Marrullerías europeas

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Se me cruzaron los Juegos Olímpicos y no pude comentar el enésimo episodio de juego sucio practicado por las autoridades bananeras y tercermundistas de esa zona del mundo dejada de la mano del sentido común a la que llaman Unión Europea.

Me refiero a lo de Irlanda…

¿Es decente convocar por segunda vez en poco más de un año el referéndum que echó por tierra en su primera convocatoria las ambiciones covachuelistas -medro mientras cobro y flotemos como corteza de alcornoque en el embalse de sopa boba- de los paniaguados de Bruselas?

¡Portentoso ejercicio de cinismo, pasmosa caradura! Que se pronuncie el pueblo, dicen esos gandules, y cuando el pueblo lo hace, y además de modo inequívoco, con un no que disipa cualquier duda, rompen la baraja, anulan el resultado del partido, presionan con el chantaje de la ruina inminente y del atroz aislamiento al pueblo llano, que poco sabe de esas cosas, y lo conducen de nuevo a las urnas con las esposas puestas y el ronzal al cuello para que diga diego donde dijo digo.

¿Hay ética en esa conducta? ¿Hay dignidad y coherencia? Sí, la de los hooligans que tiran botellas al árbitro e invaden el terreno de juego cuando su equipo pierde porque los contrarios juegan mejor.

Eso es Europa: tiranía aparentemente democrática, trepadores con traje de chaqueta modelo Gurtel pagado por el contribuyente, despotismo sin ilustración, apoteosis del funcionariado, bombardeo de ideología keynesiana y de moralina judeocristiana, violación de soberanías, reparto de dividendos… Quousque tandem abutere patientia nostra?

Se les ha dicho a los irlandeses que el euro es prosperidad.

¡Mentira!

La moneda única nos ha llevado a la ruina.

Se les ha dicho a los irlandeses que el ostracismo aguarda a quienes se queden fuera de Europa.

¡Mentira!

Fuera de ella están muchos de los países más boyantes de la tierra y todos los que aún tienen futuro.

¿Es preciso mencionarlos?

Recuerdo lo que machaconamente me decían los políticos de derechas y de izquierdas a los que hace años proponía yo, ingenuo de mí, la convocatoria de referendos de autonomía en el País Vasco y en Cataluña para salir, al menos, de dudas y tapar la boca, si tal fuese el caso, de quienes postulan el independentismo o dar éste por bueno si las urnas, por mayoría absoluta, lo avalaban.

¡No, no!, rugían llevándose las manos a la cabeza. ¡Eso de ningún modo, porque si el resultado es adverso para quienes ponen en tela de juicio la pertenencia a España, los separatistas harán caso omiso del veredicto popular y reclamarán otra convocatoria, y otra, y otra, hasta que le realidad coincida con sus deseos!

¿Qué sucede? ¿Han cambiado de opinión o es bueno para Irlanda lo que en Vasconia y Cataluña sería malo?

Todos, los de la izquierda y los de la derecha, eran entonces y son ahora europeístas convictos y confesos. El europeísmo es el pensamiento único de los políticos españoles. Así les va.

El Tratado de Lisboa se nos viene encima. El presidente checo podría salvarnos de él, pero no lo hará. Está, el pobre, acogotado. La única esperanza es la que representa Cameron. Sólo él, si gana las elecciones en Inglaterra, llevará el asunto a referendo en su país y parará los pies a Europa. Tiene gracia. ¿Quién iba a imaginar que la pérfida Albión terminaría siendo nuestro ángel de la guarda? ¡Dios salve a los lores, a los comunes y a quienes viven en Buckingham mientras se van al diablo los chupatintas de Bruselas!

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