Diario de una crisis II (Realidades o ficciones económicas)

0
170

Es viernes, son las ocho de la mañana, y abro la puerta de mi carpintería, un día más, como los últimos veinte años, aguardando con ilusión que éste será un buen día, que conseguiré muchos contratos, que los clientes se arremolinarán en mi puerta.

A las nueve llega mi ayudante, y a las nueve y media la chica que atiende la tienda. Él, Antonio, es un muchacho noble, del norte, un poco lento pero muy correcto en su trabajo y con ganas de aprender el oficio, que no es fácil en los tiempos que corren. Ella, Elisenda, es una niña, de casi treinta años, pero una niña física y mentalmente, parece que no maduró a su debido tiempo. Es canaria y lleva tres años aquí en la Península, demasiado tiempo alejada de su familia y de su entorno, por éso siempre está triste. Trabaja bien.

Estamos terminando un proyecto muy importante, a nuestro nivel, sin que sea gran cosa, pero que nos dará mucho dinero. Es el chalet de un tipo de un pueblo cercano, lo quiere redecorar todo en madera, bueno él no, su mujer, y quiere que se lo hagamos todo nosotros. Cuando lo cobre será una gran alegría.

Suena el teléfono y escucho la melodiosa voz de Elisenda que responde con la frase que yo le enseñé, «Carpintería Santel, dígame», luego deduzco que la llamada es para mí cuando dice, «¿De parte de quién, por favor?», y lo compruebo cuando aparece en la trastienda para avisarme.

Al teléfono está Eustaquio, mi único proveedor de madera y del que llevo un par de días esperando un pedido necesario para poder seguir trabajando a partir del lunes en los muebles del chalet. Está hecho una furia porque dice que le han devuelto el talón que le envié, que su banco dice que no tiene fondos. «¡No puede ser!», le digo con total seguridad, «Déjame que hable con mi banco y te llamo de vuelta».

El Director de mi banco está un poco distante, más frío de lo habitual, me habla de la crisis, de la tormenta financiera, y de la madre que lo parió, hasta que al final me suelta «hemos tenido que cancelar tu línea de crédito». «¿Por qué?», le digo yo, «hasta ahora nunca he dejado de pagar ni una sola letra, ¿por qué me canceláis la línea de crédito?». «No es por ti, es por la crisis, compréndelo, estoy atado de pies y manos, son órdenes de la central».

Le suelto tres o cuatro barbaridades, que salen de mi garganta a borbotones, sin duda la boca me pierde, y le cuelgo. El mundo se me viene encima. Necesito dinero, porque si no lo tengo Eustaquio no me servirá la madera, y si no tengo la madera no puedo trabajar, y el tipo del chalet se buscará otro carpintero que le haga los muebles, y yo me quedaré sin el único contrato que tengo ahora mismo, pero ¿por qué me han cancelado la línea de crédito?

Siempre he pagado todas mis cuotas, llevo toda la vida trabajando con la misma sucursal, nunca me han devuelto un talón o un pagaré, y todo eran parabienes cuando las cosas iban bien.

Solo sé que si no me abren la línea de crédito me estarán arruinando, ¿qué puede hacer un carpintero sin madera? ¿Cómo le voy a pedir al tipo del chalet que me pague por adelantado?

Tengo 40 años, llevo 20 con mi negocio de carpinteria que hace unos meses era solvente para el banco, y que ahora es un negocio de riesgo, pero yo no he provocado este cambio, yo sólo he hecho lo que sé, trabajar la madera. Pero, si no tengo madera, no tengo trabajo, estoy en la ruina.

Enlace: Diario de una crisis I

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here