¡Ya está!

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Van a tirarme de las orejas. No sé cuántos días ya sin decir ni mu en Dragolandia. Contente, Baeta. Recuperaré, como Proust, todo el tiempo perdido. Palmo a palmo, letra a letra, línea a línea.

Me cuenta mi hija Ayanta, que pronto se incorporará a este blog para llevarme en él la contra o lo contrario, discrepar o coincidir, que Rafael Azcona, en el último instante de su vida, miró hacia fuera y, desde dentro, desde lo más profundo de su ser, dijo: “¡Ya está!”.

Fueron sus últimas palabras.

Se non e’ vero…

No lo será, pero yo, por si en el último momento me vengo abajo y no estoy a la altura de lo que tan alta ocasión exige, ya puedo decir lo mismo. He tomado precauciones, pues, a mi edad, todas son pocas.

Sostiene el tópico que para llevar o haber llevado una vida completa hay que tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol.

En cuanto a lo primero, he cumplido con creces. Tengo tres que, por añadidura, abultan como si fueran treinta y tres, pues cada uno es de una madre diferente y cada madre es de nacionalidad distinta. Alianza de civilizaciones, diría Zapatero, y mala cabeza la tuya, añadiría la santa, paciente y comprensiva mujer que me trajo al mundo.

En cuanto a lo de los libros, nadie, por cicatero que sea, puede negar que voy sobrado. He escrito veintiocho, contando el que acaba de salir, y si Dios me da vida aún daré yo guerra en la cancha de la literatura.

Me faltaba lo del árbol. Alguna que otra vez, en los días de la infancia, cavé un hoyo y arrojé a él un hueso de albaricoque, ciruela, melocotón o lo que se terciara, pero nunca, que yo sepa, brotó nada de él. La naturaleza es muy suya.

Pues bien: el otro día fungí de pregonero en las fiestas del aceite de oliva de la muy noble ciudad de Osuna (un gentío, señores… Más de setecientas personas acudieron a la cita) y, antes de tomar yo la palabra, los organizadores del acto me concedieron el honor de plantar un olivo en el patio de la Colegiata.

Lo hice, y fue emocionante. Es ese patio, hermosísimo, un olivar de escritores. Ilustres colegas me han precedido en el uso de la pala y la palabra: Caballero Bonald, Manuel Vicent, Antonio Gala, Jesús Quintero… El último en la lista, pregonero en 2008, fue nada menos que Vargas Llosa. Mi olivo está junto al suyo. Somos ya los dos, por los siglos de los siglos, pues ese árbol es longevo a más no poder, hermanos de sangre verde de aceituna. Lo dicho: un honor, que agradezco en lo que vale a Diego Angulo, a la alcaldesa de Osuna, a Antonio García Barbeito, a los almazareros de 1881 y a todos los vecinos de una ciudad, la de Osuna, que no conocía, que todo el mundo debería conocer y que me ha deslumbrado. Es un primor, un fulgor, una joya engastada en la diadema de los campos que desde Sevilla corren hacia Córdoba y viceversa. Si lo que en ella hay estuviese en la Toscana, pongo por caso, ese lugar sería tan célebre y tan celebrado como Lucca, Volterra y Siena. No exagero. Vayan allí y lo comprobarán.

Y si lo hacen, por cierto, echen un vistazo a mi olivo, que tiene placa, y acaricien sus hojas de mi parte.

A lo que iba: ya tengo hijos, ya tengo libros y ya tengo árbol.

O sea: ¡ya está!

El tiempo que me quede será propina.

¡Bote! ¡Gracias!

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