La foto

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La foto en cuestión refleja una escena curiosa. Varios concejales del PNV que, detrás de una mesa en el salón de actos del Ayuntamiento vizcaino de Ondáorra, son increpados por jóvenes abertzales. Según cuentan, incluso se les llegó a escupir; y tuvieron que acabar la sesión encerrados en un servicio. Los agredidos son gente de edad madura; su aspecto es de eso que se llama “buena facha”: ropa elegante aunque no del todo formal, aspecto de trabajar en profesiones liberales; clase media. No parecen demasiado asustados. Sus caras expresan más bien la sorpresa y el fastidio de quien se enfrenta a las travesuras de niños díscolos.

 

Los agresores, por su aspecto,  son jóvenes con un look moderno, algo agresivo, pero tampoco demasiado chirriante. Tienen esa mezcla entre la estética punk y el ecologismo tan frecuente hoy. Un visible aro en la oreja del chico y unas rastas (más la camiseta negra y algunas pulseritas de cuero) en la chica el dan un aspecto de jóvenes casi convencionales. Son chicos que, por su aspecto, seguro nunca han pasado necesidades materiales y que habrán estado normalmente escolarizados. Incluso puede que alguno curse estudios universitarios. Por la edad que aparentan, no han conocido la dictadura. Como ciudadanos de un país llamado España, gozan de los derechos de una democracia avanzada y por lo tanto están acostumbrados, como se infiere de la naturalidad con la que agreden a las autoridades, a una libertad de expresión con pocos límites. Puede que sus abuelos corrieran delante de los grises, pero ellos sólo ha conocido una policía que les trata con todo miramiento y que, además, tiene que ocultar su rostro, por puro miedo, tras un pasamontañas.

 

El gran misterio es cómo estos jóvenes (y otros miles) se dejan apresar por una ideología de odio y barbarie, justifican la violencia y creen en una mitología nacionalista que, desde el punto de vista intelectual, es aterradora y, desde el punto de vista histórico, irrisoria. Una ideología que une lo peor de la izquierda (el agrio resentimiento) con lo peor de la derecha (el rechazo al otro, el uso de la fuerza, el mito de la tierra y la sangre).

 

No han vivido en un campo de refugiados palestino ni en una zona deprimida de Etiopía, ni siquiera en un populoso barrio marginal de New York o Calcuta,  sino en una de las regiones con mayor nivel de vida de Europa. No nos valen, pues, las explicaciones sociológicas o economicistas. No nos sirve para nada el determinismo social. Alguien (escuela, familia, amigos) alguna vez les inoculó el virus del odio (fuera el maketo, guerra a la España invasora) y ahora está tan arraigado que es imposible su extinción. Recuperarlos es tan difícil como traer a un agnóstico a la fe. Más que un cambio de opinión, se trataría de una conversión casi en el sentido paulino.

 

El alma humana está oscurecida de misterios. Uno de los más inquietantes es el mal.

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