España

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Iba a escribir un post sobre España, pero al final decidí ahorrármelo para evitar quebraderos de cabeza, críticas a destiempo y comentarios ultrajantes. Alguno dirá que es cobardía, pero cuando se trata de la madre patria una opinión es como un arma de destrucción masiva, nunca sabes si te va explotar entre las manos. Cuando ejercer la libertad de expresión se convierte en una temeridad, ustedes me disculpen, hago mutis por el foro, achanto la mui, me acojo a la quinta enmienda y me alisto en el equipo de los prudentes.

Tal y como están las cosas, la cautela es una herramienta indispensable para sobrevivir en un ambiente como el español en el que lo que sobran son opiniones. Es como si callarse no fuera una opción y estuviéramos condenados a darle cuerda a la sin hueso sine die. Claro que si todo el mundo habla lo que cabe preguntarse es si alguien escucha.

Dicen que a los sabios les gusta el silencio, que ayuda a reflexionar. Siempre he tenido la sensación de que España es un país ruidoso.

Creo que en vez de alimentar la llama de la indignación para terminar siendo catalogado como “facha” o “progre” a las primeras de cambio -una errónea interpretación localista del eterno conflicto entre el “bien” y el “mal” (o viceversa) que me horroriza- seguiré con mis artículos de cine y costumbristas, que me divierten más y son más sanos.

Que conste que, como buen español, opinión tengo. No trato de escurrir el bulto por carecer de punto de vista, pero a la larga es mejor, especialmente cuando uno se dedica a esto del periodismo, no es hijo de nadie famoso y no le apadrina ningún grupo mediático. Primero viene la comida y luego la tertulia de sobremesa. Desde pequeño aprendí que con las cosas de comer no se juega.

Escribo esto con la conciencia tranquila, sin presiones, lejos de apasionamientos inoportunos, forofismos irracionales o fundamentalismos belicosos, aunque con la pena de morderme la lengua para no resultar blasfemo ante oídos disfuncionales. Creo que el sacrificio compensa.

Consuela saber que uno siempre está a tiempo de ladrarle a la luna cuando guste, bien por vivir en las nubes, bien por estar vacía o por estar llena, aunque tales desplantes solo sirvan para alterar más el vecindario patrio.

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