Inquietud

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Hoy es el penúltimo viernes del año. Mañana salgo hacia Pnom Penh. Pasaré unos días en Bangkok antes de rendir viaje en la ciudad que vaciara Pol Pot y regresaré a Madrid el 17 de enero.

¿Por qué me voy?

Motivos no me faltan. A saber…

No me gustan las navidades, no me gusta España, no me gusta Europa.

Me gusta la lejanía, me gusta vagabundear, me gusta Oriente, me gusta Thailandia, me gusta Camboya.

Me gustaba ese país, sobre todo, antes de que el mayor genocida (en números relativos) de la historia de la humanidad perpetrase allí sus fechorías.

Llegué a Pnom Penh en junio del 68, procedente de Saigón, que estaba en guerra (la de Vietnam), y me topé con el paraíso. Lo gobernaba entonces el príncipe Sihanuk. Nunca había visto nada igual. Durante muchos años, maldiciendo a los khmer rojos, soñé con volver allí. Lo hice treinta años más tarde. Casi todo había cambiado, y no para mejor, pero seguía siendo, pese a ello, un lugar fantástico, a decir poco. Podría vivir en él. Quizá lo haga. Este viaje es un tanteo.

Inciso… Angkor, cuando lo vi por primera vez, era el enclave más hermoso de la tierra. El más hermoso, digo. Hoy está lleno de turistas, pero no ha dejado de serlo.

¿Turistas? No los hay ahora en Thailandia. Eso me dicen. Han huido, asustados por las noticias que de allí llegaban en los primeros días de diciembre. Ya saben: manifestaciones, aeropuerto cerrado, caída del gobierno… Alarmismos sin fundamento. Todo está en paz. Lo estuvo siempre. Los thailandeses no son violentos. Su norma es la sonrisa. Créame el lector. Siga mis pasos. Quiero dar ejemplo. Por eso, entre otras cosas, haré escala en Bangkok. Guardo gratitud a esa ciudad y a todo el país. He pasado en él, y en ella, muchos momentos inolvidables.

Lo hago, eso sí, con cierta inquietud de carácter estrictamente personal, íntimo, privado: la que hoy sirve de título a esta entrega de mi blog.

Es la primera vez que emprendo a solas, sin Naoko, un viaje tan largo después de la intervención quirúrgica que hace cuatro años, un l7 de diciembre, me salvó la vida. Llevo desde entonces tres by-passes en las coronarias. Doce horas de avión son muchas horas, y otras tantas al volver. La sombra del síndrome de clase turista se cierne sobre mí. A David Gistau, que es un chicarrón de corta edad, le pegó un zarpazo viniendo de Buenos Aires.

Ya digo: inquietud.

Manolo Vázquez Montalbán, que había ganado el Planeta con una novela titulada Los pájaros de Bangkok, murió de repente, muchos años más tarde, en el aeropuerto de esa ciudad. Estremecedora sincronía. También él estaba operado del corazón. ¿Muertes paralelas? Así se llama la novela que yo estaba escribiendo cuando descendí a los ínferos en el Rúber.

¡Caramba! Esto parece un obituario. A otra cosa.

Me voy por los motivos expuestos, y por alguno más que se me queda en la recámara pero lo hago, sobre todo, para escribir el libro sobre Soseki. Tengo que aislarme. España está llena, en mi caso, de cronófagos: gentes, decía André Maurois, que devoran el tiempo de los escritores.

Pasaré muchas horas cada día encerrado en los hoteles de Bangkok y de Pnom Penh, a solas con mi ordenador y con el alma de mi gato. Le debo ese libro.

Luego, a media tarde, callejearé, seguiré el consejo de Hemingway, me mezclaré estrechamente con la vida…

Ojalá pueda contarlo.

Posdata – Javier Puebla ha publicado en Cambio 16 la columna que a continuación transcribo. Es casi tan hermosa como las chicas de Thailandia, como las orquídeas de ese país, como el Mercado Central de Pnom Penh, como las ruinas de Angkor…

DRAGÓ Y EL GATO

Es de noche. Pero siempre es de noche en el plató de Telemadrid donde se graba Las Noches Blancas. Incluso un soleado día de verano a las dos de mediodía seguiría siendo de noche. Doble noche. Porque la muerte nos acompaña. Una muerte pequeña. Una muerte tigre. Una muerte gato. Una muerte Soseki. Soseki era el nombre del gato. Estamos convocados Gonzalo Torrente Malvido, Carlos Salem, Román Piña, Rafa Sarmentero, Luis Alberto de Cuenca, y quien más arriba firma. Las Noches Blancas; se emitirá en enero y Dragó ha estado a punto de suspender la grabación de su programa favorito (no hay más que ver como lo mima desde su web). Dragó llega el último. Llega triste y de luto y con el cerebro suspendido en Tranquimazim. Su gato ha muerto. Y algo de él a muerto con el gato. Pero Dragó no se resigna. Es un guerrero. Un hombre de poder. Capaz de proezas o milagros. Está resucitando o intentando resucitar al gato. Soseki. Su nombre se repite como un mantra a lo largo del programa. Ese mismo día ha publicado Mortal y tigre en el Mundo. No es simple casualidad que yo esté allí para defender a otro Tigre. Manjatan. Tigre Manjatan. Y no es casualidad porque yo también me creo capaz -de algún modo loco o mágico o paralelo a la realidad- resucitar a los muertos. Dragó hace dos cosas, dos actos o pasos rituales para resucitar a Soseki. A Sosiego. En primer lugar no le deja irse. Repite su nombre ante miles y miles de oyentes entregados y así consigue que el espíritu del gato siga entre nosotros, pegado a la piel de la realidad. Es su magia maestra. El dominio en el que nadie podría atreverse a desafiarlo: escribir sobre la piel de la realidad. Lleva una vida dibujando a un personaje sobre la piel de la realidad, a su personaje, a Dragó (mientras permanece tranquilo e invisible en la sombra; Fernando). Y ahora utiliza la magia con el gato.

Pero si ello no fuera suficiente Dragó vuelve a invocar a los dioses o al poder o a la magia y afirma que, según los egipcios, los espíritus vuelven a encarnarse a los 48 días. Que le avisen si alguien identifica o encuentra a su gato tigre. Su gato hijo. Su gato amigo. El gato ante quien puede ser a la vez Dragó y Fernando sin ser mirado con extrañeza; ante no tiene que fingir ni disimular, y en el que ha depositado una parte de sí mismo. Como se deposita en un hijo, pero también en una casa, un coche o una camiseta o una joya. El afecto y la energía pueden almacenarse de maneras muy variadas. Cuando acaba el programa veo en la calle a Naoko al volante del Jaguar oscuro que ya arranca con Dragó a su lado y Arancha detrás. El elegante vehículo parece una limusina egipcia y funeraria. Noto a Soseki, su espíritu, flotando dentro y fuera, alrededor y en la cabina. La magia continúa y yo no voy a ser tan mezquino como para no hacer cuanto pueda para ayudar a mi amigo Fernando. Así que me beso en la punta de los dedos y les lanzo mi afecto y lo mejor de mi energía a todos ellos. Naoko me sonríe. Dragó quizá ni siquiera me ve. Soseki maúlla desde el más allá hasta el más acá, y me quedo solo en la calle. Solo. Con Sosiego; y el corazón helado.

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