El Tato

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Llega diciembre, llega el puente de la Constitución (o el de la Purísima, que de las dos formas se puede y se debe de decir) y no se queda en casa ni el Tato, que ni corto ni perezoso, se ha echado a cuestas a la mujer, a los niños, a la suegra y al gato y se ha lanzado a la carretera, ansioso de olvidarse de la gran ciudad, de los atascos y de las obligaciones.

Ha reservado un hotel en Andalucía, por ejemplo en Málaga, que podía ser otra ciudad, pero a mí me gusta Málaga, así que Málaga, entonces, pero ha cogido dos noches en lugar de tres, porque ha pensado, en una artimaña digna del mismísimo Belcebú, que mejor es salir la madrugada del viernes al sábado, y ahorrarse así la noche de hotel del viernes.

Programa el despertador a las 4 de la mañana, pensando en salir a las 5, pero claro, las cosas se tuercen. Primero el despertador no suena, o sí suena pero lo apagan, que ambas cosas pudieron suceder, y luego la familia se enreda en polémicas absurdas sobre las preferencias a la hora de utilizar el baño.

El caso es que la familia, la familia de el Tato, se entiende, monta en el coche, un Renault 9 de esos que ya no se fabrican, y se lanza a la carretera a las 6:43 de la mañana, y ese retraso es el que lleva mosqueado a el Tato que no habla con su mujer, no aguanta ni media a su suegra, y pierde la paciencia con sus hijos.

Después de 5 minutos de ruta, el Tato, y su familia, se dan cuenta de que Belcebú ha asistido a más turistas ocasionales y que la carretera está completamente atascada. Los niños protestan porque tienen hambre, con las prisas nadie desayunó, la suegra tiene que parar a orinar, la mujer no quiere saber nada de nadie, y el gato… ¿Dónde está el gato?

Nadie se ha acordado de él. La mujer dice ‘te lo dije’, la suegra le dice ‘si ya lo decía yo’, los niños gritan ‘hay que volver a casa’, y el gato reclama su presencia con su ‘miau’, ¡sí!, el gato se ha subido al coche por sí mismo, sin que nadie le invitara, como se comportaría cualquier gato astuto, ante la posibilidad de quedarse tres días solo en casa.

Primera crisis vacacional solventada.

El atasco no avanza. Los conductores comienzan a irritarse, y el Tato comprende que todos están en su misma situación. ‘Maldito puente, maldito atasco, y maldito tó’, se dice a sí mismo, mientras que su mujer, que ahora sí habla, cuenta una anécdota de su trabajo, sin gracia, sin interés, sin pasión, sólo para matar el silencio.

Al cabo de un par de horas, la situación en la carretera se ha hecho más fluída, pero en el coche está aún más tensa. El Tato decide parar en una estación de servicio a desayunar, y todos reciben la noticia con alegría. Desayunan, miccionan y charlan amistosamente, alargando los tiempos sin reparar que aquello les retrasa la diversión que les aguarda en su destino.

Vuelven a la carretera, y circulan con normalidad, el atasco parece haberse disuelto, como una manifestación sin proclama. Todos duermen, menos el Tato, claro está, que se pierde en sus pensamientos, en sus recuerdos, en sus añoranzas, en sus ambiciones, en sus frustraciones, en sus logros, en definitiva, en su vida.

Finalmente, llegan a Málaga. Entran en el hotel a las 18:43, es decir, han tardado 12 horas en un trayecto de 6, no está mal, con sarcasmo, evidente, pero no importa, están aquí para disfrutar.

Málaga es una ciudad que ofrece multitud de atracciones y posiblidades, lugares que visitar, y tapas que probar, pero con buen tiempo. Olvidaron ese pequeño detalle. Está lloviznando, y el frío hiela la sangre, por lo que no se puede salir a la calle, o por lo menos no es aconsejable, así que mejor se quedan en el hotel.

Sábado por la tarde, domingo por la mañana y domingo por la tarde encerrados en el hotel. Jugando al Monopoly en las habitaciones, leyendo el periódico en el lobby, y coquetando con la Recepcionista de turno.

Llega el lunes, momento para volver. El Tato decide salir del hotel a las 10 de la mañana, pero no salen hasta las 13:00. En principio, la carretera está tranquila, no hay atasco, no hay nada que temer, ¡albricias!

Pero todo lo bueno se acaba, sobre todo la alegría en la casa del pobre, y el Tato, hasta que no se demuestre lo contrario, es pobre, por lo que sus alegrías duran poco, y el atasco aparece, en cuanto se acerca a Madrid.

La escena se repite, calcada del sábado por la mañana, como si no hubiera pasado el tiempo, como si hubieran sufrido una regresión espacio-temporal. Una hora, dos horas, tres horas atascados, casi sin avanzar.

Llegan a casa a las 12 de la noche, cansados, irritados, molestos, hartos unos de otros, pero, eso sí, desconectados de la gran ciudad, de los atascos y de las obligaciones.

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