¿Por qué no una región?

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Con la reforma del Estatuto de autonomía de Andalucía se plantea un problema que, me parece, comienza a salirse del terreno político y  a meterse en los complicados vericuetos de la Metafísica. El problema en cuestión es contestar a la pregunta: ¿qué es Andalucía? La situación recuerda los planteamientos esencialistas de la Generación del 98 que sigue una larga línea que puede remontarse a Larra.  Autores como Azorín y Unamuno se hacían aquella pregunta angustiosa de ¿qué es España? Afán interrogativo que continúa en la generación de Ortega. Léanse las bellísimas líneas que abren las “Meditaciones del Quijote”.

        

Casi un siglo después, vuelve, como un Guadiana que reaparece gloriosamente, este afán inquisitivo, ahora aplicado a Andalucía. Ahora los interrogadores no son ilustres escritores,  pero sí políticos de pro. Y, como es normal, su situación es el desacuerdo más radical. Para el PP Andalucía es una “nacionalidad” dentro de la “nación” española. Para el PSOE, se trata de una “realidad nacional”. Por último, para IU y PA, es una “nación”. Esta última opción puede ser un disparate, pero al menos tiene el don de la claridad. No puede decirse lo mismo de las otras. “Nacionalidad” es un concepto jurídico-político cuyo significado,  después de 26 años que se aprobara la Constitución, seguimos ignorando. Puede ser algo así como un híbrido a medio camino entre “nación” y “región”, el café con leche del constitucionalismo. En cuanto a “realidad nacional”, el término entra en el ámbito filosófico. Realidad, ente, ser… Desde Heráclito la filosofía occidental anda dando vueltas a estos temas. “Realidad nacional” puede tener el sentido de potencialidad: el ente en cuestión aún no ha adquirido en su plenitud el carácter nacional, pero tiene posibilidades de hacerlo.

        

Todo este debate nominalista y bizantino me suscita dos cuestiones.

 

a) ¿Responde a una necesidad real de Andalucía? ¿Están preocupados los andaluces por esto? ¿Amargan sus días y desvelan sus noches en la duda hamletiana de si nación, nacionalidad o realidad nacional?

 

b) ¿Es posible un acuerdo amplio sobre este cuestión, que responda a un consenso social generalizado, a una tradición arraigada?  Me parece que la respuesta a ambas preguntas es negativa. No es una cuestión que esté en las preocupaciones cotidianas, sino que habita en la estratosfera de las abstracciones y las discusiones gratuitas. Por otra parte, el consenso, como el toreo femenino, no puede ser y, además, es imposible.

        

Propongo una modesta solución, a sabiendas de que, no sólo va a ser rechazada, sino ni siquiera tomada en cuestión.  Mi propuesta es rescatar la clásica y proscrita palabra de “región”. Como una región  han sentido siempre a Andalucía los andaluces. La falta de espontaneidad, las posturas forzadas, el mimetismo de ciertas modas han puesto una cortina de humo sobre esta sencilla realidad, admitida como una vigencia social por la inmensa mayoría: somos una región dentro de la nación española. Léase del maestro Julián Marías, recientemente fallecido,  el capítulo titulado “Europa, nación, región” en su libro “La Estructura social”. Ahí queda claro como la región es una realidad sustantiva, pero insuficiente,  que necesita insertarse en otra superior. Los usos sociales, las vigencias y los valores de la región quedan configurados más bien como costumbres personales o, en todo caso, locales, pero no son suficientes para regular la vida; necesitan de un ámbito superior y en él se encajan. De hecho, como explica Marías, la mayoría de las naciones europeas se han formado por agregación de unidades previas, que prácticamente coinciden con las regiones actuales. Cuando éramos pequeños nos decían que no hay que avergonzarse de ser pobre. Hoy habría que rescatar ese antiguo orgullo del humilde: somos región; y a mucha honra.

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