La siniestra

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El cinismo de la izquierda no tiene límite. Véase, por ejemplo, lo que la tribu de la ceja y de la jeta dice a propósito de Cuba. Cabría excusar a esos cuates si no hubiesen estado nunca en la isla aplastada por los malhechores castristas, pero no es el caso. Van a menudo. Yo lo he hecho en dos ocasiones y no habrá una tercera hasta que los disidentes y los de Miami tomen La Habana. Entonces, sí. Entonces volveré a la isla con el mismo buen humor con el que Hemingway llegó al bar del hotel Ritz de París en el 45 y compartiré con los unos y los otros daiquiris, mojitos y, sobre todo, cubalibres en los mostradores de madera tropical de una de las ciudades más hermosas de la tierra. Pero dejemos, por ahora, eso, que está al caer, y echemos un vistazo a Italia. Allí llaman sinistra (en español siniestra) a la izquierda y no cabe mayor exactitud semántica. Los enemigos de Berlusconi, desesperados por la imposibilidad de derrotarlo limpiamente en las urnas, se aferran con asombrosa inverecundia al chusco episodio del recadero del Pueblo de la Libertad que se despistó mordisqueando unpanino y llegó tarde a la ventanilla donde tenía que inscribir las listas de su partido para la inminente convocatoria electoral del Lazio. Un gag de película de Totó al que los vitelloni de la siniestra convierten en burrocrática disculpa para ser ellos solos los que se enfrenten, sin adversario alguno, al desafío de la voz del pueblo. Parece mentira, de puro tonto, pero es verdad. Patalean esos carotas, se encunan en la letra menuda de la ley al precio de transgredir su espíritu, hacen de su deshonestidad virtud y acusan a Berlusconi de dar un golpe de estado contra la democracia cuando son ellos quienes quieren convertir ésta en pantomima de partido único. Si Unamuno levantase su cabeza de búho sabio les diría que no quieren convencer, sino vencer, chupar de la teta del Antiguo Régimen despilfarrador al que Berlusconi está metiendo en cintura y volver a las andadas por ellos en un país que la sinistra quiso y quiere destrozar. Sólo en una cosa tiene razón esa partida de hipócritas: con los fuleros no se juega. Lo ha dicho la Bonino. ¿Pensaba en los suyos? Precisamente por eso, si yo fuera italiano, votaría al Cavaliere, suponiendo que los talibanes de la izquierda y de la magistratura le permitan concurrir a los comicios. Italia me da envidia. Allí tienen al único líder europeo que no es clónico ni lúgubre y que, en vez de pastelear, gobierna. Aquí… Mejor me callo.

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