Dinero público: fenómeno free rider

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El trabajo más sencillo de esta vida es regalar dinero que no es de uno, dinero que ni te pertenece ni repercutirá directamente en tu economía doméstica, y el paradigma de este tipo de dinero es, evidentemente, el dinero público.

Este dinero es el que se recauda de las aportaciones de los ciudadanos a través de los impuestos y que caen en manos de los políticos para que los gestionen de la manera que consideren más oportuna, teóricamente, para beneficiar a la sociedad, aunque en demasiadas ocasiones es para beneficiarse a sí mismos, o bien a través de favores personales, o bien inyecciones económicas intencionadas con el objetivo de acumular votos.

En las últimas semanas hemos tenido el ejemplo perfecto de este despilfarro encubierto, al que nadie parece prestar atención. El Ministerio de Industria había “regalado” una cantidad ingente de dinero a las empresas mineras españolas con la idea de que hicieran frente a sus deudas y mantuvieran a sus plantillas.

Pues bien, con la huelga, y consecuentes manifestaciones, hemos descubiertos que ese dinero no ha sido utilizado para pagar las nóminas, ¡vete tú a saber a qué se dedicó! Pero eso no es los criticable, lo peor es que no hubiera una inspección por parte de la Administración.

Siempre que se entrega dinero al sector privado con un objetivo social, la Administración, cualquiera que sea el nivel del que estamos hablando, debería tomarse la molestia de asegurarse de que ese dinero se destina al objetivo para el que se recibió, porque de otra forma da la impresión de que el dinero se regaló, no se invirtió.

Y este tipo de regalos ahondan en el déficit público, el cuál está generado, en gran parte, por la falta de austeridad de todas las Administraciones, incapaces de prestar atención a sus gastos corrientes, porque, en definitiva, el dinero público no es dinero de nadie, así que todos se suben al carro del fenómeno free rider.

Otra polémica, que dejaré para otro día, es reflexionar sobre la conveniencia de mantener una industria claramente deficitaria y dañina para el medio ambiente con la mirada puesta en el corto plazo, olvidándose del medio y largo. Porque puede que la industria minera pueda sobrevivir unos años, pero es el momento de comenzar a pensar en el futuro de esas zonas a las que no se puede condenar a vivir de la minería para el resto de los restos, porque es condenarles al fracaso.