Libertad y Tiranía: Manifiesto Conservador

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El tema de la tiranía y la libertad me fascina. Instiga a un diálogo permanente y sin descuidos. Protejer las libertades y suprimir la tiranía es una tarea desafiante. Ciertamente, hay gente, con interés en el poder, que se pone un disfraz de ‘conservador’ para interrumpir la marcha de la libertad y esconder o negar el carácter tiránico de estructuras y superestructuras que defiende desde su posición conservadora. El liberalismo, por otra parte, puede cometer excesos. Le pueden fallar los frenos.

Sobre este tema, hay una símil por la que siempre recuerdo los escritos de Raúl Cadena Cepeda, uno de los pocos latinoamericanos que aborda el tema y que en su ensayo El pensamiento conservador, nos refiere que los liberales en la historia social de la Humanidad son como el motor para el automóvil y los conservadores, como el freno. Entonces, el freno equivale a «la acción conservadora (que) apoya lo estático, lo reglamentado y lo permanente». Cadena Cepeda dice más y lo dice bien: «El pensador conservador está limitado por un esquema moral tradicional, que es definido por una sociedad y una jerarquía. Quienes no autorizan hacer cambios en el contexto de las postulados filosóficos y morales. En este ambiente el espíritu innovador languidece o muere, por la restricción y falta de espacio intelectual. […] el pensador liberal define su postura filosófica de acuerdo a su personal
esquema ético. Los conservadores, en contrapartida, sostienen el esquema que rige en la sociedad en la que viven. […] los conservadores se ven constantemente atados por los líderes del establecimiento, y muchas veces estos líderes son de mente reducida». Pero ésto es lo más importante que don Ramón Cadena me ha enseñado desde que le leo: «Una sociedad exitosa es aquella que se mueve con orientación y con velocidad regulada». Y sin motor, no hay orientación ni velocidad y, sin freno, no hay regulación de la velocidad y, en consecuencia, hay riesgo.

Consideremos, sin embargo, a una superestrella creciente de la radio, ídolo para cinco millones de oyentes, abogado, ex-asesor de la Administración Reagan y presidente de Landmark Legal Foundation. Como los conservadores típicos, descritos por Cadena Cepeda, hablaré de alguien que sólo habla bien acerca de quien es su jefe o lo contrata, uno que sólo defiende la mina de la que saca su oro y sustento. Su buen estilo de vida. Hablará bien de gente con mente reducida; pero atacará sin piedad a quien discuta la estupidez que él defiende. Más que un pensador ponderado, a quien señalo es al alarmista que sabe que la política comúnmente se despliega como erranzas, premuras y corruptelas. Es cierto que en el mundo suelen faltar «frenos», pero ideas hay, aunque nadie se ponga de acuerdo. Y la dificultad es ésta: todos no pueden manejar / gobernar / girar el timón sin un plan / no todos a la vez, sin que pueda que falle el timón y los frenos.

No importa el partido, la clase política se paga muy bien por hacer digerible, cuando no divertida y excitante, la idea de los males necesarios, la violencia de las masas, la desarmonía entre los que saben y el individuo que delinque, dañado por la sociedad o su biología. Las vidas e inconsistencias de los políticos es uno de los males necesarios. A quienes nos gusta leer teoría política y biografías de dirigentes sociales en este libro «Libertad y Tiranía: Manifiesto Conservador» (aún sin traducción al español), pese a todo, Mark R. Levin nos da mucho para meditar.

Como los seres humanos en general son vulnerables a la codicia, a la mentira y la hipocresía, no hay político bueno. Mas cuidado… La forma republicana de nombrarse santo y probo, decente y honrado («God-fearing patriots»), es darse la fe de conservador y maldecir al liberal con el terminajo de izquierdista. Es lo que Mark R. Levin hace con su juego de palabras alarmistas. «Los dictados liberales conducen a la destrucción de la sociedad civilizada, en suma, la tiranía». Y Lance Winslow que viene en su apoyo, declara: «Liberals are more educated since academia has been hijacked by the socialist, liberal, Communist thinking fellows»: Los liberales son más educados debido a que la universidad ha sido secuestrada y está en manos de los comunistas. [¿…?: Sinsentidos].

En este marco de alarmismo, tipo Era-McCartista, John Stuart Mill, quien llamara al partido conservador de Inglaterra de su tiempo: «El partido de los estúpidos», si hoy viviera, habría dicho lo mismo de los conservadores del Partido Republicano, cuando se plantean si de veras «Conservative Thinking is Wiser than Liberalism,» o si sólo tienen un complejo de inferioridad, envidia a la inteligencia e independencia ajena, pues, «los liberales no tienen caudillos que los estén pastoreando». Los conservadores siempre parecen en busca de caudillos a quien dar su fe: sea el Dogma, escritural y fundamentalista, la Mano Invisible, los Padres Fundadores, el divino Reagan o Lo Absoluto-abstracto.

Con la boca o la pluma, los conservadores se exculpan, se forman altares, se patriotizan; acuden a la historia constitucional, a los Papeles Federalistas y a los escritos de los Padres Fundadores de la Patria, pero, en tiempos de las grandes crisis, o graves tensiones sociales, sólo defienden lo suyo. Levin observa como un mal indicio que haya en los EE.UU. ciudadano que se sienta, con probabilidad de serlo, más inteligente y reflexivo que las «Autoridades» / Vacas sagradas / del conservadorismo. «A lot of people seem to think that they’re smarter than Madison and Jefferson and Franklin and Burke and Locke, and Plato and Aristotle».

Leer este «Conservative Manifesto» de Levin me hizo recordar la vida de Paolo Sarpi (1552 – 1623), quien es uno de los padres del liberalismo, y cuánto tuvo que sufrir ante la intolerancia de la Iglesia que mandó sus esbirros de la Curia Romana para matarlo en varias ocasiones. La Iglesia al genial Sarpi lo quería ‘conservador’, de rodillas ante las políticas de los Habsburgo, supresores de las olas progreso científico y tecnológico, que el pensamiento del Renacimiento desataban. La idea de patria y república, en medio del Cisma Protestante, le colocaban entre la espada y la pared. O la república veneciana o el Papado. El precio que pagó fue que le trataran como un diabólico apóstata y, ciertamente, la especialidad de las reacciones conservadoras, es ventilar herejías y, hoy por hoy, seguir fabricando diablos rojos en la salsa del Red Scare.

Para redemonizar a todo demócrata liberal con poder, Levin se asoma con tímido respeto a las fuentes. Estudia las tradiciones liberales y despoja al demócrata de su herencia doctrinal y progresista. El quiere que se le reconozca como campeón del conservadorismo con voz autorizada («voice of the hard-hitting champion of conservatism»), no como un energúmeno radial de los que la prensa liberal juzga, con la misma pasión con que él habla, «a crazy right wing radical». Hay que hacer mollero de combatiente en el debate. Debe hacer del liberal X un Nadie, neutro, para luego reclasificarlo como izquierdista. «They’re not liberals, they’re not progressives. I understand the history of the progressive movement. They represent government». Mas el enemigo liberal, con su Mentira Liberal, es ahora por magia de redefiniciones levianas el represententante del «gobierno contra la gente». «They’re constantly trashing groups of people in this country, the
individual».

El izquierdista que Levin define desecha a los individuos y a los grupos. Supuestamente, el conservador es la voz que los proteje y habla por ellos. Contrario a los izquierdistas que sólo quieren la posesión del gobierno, el conservador permite que la población tenga espíritu y no entregue sus libertades al gobierno — eviténdose que debe depender de éste para todas sus necesidades. Cuando se depende del gobierno para todo, la libertad sufre porque el gobierne puede ejercer coersión.

Levin dice bien cuando juzga que el estatismo puede ser coercitivo. Lo que no debe olvidar es que, cuando ha estado en el poder, ha hecho lo mismo. De hecho, los conservadores tienden a definir el buen gobierno como uno «que tiene el coraje para tomar medidas impopulares». En el primer capítulo, “On Liberty and Tyranny”, Levin opone dos filosofías políticas que se contiendenc: la conservadora versus la estatista. Levin concluye que el Liberal Moderno es un creyente en la supremacía del Estado… Su frustración como liberal es que la imperfección humana y los intereses personales obstruyen los objetivos del Estado ideal («utopian state»). En cuanto este inconveniente, segú Levin, el liberalismo moderno promociona lo que el historiador francés Alexis de Tocqueville llamó la tiranía suave («soft tyranny»), que crecientemente opresiva, llevando a la dictadura… Ya que la palabra liberal, en su significado clásico, es lo opuesto a lo
autoritario, Levin redefine como estatista al Liberal Moderno. «As the word liberal is, in its classical meaning, the opposite of authoritarian, it is more accurate, therefore, to characterize the Modern Liberal as a Statist». (p. 4)

La Era de la Depresión y la crisis económica del presente se parecen mucho y el pensamiento conservador siempre se yergue, no como antídoto para solucionar males, sino como aguijón venenoso. Levin se especializa en ese tipo de análisis. Su primer libro fue describir como un ataque liberal contra los valores basados en la Constitución, las polítícas del Nuevo Trato y la conducta del Presidente F. D. Roosevelt en el decenio de 1930. Para Levin, «ésto resultó en la creación de un gobierno federal que es conglomerado enorme de la incompetencia», «that is a massive, unaccountable government». Un nuevo libro [Men in black] fue reseñado como «a groundbreaking critique of the Supreme Court».

Vamos a hablar, pues, acerca de un gobierno que sólo está bien cuando, a juicio de los republicanos conservadores, son ellos los que están en el poder y del hombre que quiere preconizar la nueva era de acción y pensamiento conservador en el Siglo XXI y «revitalizar su marco filosófico, histórico y práctico», en momentos en que la corrosión liberal, con su izquierdismo ha infiltrado todo y, por desgracia, cuando los republicanos desertan del conservadorismo, sin hallar un claro en el otero. «Sé que es muy difícil porque la Academia es de izquierda, los medios de comunicación son de izquierda, donde quiera que mires está la izquierda». Su tarea como escritor y opinante es convencer que sólo la ortodoxa y prudente ala conservadora sirve y proteje a los principios fundadores, que son los únicos correctos.

El síndrome de queja y alarma que como amuleto exorcisador el conservador presenta contra el pensamiento liberal y sus representantes toca la prensa, porque hay libertad de prensa, así como hay conspiraciones de los dueños de la prensa cuando se dice algo que no se debió decir. El conservador preferiría que hubiese una tradicional Inquisición, porque el conservador se las pasa temblando con los cambios inminentes sino tiene el control de poder, o si no tiene la visibilidad pública que espera. Esto sucede ahora. El conservador Bernard Golberg, de la CBS, cree que la mainstream media está parcializada con los liberales. La prensa es roja. Pasó de su rosita entretenido al rojo discriminador («from usual unthinking liberal bias to partisanship of the crudest kind») y ésto es lo que explica la elección de Barack Obama. En el país, donde nadie sabe lo que tiene y a donde va, según Levin, se vincula Goldberg al coro que aborrece the media, cuando
no dice lo que a ellos le gusta. Entonces, alegan que los periodistas abandonan su pretensión de objetividad y en vez de información brindan activismo mediático, el paso del «media bias to media activism». Golberg en A Slobbering Love Affair — su libro reciente– arguye que los dueños liberales de las comunicaciones lanzaron una campaña, con esfuerzos jamás vistos, para asegurar la elección del hombre al que calificaron como «The One».

El Partido Republicano, el que más uso hace de la promoción de ideas conservadoras, es el más grande contradictor de los principios de libertad y el impulsor más consistente de conductas despóticas por el Estado y ésto ha llevado a que muchos partidarios del GOP se identifiquen con ideas liberales, sea que dejen o no el partido. El conservadorismo estadounidense está esbozando lo que Mark R. Levin llama «a sweeping new conservative approach», el nuevo enfoque conservador en torno a asuntos claves que incluye: inmigración, educación, cuidado de salud, bienestar estatal, mercado libre y ambientalismo. En su libro, titulado «Liberty and Tyranny: A Conservative Manifesto» [Threshold Editions (2009), 256 ps. ], se postula el regreso a los verdaderos principios contenidos en el Federalismo y la Constitución como los marcos apropiados — un verdadero manifiesto conservador.

Con ésto, en el análisis de Mark Levin, se sobrentiende que el conservadorismo está en crisis y que sólo unas voces desesperadas en la radio, como es Rush Limbaugh y el propio Levin, se esfuerzan en rescatarlo del silencio y la marginalización. Y como, según lo que se ha opinado sobre el libro, éste está escrito lúcidamente, pero sin pretensiones, accesible a todos, mas sin perder su erudición iluminadora y su ingenio, la idea de la que parte desde el primer capítulo es que acerca del sistema político americano, lo que los EE.UU. pueda ser, hoy no se sabe lo que es. «Tan distante está la America USA de hoy de los principios fundadores [asumiendo que son totalmente conservadores] que es muy difícil que se describa con precisión la naturaleza por la que nuestro gobierno se establece: No es una plena república representantiva, ni una república constitucional ni tampoco una república federal».

En este país que no se sabe lo que es, el conservadorismo no debe entenderse como «sólo una perspectiva política, sino como una manera de entender la vida, la sociedad y el gobierno». Como conservador que piensa que la Constitución ya contiene en sí, aunque sea en teoría, la visión de los Padre Fundadores sobre la sociedad civil, la libertad y la dignidad del individuo, él viene a «conservar» lo que ya nadie parece que quiere. ¿Cómo qué?: «la verdadera naturaleza del progreso» (como cosa distinta del cambio que Obama y otros ‘hucksters’ de su Administration están vendiendo a los estadounidenses), «el papel de la fe religiosa (en contraste al secularismo radical que los ‘Izquierdistas / Leftists’ están forzando hoy entre los estadounidenses»), etc. Y es que la fe no debe faltar.

El conservador debe combatir la siempre-gastadora lista de los beneficiados de Servicios Sociales («ever-expanding welfare rolls»), al totalitarismo ambientalista, a los fanáticos que piden la apertura de las fronteras («open-borders fanatics»), y a toda la gama de pacifistas («short-sighted peaceniks») que dejaría a la nación sin arma e indefensa. No hay duda que este libro de Levin es la misma demagogia de siempre: al pobre hay que decirle cuanto más se pueda que el gobierno / estatismo / no es para él, que la guerra debe ser ética de patria y ganancia de fabricantes, que todo lo que difiere del punto de vida conservador es zurdo, rojo y anticanónico.

Por un lado, arguye que Norteamérica debe conservar sus intereses armamentistas (léase con el eufemismo, los gastos de la Defensa y el aparato industrial que fabrica las armas). Y nada es más despilfarrador para un país, al tiempo que doloroso… Es que, como conservador, Mark Levin no sólo cree que la libertad no está garantizada, sino que hay pelearla y defenderla. «Freedom isn’t guaranteed, but must be fought for and defended stoutly» y lo que se gaste, en hacerlo, es buena inversión.

La base filosófica del armamentismo y guerrerismo conservador es el pesimismo antropológico, la idea de que la criatura humana es naturalmente egoísta. Los liberales progresistas se equivocan al pensar que el hombre es bueno por naturaleza, racional y feliz si se le permite serlo, antes que la sociedad enmalezca. A Levin falta poco para que diga que la revolución, con sus logros clásicos de libertad [la Revolución Americana de los Padres Fundadores por ejemplo], en este tiempo, es sólo la que origina la izquierda para instaurar la tiranía. Pero, cuando la tiranía preexiste antes del triunfo de un cambio, el pensamiento conservador propone que el cambio o transformación sea gradual, contraponiéndose de este modo las mudanzas abruptas (cuya expresión máxima es o suele ser la revolución) de determinado marco económico y político-institucional.

En el libro se acusa a los medios de comunicación [prensa de la corriente principal: mainstream media] de ser liberales y declarar que el conservadorismo recalcitrante ha muerto. Los que han desacreditado al conservadorimo, con sus lenguas histéricas y retrógradas, parecen ser los mismos conservadores, a los que ‘Obama’s Far-Left henchmen’ según las alegaciones de Levin mofan a gusto. No, en balde, los republicanos huyen de ser asociados al conservadorismo y, de hecho, ahora y como siempre, en la práctica cuando están en el poder, son adoradores iguales del estatismo que los demócratas ultraliberales. Sin embargo, perdidas las elecciones y tras el económicamente deshonroso gobierno de Bush, Jr., los republicanos están en el limbo [«seem clueless on how to slow and contain and reverse the statist agenda»].

Es evidente que las razones detrás de «Liberty and Tyranny: A Conservative Manifesto» es criticar los gastos de trillones de dólares en que incurrirá el gobierno de Obama.

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