Mirarse en el espejo de Europa

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Las elecciones parlamentarias en la Unión Europa  importan a los europeos. Pero también a latinoamericanos, asiáticos y africanos, pues vivimos en un mundo cada vez  más interdependiente.

El fantasma del abstencionismo recorre Europa ante las elecciones del 7 de junio. Las previsiones más optimistas de participación ciudadana en la Unión Europea no superan el 50%.

Los dirigentes europeos no podrán acusar a la ciudadanía de idiotés, como los griegos en la antigüedad llamaban a la falta de participación en la cosa pública, pues han sido pobres los esfuerzos para explicar a la ciudadanía la importancia que tienen esas elecciones en su vida diaria.

Los ciudadanos españoles ignoran, por ejemplo, que ya más de la mitad de las leyes nacionales provienen de directivas y reglamentos europeos. Cuestiones comerciales, administrativas, laborales o relacionadas con la inmigración que les afectan diariamente y que afectan a terceros Estados han sido aprobadas en el Parlamento Europeo. Los Gobiernos nacionales trasponen las leyes en sus ordenamientos jurídicos y los jueces nacionales interpretan las normas nacionales a la luz del derecho europeo, por lo que deben conocer el derecho comunitario.

Tampoco queda muy claro que los parlamentarios elegidos por los ciudadanos no representan a su país en el Parlamento, ideado para legislar y tomar decisiones por el bien de la Comunidad Europea. Como tampoco existe la disciplina de partido, no representan a ninguna opción política.

Otras cuestiones han disparado la apatía ciudadana. La prensa ha destapado el absentismo laboral de los eurodiputados. Faltan a las sesiones parlamentarias para «compaginar» su deber de servir a los ciudadanos europeos con actividades laborales más jugosas. Esto a pesar de que cobran dietas de miles de euros mensuales y sueldos que no justifican esa doble actividad.

Las acusaciones del Partido socialista en España contra la oposición de promover el abstencionismo con su campaña de desprestigio y de miedo cobra especial sentido en este contexto. Una ciudadanía europea desmovilizada supone un campo libre para la toma de decisiones «de alto nivel» que dictan los mercados. Una ciudadanía desmovilizada no reclamará ante sus tribunales o, en última instancia, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, la violación de sus derechos, reconocidos por la Carta Europea de Derechos Humanos.

Una Europa apática invitaría a la presencia de otros fantasmas como el de la xenofobia y el de la primacía de los intereses nacionales por encima del bien común. Los partidos progresistas alertan de la creciente deriva del Viejo Continente hacia modelos neoliberales y de consumo cada vez más desaforado que absorbe las materias primas que proveen Latinoamérica, África y Asia.

A estas alturas pocos pueden negarle importantes logros a la Unión Europea en materia de integración económica, social y de protección de los derechos humanos. Aún conserva su posición de potencia comercial más grande del mundo que, pese a sus crecientes desigualdades internas y un difícil proceso de integración de los nuevos Estados miembros, reparte mejor que el resto de regiones del mundo la riqueza, como señala el periodista Félix Monteira.

Sin embargo, Europa está lastrada por un proteccionismo comercial y agrario al que no renuncia. Carece de una política exterior común, lo que da entrada a actividad militar ad hoc. Las contiendas encabezadas por Estados Unidos en nombre de la seguridad y de la lucha contra el terror le ha minado valores que distinguen a Europa: el respeto a las garantías individuales y los derechos humanos.

La Unión Europea se dejó llevar por la vorágine de la lucha contra el terrorismo y permitió que la OTAN determinara su política exterior, contaminada por la obsesión que legó la doctrina Bush, adoptada por algunos fieles seguidores en Europa: la seguridad a cualquier precio.

En un acto de conmemoración de los 200 años de independencia de algunos países de América Latina, España proponía el modelo de la Unión Europea para la integración latinoamericana. Su papel histórico en la configuración de una sociedad internacional mundial le da legitimidad para seguir proyectando sus valores, para acoger gentes con arreglo a unas normas y albergar espacios políticos y sociales donde surjan propuestas para el bienestar de los pueblos. Sus valores no son la xenofobia, el desprecio a los inmigrantes, la falta de cohesión y los nacionalismos obsoletos. Como nadie da lo que no tiene, Europa tendrá que cambiar de dirección tras estas elecciones y reforzar su participación ciudadana, fuente de la auténtica democracia.

Carlos Miguélez Monroy

Periodista

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