de cabeza, el petróleo es una porquería acumulada en el intestino ciego del planeta, el petróleo se llamaba antiguamente, en latín, en la Edad Media, aqua infernalis

¡Basta de petróleo, coño!

-¿Y qué ponemos en su lugar? ¿Energías alternativas?
-No lo son. Me consta, pero de ese camelo hablaré otro día.
-¿Entonces?
-Lo que voy a decir tiene mala prensa, pero lo digo…
-Le veo venir. Va defender usted la energía nuclear.
-Defenderla, no. Si de mí dependiese, volveríamos a la luz de gas o, si me apura, al hacha de sílex. La industrialización del mundo ha sido una de las mayores calamidades de la historia.
-De acuerdo, pero ya no cabe dar marcha atrás.
-Lo admito.
-En ese caso…
-En ese caso, sí. La verdad es la verdad, y hay que proclamarla por muy mala prensa que tenga.
-Proclámela. Soy todo oídos.
-De poco van a servirle, porque esto es un blog, amigo. No se oye. Se lee.
-Muy bien. Soy todo pupilas.
-Escrito queda: la energía nuclear es la más limpia, la más barata y la única que responde a las necesidades del mundo de hoy, incluyendo en ellas, como es natural, las de los países emergentes.
-¡Ele! Los progres van a ponerlo a parir.
-Estoy acostumbrado. Tengo percebes donde usted se imagina

Es curioso. He encontrado en los archivos, y a cuento de eso viene todo lo anterior, una de las primeras cosillas que publiqué en mi vida, cuando era, por cierto, un progre rematado. Fue en la primavera del 59. Trabajaba yo entonces como redactor de la revista Informes de la Construcción, que dirigía don Eduardo Torroja, abuelo de Ana, la cantante de Mecano. No es la primera vez que hablo de todo eso aquí. Iba a inaugurarse en España el primer centro de experimentación atómica y me pidieron un artículo al respecto. Fue el que sigue…

Un cliente nuevo: el átomo

La arquitectura recibe un inquilino importante:
el átomo, luchador fiero que hoy escoge el camino de la paz.
Hemos repetido muchas veces que la Construcción es
—como todas las artes que se precian—
una ciencia humanística.
Viene Adán a la tierra, y necesita una casa para sus hijos,
un lecho para su esposa, un fuego para su descanso.
En derredor —inertes— reposan el árbol y la piedra, las más antiguas
materias de construcción.
Esperan, como el arpa de Bécquer, una mano de nieve
que las saque de su milenario sopor.
Adán siente la lluvia en sus espaldas, se guarece en una cueva,
y descubre que cuatro paredes y un techo
tienen forma de hogar.
Sale al sol y empieza a construir: barro, madera y piedra.
La Arquitectura ha nacido para el hombre,
y la naturaleza se empieza a urbanizar.
Lo bello ya puede ser útil.
Conservamos la enredadera en el jardín; la poesía del sendero,
en la firme seguridad de la autopista;
el morir del río, en el esbelto idealismo del puente colgante.
Y hoy, la más reciente conquista de la evolución que entonces
comenzara, requiere nuestros servicios.
Nos pide a nosotros
—los arquitectos, los ingenieros, los técnicos—
un lugar adecuado y tranquilo donde pueda servir
—en paz y sin peligro— al insaciable progreso humano.
Esta reciente conquista,
este grado extremo de nuestro avanzar se llama átomo,
y nos han enseñado a pronunciar su nombre de lejos y con respeto.
Pero en esta ocasión se acerca a nosotros sonriente,
con la mano tendida.
No viene para destruir casas, no trae en brazos a la muerte,
no cobra forma de desmesurado hongo.
Sus apodos son distintos: no se llama Hiroshima.
Se llama isótopo radiactivo: átomo para la paz.
Tres países occidentales nos muestran aquí sus reactores atómicos,
sus hoteles de átomos,
sus colegios mayores para futuros isótopos licenciados.
Los edificios parecen hieráticas colmenas que
ahora, en plena primavera, despiden rumores de abejas laboriosas.
España y Alemania inauguran con ellos sus primeros centros de experimentación atómica;
Inglaterra aprovecha su tenaz aprendizaje
y construye una central eléctrica atómica, que es ya plenamente
productora.
Tres países en paz, que olvidan la tristeza de sus guerras
y se esfuerzan para dar un contenido mas humano
a nuestra civilización.
Las colmenas atómicas de Munich, de Calder Hall
y de la Ciudad Universitaria de Madrid, dan a luz átomos-niños,
que crecerán un día y ganarán la batalla del progreso.
La desintegración del átomo despide alientos venenosos,
y el señor átomo —despedazado por propio consentimiento— no
quiere causar más muertes.
Nos pide que le encarcelemos, que le levantemos una prisión
férrea de donde nunca pueda escapar.
Nos dice: «Sujetadme bien, por si pierdo la cabeza.»
Con ejemplar abnegación se sacrifica por el bien común,
y se constituye en prisionero voluntario,
en condenado sin juicio, en desterrado sin delito.
Los arquitectos e ingenieros de tres países se enfrentan así
con el más espinoso problema de los edificios atómicos:
el aire que entra en el reactor debe purificarse antes de salir;
la escuela atómica tiene que ser un castillo de irás y no volverás.
Las soluciones que hoy ofrecemos
a la consideración de nuestros lectores son tan distintas,
como eficaces.
Los alemanes cerraron a compresión los elementos de su reactor,
apretándolos con el peso natural de su forma cupular.
Los españoles han construido su futurista hexaedro
con tirantes músculos de hormigón pretensado. Su aspecto exterior
es hosco, sugerente, esperanzador.
En su interior, el átomo-abeja vuela desorbitado
y escribe, con mayúsculas, el porvenir de nuestra sociedad.
Aún queremos señalar el profundo significado
de una aparente coincidencia: el reactor español se alza
en la Ciudad Universitaria,
frente por frente de las distintas facultades.
Allí, donde se preparan los artífices de una España más culta,
se forja también la posibilidad de una España más industrial.
Esperemos que los nuevos estudiantes y los átomos nuevos nos den un mundo mejor.
Y bienvenido, señor átomo.

Fernando Sánchez Dragó
Madrid, marzo de 1959

Lo reitero: escrito queda.

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