¿Para qué sirve la crisis? (Aprendamos la lección ante la crisis económica)

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Si me voy de vacaciones estoy derrochando mi dinero en época de crisis, si no me voy estoy ahondando en la crisis de demanda del sector turístico; si me voy de vacaciones no podré pagar los libros de texto de mis hijos en septiembre, si no me voy tendré que soportar los reproches de mi esposa durante el resto del año; si me voy de vacaciones tendré que vivir a base de pan y agua durante el otoño, si no me voy aguantaré estoico las historias de mis compañeros de trabajo a la vuelta de las suyas.

Tremendo dilema en época de crisis, dicotomia de finales del siglo XX y comienzos del XXI, al amparo del Estado del Bienestar y de la sociedad de consumo, impensable a mediados del siglo pasado cuando la dicotomia era otra, se limitaba a comer o no comer, no como decisión sino como posibilidad.

Si aplicamos, por tanto, la perspectiva de la historia social podremos relativizar las dimensiones de esta crisis, que no es tan grave en términos absolutos, pero sí en términos de pérdida de calidad de vida. En pocas palabras, vivíamos tan por encima de nuestras posibilidades que ahora ya no queremos regresar a ellas.

Porque es sencillo mejorar, pero traumático empeorar, porque es aceptable vivir sin lujos cuando nunca se disfrutaron pero inadmisible perderlos cuando se vivió con ellos y la sociedad Occidental ha vivido demasiados años en el lujo, en la opulencia, en el despilfarro, y ahora estamos, simplemente, pagando las consecuencias.

La crisis que vivimos es económica pero, sobre todo, social, de paradigma ético y sociológico, nuestro modelo de vida basado en el consumo convulsivo debe difuminarse en la noche de los tiempos y reconvertirse en un consumo responsable acompañado de un ahorro deseable y necesario para un desarrollo sostenible de nuestra sociedad.

Si conseguimos que la sociedad evolucione en ese sentido podemos dar la crisis por bienvenida, si a pesar de sufrir sus consecuencias no aprendemos la lección nos conformaremos con maldecirla una y mil veces. En nosotros queda la decisión final.

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