La guerra contra el desempleo

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Crisis hay muchas. Están las crisis de edad (a los 30, a los 40, a los 50, a los 60,…), luego están las crisis matrimoniales (ésas que se sufren cada momento anterior a una romántica reconciliación), las crisis financieras (cuyos azotes estamos viviendo en estos momentos a nivel mundial), las crisis deportivas (aquellas que duran justo el tiempo necesario para vender un periódico más), las crisis estructurales (especialistas en romper burbujas ficticias) y las crisis de empleo (la única crisis verdadera).

Llevamos meses escuchando hablar de todas las crisis habidas y por haber, hasta tal punto de que todos nos hemos convertido en auténticos especialistas en las palabras vacías de los políticos, pero no nos hemos parado a pensar en la verdadera crisis que estamos sufriendo.

El desempleo tiene dos vertientes que deben de ser analizadas para comprender el abismo que supone el perder el empleo.

Por un lado se encuentra la vertiente económica, la más evidente, y tal vez, la más pragmática. Una persona desempleada no obtiene ingresos, más allá del subsidio temporal al que tiene derecho, y ello provoca que su poder adquisitivo se vea reducido, afectándole a él y a todos los sujetos dependientes de él desde un punto de vista económico.

Y, en segundo lugar, pero no por ello menos importante, se encuentra la vertiente psicológica. Un sujeto que pierde su empleo y no es capaz de obtener otro en un plazo corto de tiempo ve dañada su autoestima, su confianza, se considera un inútil y se aisla socialmente.

El principal problema de la situación actual es que los individuos que se están quedando desempleados carecen de formación adecuada para reciclarse en otros sectores. La mayoría provienen de la construcción, donde realizaban labores puramente físicas, muy valoradas en esa industria, pero carentes de interés para otras.

Si durante la época de bonanza el Gobierno hubiera obligado a las empresas a realizar cursos de formación a sus trabajadores, a cambio de bonificaciones en los pagos a la Seguridad Social, ahora esas personas estarían preparadas para iniciar una nueva aventura laboral en otro sector.

Sin embargo, cuando las cosas van bien nadie se prepara para el futuro, y menos los políticos, que prefieren alabar su propia gestión antes de iniciar un proyecto serio y eficiente.

Las políticas de empleo en España durante nuestra época democrática han sido nulas. Se han centrado única y exclusivamente en diseñar un marco legislativo que determine las reglas de juego, pero se han olvidado de lo más importante: los trabajadores.

Un trabajador debidamente formado no teme al desempleo, porque éste siempre es coyuntural o circunstancial. Ahora está desempleado, pero sabe que en breve encontrará otro trabajo.

Un trabajador sin formación siente pavor ante el desempleo. Sólo sabe realizar una trabajo, y si éste ya no es rentable para la sociedad se queda sin ningún referente.

Ahora ya es tarde, porque el tiempo apremia y el Gobierno se ha visto obligado a lanzar un plan de choque, acertado por otra parte, para atacar el ingente e incesante crecimiento del desempleo en nuestro país.

La pregunta es si aprenderemos de nuestros errores, y cuando dentro de un par de años las cifras de desempleo vuelvan a valores aceptables y la economía recupere vitalidad el Gobierno (sea del signo que sea), se planteará de una manera seria, convincente y responsable, la opción de formar a los trabajadores en activo.

Porque solo existen tres formas de combatir el desempleo: Formación, Formación y Formación.

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