Búsqueda de la felicidad (4): Confucio o el sentido común

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Creen muchos, sobre todo cuando son jóvenes, que el sentido común es obstáculo, y no acicate, en lo que a la búsqueda de la felicidad se refiere. Ésta, según esas personas, exige, para ser alcanzada, un poco de locura, de desbarajuste, de desenfreno, de ebriedad… De desorden, en definitiva.

Confucio –ese sabio de la antigüedad al que todos los chinos, hoy como ayer, reverencian. Su figura está por encima de cualquier credo religioso o político y lugar de nacimiento o residencia- no opina así. Sin sentido común, viene a decirnos, no cabe, a la larga, y ni siquiera a medio plazo, ser feliz, aunque sí quepa serlo fugazmente. Pero eso, lo último, no es, en realidad, dicha, sino desdicha. Deja un regusto amargo similar al de la resaca tras la borrachera. El hombre feliz vive en la ilusión de serlo siempre, y si sabe, porque así se lo dice la experiencia, que dejará de ser feliz cuando los efectos del vino se desvanezcan y llegue el culatazo, se entristece.

Confucio, en cuya sobria biografía de probo funcionario no voy a detenerme, fue hombre de aforismos, de sentencias, de máximas, de consejos, y por eso son sus obras instrumentos de extraordinaria utilidad para quienes buscan instrucciones concretas, sencillas y eficaces, sin gaitas ni peplas metafísicas o místicas, que los conduzcan a la felicidad.

Ni Confucio ni el confucianismo, de hecho, intentan responder a las grandes preguntas. No se las plantean. No nos explican quiénes somos, ni adónde vamos, ni de dónde venimos, ni cuál es la esencia o el nombre de Dios, ni si existe Éste, ni si es o no inmortal el alma, ni si hay o no Reino de los Cielos, ni cómo se llega a él, caso de que lo haya.

Lo que sí nos dicen Confucio y los confucianos es que el mundo está regido por lo que ellos llaman mandato del cielo y nosotros, los occidentales, llamaríamos derecho natural y orden moral.

El confucianismo sólo es, sin más ínfulas, un código ético concebido para vertebrar la sociedad y dar, en ella, sosegada, placentera y razonable cabida al homo sapiens.

Éste, según Confucio, tiene ante sí dos únicos caminos: el del bien y el del mal.

Así de simple.

Y sólo quien escoja el primero y lo siga, sin desmayo, hasta el último momento de la vida será feliz, pues el segundo conduce fatalmente al desorden de la sociedad y a la destrucción de la personalidad.

Puro sentido común, ya lo dije, y nada nuevo bajo el sol, pero bueno es recordar, escribió Machado, las palabras viejas / que han de volver a sonar.

Kant, veinticuatro siglos después de que Confucio lo anticipase, hablará del imperativo categórico (“obra de tal manera que cada uno de tus actos pueda erigirse en ley universal”) y sostendrá que esa voz de la conciencia o mandato del cielo está grabada a troquel en el cerebro de los seres humanos y a todos ellos, sin distinción, obliga.

Quien no escucha esa voz, quien no acata ese imperativo, nos dice Confucio, ejerce violencia sobre su fuero íntimo, contrae una enfermedad moral y lo paga con la desdicha.

No sólo Kant era, sin saberlo, confuciano. También lo habían sido, por ejemplo, Sócrates y Jesús (poner la otra mejilla, amar y respetar al prójimo como a uno mismo), y también lo sería, más tarde, el anarquista Bakunin: mi libertad termina allí donde empieza la libertad ajena.

Palabras viejas, sí, y antiguos preceptos que el mundo de hoy, en gran parte, ha olvidado y que, si queremos ser felices y sabios, sabios y felices, han de volver a sonar.

Los que se refieren a la familia, verbigracia. Es ésta la clave de la bóveda del orden moral y social que Confucio nos propone, y se apoya, según el filósofo, en cuatro columnas, todas ellas agrietadas hoy en el mundo en que vivimos. A saber: un padre valiente, una madre prudente, unos hijos obedientes y unos hermanos complacientes. ¡Ahí es nada!

También nos dice Confucio -lo menciono y subrayo por incordiar- que los castigos son, en determinadas circunstancias, necesarios y que, literalmente, nadie debe comer su pan sin habérselo ganado.

Lo mismo decía la Biblia, pero la Europa de hoy, que tan judeocristiana fue, lo ha olvidado.

¿Recuperaremos algún día el sentido común?

Presta oído, lector, a las palabras viejas de Confucio…

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