Un ser de lejanías

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cybercafe

Interior de un cybercafé

Fue, me parece, Heidegger quien acuñó la metáfora que hoy me sirve de título. Umbral, en uno de sus libros, la hizo suya.

Así me siento yo en el momento de escribir estas líneas: un ser de lejanías.

Son, en Pnom Penh, las nueve de la mañana del viernes 9 de enero. Las tres en España. Pero ni siquiera de eso estoy seguro. Hasta tal extremo estoy desubicado y descronometrado.

¿Es hoy viernes? ¿Cae ese día en 9? ¿Tengo que enviar ya la entrega de Dragolandia posterior a la que hace ocho amaneceres escribí y remití, adelantándome a los acontecimientos y a la lógica cronológica, en Bangkok?

Me curaba en salud, porque no las tenía todas conmigo acerca de la posibilidad de seguir enviando desde Camboya estas croniquillas. Ciertos eran los toros. Estoy en un hotelillo de hippies –los que más me gustan: campechanía, sencillez, buen humor y veintiún dólares de cuota– y no puedo conectarme a internet desde mi habitación.

A ver cómo me las apaño. Mal. Eso es seguro. Tendré que salir en busca de un cibercafé y…

Y entonces ¿qué? Me dice por correo electrónico Javi, mi ayudante, que pase el artículo al pendrive (¿se llama así? Yo lo llamo lingam, en sánscrito, o pirulín, en argot), lo lleve al cibercafé, busque la torre del ordenador que me asignen y lo meta, el lingam, en no sé qué ranura de nombre absurdo. Decido llamarla yoni, en sánscrito, o coño, en español barriobajero.

Aparecerá en ese momento –añade Javi– una madeja de iconos, elegiré yo el apropiado, apretaré unas cuantas teclas, seguiré las instrucciones, crearé un archivo, pulsaré dos veces… ¡Uf!

Y todo eso, ¿en qué lengua? Porque de nada me servirán los consejos de mi amabilísimo y avezadísimo colaborador si el encargado del cibercafé no accede a guiarme por el laberinto electrónico como si fuese yo un niño al que se coge de la mano para cruzar la calle.

Se supone que deberíamos entendernos en inglés, puesto que el francés de la época colonial lo ha olvidado aquí todo el mundo, pero los camboyanos apenas lo hablan y yo, menos. Soy un borrico. No doy pie con bola en esa lengua.

Y, para colmo, me explica Javi que el tenebroso mundo de la guerra de las galaxias de internet es un hervidero de virus paridos por mala madre y que mi lingam (cipote en sánscrito) podría pescar un síndrome de inmunodeficiencia electrónica, transmitirlo luego al yoni (almeja en sánscrito) y borrar en el disco duro de mi flamante Toshiba todo lo que hasta el momento llevo escrito sobre Soseki, así como las doscientas páginas del libro de memorias que interrumpí al irme de España para contar la historia de mi pobre gato.

Sea. Me voy al cibercafé con todo esto. A ver en qué para la aventura. Terminaré sumido en la desesperación. Me siento como un náufrago a punto de confiar a las olas sus últimas voluntades metidas en una botella.

¡Con lo fácil que era todo antes de que el anticristo Bill Gates se pusiera a complicarnos la vida!

Lo del ser de lejanías tendrá que quedarse para la próxima entrega del blog. Hakuna matata. Yo, ese día, seguiré en Pnom Penh y me sentiré aún más desubicado y descronometrado de lo que hoy me siento.

Muy bien. Ya he llegado al cibercafé. Tengo el lingam en la mano y el yoni al alcance de ella. No piensen mal. Me santiguo y… ¡Ale hop!

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