Constantinopla

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Esta casa es una ruina. La europea, también. La del mundo occidental… ¿Dónde queda eso? ¡Ah, ya! En el siglo pasado y en la Edad que comenzó con la revolución francesa. Ocúpense de él los historiadores, quizá los prehistoriadores, porque la historia, tal como la conocíamos, llegó a su término cuando cayeron las Torres Gemelas y ahora, señor Fukuyama, pedazo de besugo más listo que Abundio, vuelve a empezar. ¿Change? Sí. Pero de órbita. El eje de rotación y traslación del planeta se desplaza: Pequín, Delhi y Moscú son los vértices y los vórtices del triángulo estelar que antes formaban Washington, Londres y París. Modifíquense de arriba abajo los mapas celestes. ¿Celestes? ¡Caramba! Eso me suena a chino. El Imperio contraataca. Berlín y Tokio eran satélites del antiguo sistema solar. Hoy lo son Seúl, Taipei, Bangkok, Yakarta, Riad, los emiratos… Oriente, Pedro el Grande y Mahoma cruzan el Rubicón, el Pacífico y el charco. Lo pasmoso es que nadie, aquí, al oeste del Edén, se dé cuenta de que las campanas de Bruselas doblan por ellos ni de que el reloj del orbe cristiano ―católico, protestante, evangelista o ateo que sea― marca la hora del Apocalipsis. ¡Tanto hablar de éste en las Sagradas Escrituras y mira! Los profetas tenían razón. ¡Cenizos! Quien mienta la bicha, la propicia. ¿Apocalipsis? ¡Qué va! ¡Post Apocalipsis! El Rey y san Pablo han muerto. ¡Viva el Rey! ¡Viva Saulo! ¿Es posible otro mundo? Posible, no sé, pero inevitable, sí. Tanto que ya ha llegado. No es el que auspiciaba la chiquillería gritona de la antiglobalización. Los galopines pacifistas del miedo a la libertad, la guadaña y martillo pilón de Stalin, el cóctel Molotov y la tuta bianca van a enterarse de cómo son las púas de los peines chinos. Julio Mehmet II y César Gengis Khan avanzan con sus legiones de jenízaros y hunos hacia Washington, capital de Numidia. Baraka Yugurta ya está allí. Baraka, no Barack. ¡Si hasta se le murió la abuela la víspera de las elecciones! Algo más en común con el desconsolado nieto de la Moncloa. Los teólogos de Occidente discuten sobre el punto G en las barbas de los guerreros de Saladino y la Horda Dorada. ¿Quinta columna? No. Desfile de la Victoria. Ni ge ni ja. La reunión de los Veinte carecía de importancia, amigo Zapatero. Le apeo lo de amigo. Podía haberse ahorrado la gorronería y a nosotros el sofocón. ¡Ni aunque hubiesen sido Trescientos en las Termópilas! ¡Si son ellos, los Veinte, y usted también, quienes nos han metido en la trampa! Banqueros, brokers, economistas y políticos: farsantes, incompetentes y granujas. Todo a la vez. No pueden los zorros vigilar el gallinero ni los gandules limpiarlo. Las Torres Gemelas eran las murallas de Constantinopla. Cayeron éstas, pero la de China siguió en pie. La Casa Blanca, que fue basílica, como Santa Sofía, es ahora mezquita. ¿Azul? No. Amarilla, sin cúpula y con tejado de pagoda. El becerro de Oro es búfalo y muge en pastos de arrozales. Espabilen los europeos y los gringos. We cannot. C’est fini. Adiós, Lili Marlen. No nos queda ni París.

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