El final del verano (La recuperación de la economía)

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El final…, del verano…, llegó…, y la crisis…, terminó, o no, tal vez, o sí, ojalá, pudiera ser que sí, pudiera ser que no, nadie lo sabe, ni siquiera los economistas más refutados, ni siquiera los oradores más afamados, ni siquiera los estadistas más reputados.

Pero la luz comienza a aparecer al final del túnel, parece que lo peor ya ha pasado, lo cuál es un consuelo, aunque no una alegría, porque aún nos quedan meses muy duros hasta llegar a niveles de estabilidad, tranquilidad y paz económica y social.

Todos los indicadores económicos, sin embargo, comienzan a mostrar una evidente recuperación, según palabras de Jean Claude Trichet, gobernador del Banco Central Europeo, y Miguel Ángel Fernández Ordoñez, gobernador del Banco de España, ninguno bajo sospecha por tendencioso en favor de los gobiernos, que coinciden en afirmar que se ha alcanzado el punto de inflexión de la crisis, es decir, que la caída ha terminado y ahora comienza la recuperación, lenta, pero recuperación al fin y al cabo.

Por tanto, debemos de ser moderadamente optimistas, pero, en ningún caso podemos lanzar las campanas al vuelo, porque la crisis sigue siendo aguda, con indicadores macro y microeconómicos realmente preocupantes. La recuperación dependerá, en gran medida, de la capacidad de los gobiernos para canalizar la energía económica privada, así como de la adecuación de las medidas implementadas.

Los gobiernos han acertado en inyectar dinero a la economía, aunque la receta liberal no lo recomendara, porque las crisis se combaten de esa forma, le pese a quien le pese, pero no hay que olvidar que estas medidas tienen un coste muy elevado en forma de déficit público, el cuál debe de ser tratado con austeridad extrema desde el mismo momento en el que la economía se estabilice.

La capacidad económica de los gobiernos se medirá en el gasto público expansivo de ahora y en la austeridad pública de mañana, porque un mantenimiento en el tiempo del déficit desembocará, inexorablemente, en una nueva crisis, esta vez no global, sino nacional.

Sin duda, vivimos en un tiempo reservado para grandes estadistas, aunque mucho me temo que no abundan entre nosotros.

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