Héroes y villanos

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Emilio Gutiérrez, tras ser detenido por atacar con una maza una ‘herriko taberna’

A los españoles les gustan los héroes tanto como a mí los percebes. Crearlos, con fundamento o sin él, y venerarlos es uno de sus deportes favoritos. Lógico. No requiere esfuerzo alguno, no adelgaza (la obesidad propiciada por las cadenas de comida rápida y la costumbre del taperío empieza a ser otro deporte nacional) y debilita los músculos de la inteligencia. Exactamente lo mismo que genera en sus usuarios el llamado deporte rey visto por quienes no lo practican, pero creen que jugar al fútbol es apoltronar las posaderas delante de un televisor, ir a un estadio vociferante y cencerreante o salir en manada para descabezar estatuas, destrozar el mobiliario urbano y pisotear el césped de los parques públicos pintarrajeados y profiriendo aullidos de comanches falsos en películas de serie C.

Últimos ejemplos: Jesús Neira, Rafa Nadal, Penélope (si yo fuera su Ulises no pospondría mi arribada a Ítaca) y, últimamente, el chicarrón del norte que, como si fuese John Wayne en un pub irlandés de película de serie A dirigida por Huston, ha impartido la vieja justicia del ojo por ojo destruyendo a mazazos de hombre de Neandertal una herriko taberna plantada al oeste del Pecos en no sé qué Dodge del far north.

Todos los ejemplos citados son positivos. Menos mal, porque también suelen aupar al podio mis ex compatriotas a héroes tan negativos como, verbigracia, aunque maldita la gracia que eso tenga, lo son cierto juez y cierto ex ministro de cuyos nombres no voy acordarme.

¡Torero, torero!, gritaban al último de los dos héroes no citados sus compañeros de partido. Lo curioso es que muchos de quienes, sumándose al imparable proceso de necrosis de la cosa pública, así lo jaleaban, son antitaurinos. ¿En qué quedamos, caballeros? Lo de caballeros es un decir, por más que los tales esgriman rejones de punta envenenada por el sectarismo para clavarlos con alevosía de matarifes en el hoyo de las agujas de las reses mansas del PP.

Mansas, sí. Tampoco es cosa de dejar que éste se vaya de rositas. La bravura, en ese partido tan dado a las charlotadas, no abunda ni está bien vista.

Sabido es que en España se admira el valor, lo que no es obstáculo para que se denigren los valores. La valentía es virtud muy apreciada por los cobardes, y cobardes son los vecinos, y admiradores de Neira, que se enfrascan en la absorta contemplación de los programas de telebasura mientras al otro lado del tabique machacan a mazazo limpio (o, más bien, sucio) a una esposa abnegada, como también lo son quienes al norte de Castilla, el este de Cantabria, el oeste de Aragón y el sur del Cantábrico desearían hacer lo que Emilio ha hecho, pero no lo hacen.

Asegura un dicho popular que es fácil ser valiente en la taberna. Emilio lo ha sido. Sus paisanos, no. Así es, por lo general, la condición humana. Gary Cooper siempre está solo ante el peligro.

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