Por culpa del mundial, Dios está colapsado…

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Ya tenía Dios bastante con los diversos terremotos, la inquietante crisis, la devaluación del Yuan, el juego entre oposición y gobierno, el bloqueo a Gaza, la mancha de petróleo en las costas americanas y el encuentro del G20 en Canadá para ahora recibir miles y miles de rezos de jugadores y fanáticos de futbol que reclaman una ayuda para que su equipo, el equipo que les representa y les aporta algo de orgullo, acabe calificándose o pasando al siguiente turno.

Imaginaros a Dios en medio de todas las solicitudes habituales, ocupado en atender las oraciones sinceras de enfermos o de familiares alarmados y que, de repente, cuando cree que puede adelantar un poco de trabajo gracias a la diversión mundial que supone la copa de futbol, le caen sobre la mesa otros millones de oraciones fervorosas que exigen la victoria inmediata de su equipo nacional y le remueven todo lo que ya tenía organizado. Argentinos, ingleses, alemanes, italianos, franceses, españoles, ghaneses, mejicanos y otra decena de nacionalidades que se desesperan al unísono, se impacientan, desconfían, se encaprichan, se encabritan y buscan el apoyo de Dios para una cosa tan efímera e irracional como un partido de futbol. Pero, ¿qué es un partido de futbol? ¿Qué representa la copa? Esta pregunta la formula Dios cuando recibe todos estos rezos disparatados y desesperanzados a la vez.

Si una copa permitiera resolver muchos de los problemas de la Humanidad, quizás estudiaría la posibilidad de responder a algunos de estos rezos pero, como el propósito del Mundial es puramente comercial e individualista, no puede prestarle más atención que un leve vistazo o un simple resoplido de amargura. Definitivamente, Dios tiene demasiado trabajo para asegurarse que el penalti de Villa, el chute de Tevez, una chilena de Ronaldo y el cabezazo de cualquiera de los delanteros del mundial entren en la portería adversa. Es imposible que Dios lo haga y no es por negligencia, ya sabemos que en ese ámbito nada se le puede recriminar, pero simplemente por orden de preferencia. Antes de ayudar a un simple jugador, de empujarle con un soplo de vida y de energía para que marque el gol que le permitirá irse a un club más grande y cobrar más dinero, suponemos que Dios prefiere responder a una queja de un pobre marginado en un país subdesarrollado o atender a las llamadas de una madre incapaz de nutrir a sus hijos. Eso es lo que imaginamos porque es algo evidente.

Finalmente, y mirándolo desde esta perspectiva, el futbol es un simple evento que refuerza los egos de quienes pueden seguirlo y el bolsillo de los que sacan provecho de la pelota y de todo lo que se comenta alrededor de ella, poco más. Los veinte rezos que pueden hacer un jugador o un fan al minuto no influyen tanto en el resultado de un partido como el espíritu de equipo y el trabajo efectuado por un colectivo de personas comprometidas y mentalizadas para la victoria. Por lo demás, esperemos que Dios mantenga esa línea de no- intervención porque si algún día se decide en apoyar un equipo o castigar a otro habrá mostrado una faceta que no combina con su conocida imparcialidad y se le podrá acusar de corrupción. Dios está para todos, es innegable. Es una ley de vida. Por eso no atenderá las oraciones de tantos deportistas. Por eso también teme tanto el inicio del mundial…