«¡Me estoy matando por tí!»

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[«Si tuviésemos que subrayar con un diagnóstico el lugar del que provienen los informes de maltrato infantil, dónde las pandillas se encuentran y dónde es que impera la pobreza, habría casi un perfecto consenso, con un sólo factor consistente – pobreza…. Los pandilleros no se crían con la esperanza de ser pandilleros. Cuando se vinculan con las pandillas, huyen de sus hogares disfuncionales. La pandilla es el único lugar que hallan y donde se sienten a salvos»: Michael Riley, director en jefe de la Agencia de Servicios Sociales de Orange County]

Esta es la historia que se puso de moda en Santa Ana H. S. años después que el director escolar Jeff Bishop dejó la Administración y se abandonó su estilo disciplinador, cuasi militar, para tratar con el estudiantado. «Nuevos enfoque; ahora el Distrito pide otra actitud», le dijeron.

«¿Abandonar la disciplina?», preguntaba él. «Los tiempos cambian».

Parte del cambio es que los ingenieros sociales ya creen que gastar entre $2,800 y $9,000, costo de tratar a adolescentes por sus adicciones a narcóticos, es mucho gastar. Mejor es tenerlos en la escuela y no encarcelarlos. Antes se decía que «drug treatment can save $19,000 in crime-related costs». Tener preso a un adicto consuetudinario y pandillero puede costar al Gobierno hasta $25,900 al año. «Entonces, han comenzado a reenviarlos a la escuela».

Y la primera que se quejó en Santa Ana H. S. fue una maestra quien escribió una queja al director escolar. Su reporte disciplinadorio a la oficina se hizo famoso en todo el Distrito: «Este muchacho es un tirano. No me lo envíes más. Que no regrese a mi salón. Mándelo a Arizona».

Esto sucede con el director Stockberry. Director blando. El nuevo estilo. «Lo aconsejé» y el estudiante irrespetuoso vuelve, con una sonrisilla malévola en los labios, dispuesto a proseguir el saboteo a toda disciplina. «He’s a tyrannt. Send it to Arizona Jail». Peleonero, vicio, irrespetuoso. Se atrevió a levantar la falda a la maestra… Y ella le contaba cuán distintas eran las cosas cuando Bishop fue el principal. «Y era tiempos muy malos los suyos». Los delios violentos y contra planteles escolares por jovenzuelos y pandilleros había aumentado hasta 10,000% en la nación. Un delito con agresión cada 25 segundos. Un casa cada 9 segundos a las casa. «Y, no como ahora, que los alumnos toman represalias a malos grados y ponchan las llantas de mi vehículo, antes con Bishop no pensaban en eso; porque el diploma no se daba de regalo. Había que ganárselo».

En la era del nuevo estilo de Stockberry, en este año del 2007, se alega que en el Condado de Orange el número de niños integrados como miembros a las pandillas aumentó casi en un 50%. «Y no hay un maldito director que se atreva a otra cosa que enviarle mensajitos al maestro: ‘Lo aconsejé. Recíbalo otra vez en su clase’; pero el madito muchacho, that fucking bastard, viene y me amenaza de ultrajarme delante de la clase… Do you believe what I’m saying? ¿Crees que yo resolveré este asunto con la palabra del director cuando dice ‘lo aconsejé’ y se portará bien?»

Y más elogio para Jeff porque él sí no toleraba a esa minoría de alumnado crecido en la holgazanería y falta de respeto a las normas, a la dignidad y responsabilidad de los maestros, que desean cumplir con su labor. El sí se ganaba, honradamente un sueldo y era puntual, observador del campus, y las necesidades de todos.

«El vigilaba, con rigor, la hacienda y el corral», dijo metafóricamente Gustavo. «Yo supe en torno a su estilo».

«Un día Jeff Boucher cuando esta muchachita que se llama Michelle, quien hoy es concejala de la Ciudad y una ciudadana ejemplar, creyó que irse de pinta es su privilegio y su capricho, escuché por las bocinas del InterCom: ‘Señorita Martínez, venga de donde quiera que esté, o voy por usted jalándola de las greñas’. Debía haberse quedado en el Centro de Disciplina y se escapó y, así fue. De la oreja, o de las greñas, pero fue por ella… ¿En quién está hoy la autoridad? Si no hay disciplina, no hay educación y hablo de la disciplina que hay que pelear contra estudiantes que quieren imponer su voluntad?»

«Pues, estoy ante un caso similar. Trato de controlar a un alumno guevón. Un vicioso», se sinceraba Gustavo.

«¿Cómo es él? ¿Criminal?»

«No. Meramente apático, voluntarioso»

«Sí, como la Martínez. Y mi experiencia me dice que esos tienen remedio, pero necesitan una torcedura de oreja. Michelle me dijo: ‘Jeff Bishop me cambió la vida. Ese jalón de greñas que me dio es lo más positivo que se hizo por mí parfa sacarme de la vida loca e imprudente que llevara’… ¿Quieres un consejo? Enfréntate al granuja. O la escuela o Arizlona. Allá no hay piedad para los mariguanos o desnadrosos».

Gustavo se acuerda que, cuando el director de Disciplina Stockberry no hizo caso de la profesora, ella fue a la prensa. Se quejó en una carta pública en el diario de la ciudad y no tomó en cuenta el aviso: ‘Lo aconsejé’.

«No, señor. No se aconseja a una piedra, a una peña muda y sorda».

El recorte periodístico de su carta se puso en los pizarrones. La frase clave de su reporte disciplinario ante Stockberry se comentó en revistas y programas de radio. «Este alumno es un tirano. Mándelo a Arizona». Y hasta los cartelones sobre paredes, dentro de salones de maestros solidarios, dieron el testimonio: «Al estudiante tirano, lo queremos en Arizona».

Después de los directores Daniel Salcedo y Bishop, como se verá, otro es el estilo y el sistema. La escuela disciplinadora, con orden y respeto, se fue a jurtas. Gustavo lo ha visto. Todavía está la vieja maestra en labores, ya próxima a la ubilación.

«Ahora el maestro debe cuidarse de la Administración, cada vez más incompetente, cínica, privilegiadora y demagógica, administración llena de códigos inservibles y de juegos políticos, porque, ante las demandas socio-institucionales en tiempos de crisis financiera y recortes presupuestarios, el maestro es lo más débil de la soga». Primero se destituye a los docentes que a un bombero, policía, o funcionario político. «Y se pretexta que los veranos son más calientes. Que hay olas de fuegos forestales. La ola de calor, la ola de derrumbes por llujvias en California. La ola de pandilleros. Para el bombero y el policía siempre habrá trabajo, porque hay mucho crimen, terrorismo y tragedia. Hay un creciente mercado negro de armas disponibles para el que quiera hacerse pandillero. «¿Y qué estuvo haciendo las policías locales si ellas mismas permiten este mercado… Desde la escuela misma se solapa todo».

Ningún jefe de policía quiere arriesgar la vida de sus hombres, yendo a cazar a criminales, o ningún experto recomedará lo que se debe, con asignaciones de inversión racionales, para resolver los problemas. Se puede despedir a 500 maestros, como se ha pedido en el Condado, «porquje tú y yo no nos quejamos; soportamos todo». Las pandillas juveniles, en calles y escuelas, han aumentado en un 93%; pero que el maestro sea quien se entienda con ellas. El nuevo estilo es que la Administración le diga: «Aconsejé al pandillero que te sacó un cuchillero de carnicero y te lo puso en la garganta cuando fuíste por tu automóvil al estacionamiento».

Mas en el ambiente discriminador de los Distritos Escolares, entre obstáculos con que el maestro debe lidiar para cumplir su misión, están el cuidarse de los celos del maestro vecino, de los estudiantes que desearían tomar las aulas por asalto, de los padres y madres que interpretan el rol de las preparatorias como guarderías infantiles. Un 14% de los integrantes de las pandillas son menores de 17 años y hay que tratarlos como criaturitas. «El maestro que les cambie los pañales». La Administración Escolar quiere utilizar a los maestros incondicionales como espías y traidores de aquellos que, como Salgado o Aguirre, meten grilla.

La escuela de este modo envilecida, con este «all against all», angustia al docente. También el tendrá que cuidarse de su propia lucha interior, estos arraques de desaliento que, al cabo de los años, les lleva a creer que han elegido mal la carrera, que no tienen vocación, que la noble profesión del maestro, al cabo de 40 años de servicio de quienes han sido sacrificados, tesoneros y eficaces, conduce a la locura. No hay una jubilación grata. Ha sido mucho el estrés acumulado por años, en tareas de enseñanza y, fuera de las aulas, ya no van a vacaciones y descanso. Necesariamente, se internan en manicomios.

«Todo el sistema está hecho de mentiras y políticas». Desde 1853 al 1990, casi 225,000 abogados han sido admitidos a la práctica legal ante las instancias de las Cortes Supremas y, no hay ninguno, así como decía Jeff, el antiguo director con el lema «Disciplina Primero, Educación en el Transcurso», que sepa defender un maestro. Todos están para jugar a la politiquería, con ínfulas de autoridad y poder.

«Por eso, Gustavo prefieren el nuevo estilo de reventar a los grilleros. Okay, son unos testículos lujuriosos, pero estaban diciendo verdades en Santa Ana High School. Desacreditar es una manera de imponerse con terror sicológico… ¿Qué quieres que te diga, si sé la diferencia entre esos granujas que tienen el poder en los distritos? y me refiero a los administradores, en complicidad con el alumnado. No todo el alumnado, sino los que merecen que los mandes a Arizona».

Y, animado con este consejo, antes de la próxima sesión de clases, a la que estaba temiendo ir por no enfrentarse con el Temible Guevón, tomó unos quince minutos restantes de su hora de descanso, y preparó el cartelón que hizo famoso a la maestra: «Si un eres un alumno tirano, haré que te manden a Arizona».

Esa bienvenida le dio a su clase. El cartel parecía cosa de risa. El Guevón fue el primero que comenzó a burlarse, a distraer a sus compañeros, a desobedecer sus primeras instrucciones a la clase. «¿Qué mamada es esa de enviar a los alumnos a las correcionales de Arizona?»

«Ah, ¿crees que allí es donde perteneces? ¿Te aludíste?», lo confrontó Gustavo. «Porque si no lo eres, sigue la tarea que les dí. Lee y escribe el par de párrafos que asigné».

«Es que éso de tyrannical student me parece una mamada».

«Pues si estás obsesionado con mamadas, véte de la escuela para que te dén los que puedan estar interesados; pero, en este salón de clase, no se dan mamadas. Ve por ella a tu casa, a donde esté el que quieres ver con la boca en tu pinga, mamón».

«No me hable así. Fue un mero comentario».

«Un comentario que me molesta y distrae a mis estudiantes. Aquí nadie mencionó mamadas, sino tú. Eres el mamón».

«No me hable así delante de la clase».

«Delante de la clase y para que se lo aplique y se piquen todos quienes quieran rascarse, digo: ¿Me ha visto leyendo el periódico o llenando crucigramas? Seguro que no me has visto, porque yo vengo a enseñar, a orientarlos, a corregirles, vengo con planes y lecturas realizadas, después de diseñar en casa mis estrategias y actividades pedagógicas para que aprenda aún el más tonto, o cognitivamente lento, entre ustedes… I’ m killing myself for you! por cada uno de ustedes me canso, estudio, me privo, evito que me vean con un cigarro en la mano, o yendo a un bar… Estoy estudiando, investigando, aprendiendo cómo ganarme su atención y cómo comunicarme hasta que aprendan… Por eso hago mi Maestría, leo, consulto… Ustedes están en mi mente, no por 8 horas, 15 horas o más, día a día. Y me voy a la cama preocupado por tí, por ustedes… and you don’t comply. No cumplen con su parte… y me da coraje, me ofende que haya gente tan apática,
tan malagradecida… Esa tiranía del desinterés, la traición, la burla del que viene a la clase sin responsabilidad, a faltar el respeto a todo el mundo, al maestro y al compañero de aula que aprendería si su clase está en control, sin tanto payaso valemadre… ¿Crees que me tienes contento si no traes las tareas que te doy, si quieres controlar, con tu ego enfermo, la clase, si no quieres aprender y, peor aún, que otras aprendan, mientras tú piensas y hablas tus mamadas? Examina lo que traes como crianza y lo que aportas, porque yo lo hago y soy el maestro».

Y mientras Gustavi repetía, en inglés y español: «I am killing myself you! and you don’t comply!», el Guevón Temible se echó a llorar. Era un chico de 18 años y, ahora, parecía que su edad no sobrepasaba ni los 8. Y el maestro estaba enojado como nunca lo vio antes y le habló, como ni padre ni madre, le hablaran jamás.

Frag. de novela «Gustavo el maestro»