Sociopolítica

Paso del Khyber

Entré por él, llegué a Kabul, recorrí el país, viví jornadas memorables en Kandahar y salí por Herat. Todo eso sucedió en 1968. Afganistán era entonces el país de las maravillas (aunque las Alicias llevaran burka): uno de los mejores lugares que las suelas de mis zapatos han conocido. Luego llegaron los comunistas, vinieron los rusos, conspiraron los americanos, convirtieron entre los unos y los otros al muyaidín en talibán, y lo estropearon todo. Ahora son las fuerzas de ocupación cristianas -100.000 soldados en un país semidesértico- quienes en nombre del dios petróleo, los gaseoductos, el ideario occidental, la democracia y la estrategia del Imperio quieren salvar a los infieles, destruir sus tradiciones y extender el pensamiento único.

No lo conseguirán. Esa guerra va a perderse. Mejor haría la soldadesca en salir por pies en vez de hacerlo con éstos por delante. En Afganistán siempre han mordido el polvo los invasores.

Hablo a cuento del sainete representado hace unos días: elecciones convocadas y celebradas a golpe de metralleta y a toque de pífano castrense. Calles desiertas, patrullas con apoyo aéreo, bombas a gogó, misiles yendo y viniendo, colegios electorales tan vacíos como las salas donde se proyectan películas españolas de cineastas pacifistas que ahora cierran el pico, centenares de muertos y de heridos durante la campaña y en el día de autos, dedos cortados, interventores asesinados, abstención superior (lo que parecía imposible) a la de las elecciones de 2004… ¡Un éxito, vaya! Eso, al menos, ha dicho el Zapatero de Washington, jaleado por los ministros del gobierno saliente. Y los respectivos secretarios generales de la OTAN y la ONU -zorros al cuidado de las gallinas- se han unido al coro de Las Corsarias asegurando que la pantomima del jueves ha rendido “testimonio de la determinación de la población afgana por la democracia”.

¿De la democracia? ¡Curiosa forma de entenderla! ¿Pero no habíamos quedado en que la susodicha consiste en la certeza de que a las cinco de la mañana sólo puede ser el lechero quien llama al timbre? ¿O será que los de ese país llevan, en vez de cántaros, kalashnikov, bazuka y dobles cananas?

Para ese viaje -el de un sistema político detestado por los nativos e impuesto por los ocupantes a paso de oca y de bayoneta- sobraban los macutos, los dólares, los euros, la Cruz, los uniformes y el cinismo. Aténganse los agresores a las consecuencias. El que a hierro mata…

Sobre el autor

Jordi Sierra Marquez

Jordi Sierra Marquez

Comunicador y periodista 2.0 - Experto en #MarketingDigital y #MarcaPersonal / Licenciado en periodismo por la UCM y con un master en comunicación multimedia.

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