Homo Judicialis

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Las migas del almuerzo

 

Los que llevamos tiempo abogando por la abolición de la pena de muerte, nos hemos congratulado con una noticia de postín. Cuatro Estados de los EE.UU. han suspendido momentáneamente las ejecuciones en sus respectivas “millas verdes” por un problema de logística. Se han quedado sin pentotal sódico, la anestesia que previamente inyectan a los condenados para que mueran, supuestamente, sin enterarse.

No seré yo quien defienda a todos los asesinos en serie, sicópatas y demás ralea animal que pulula por el mundo. Muchos alegan que la vida, en su más filosófico sentido, está por encima de cualquier consideración. Otros, o los mismos, recurren a la sentencia kármika de que, al matar a un asesino, sea cual sea su sanguinario currículum, practicamos con los actos aquello que condenamos. Mi opinión, aunque lindante a estas posturas, es drásticamente distinta. Y es que la pena de muerte la ejecutan los seres humanos y, como bien se ha demostrado a lo largo de la historia, el hombre (y la mujer) es el animal más proclive a los errores.

¿Han oído aquello de que un error lo comete cualquiera? Entiendo que todos estamos sujetos a tan ecuménica ley y por eso mismo no podemos actuar de manera que no dejemos una puerta abierta a la rectificación. La llamaría la Ley del Por si las Moscas. Con que de uno solo de los cientos de ejecutados en el corredor de la muerte, se demuestre a posteriori su inocencia, la pena capital deja de tener sentido. En 2007 un reportaje del Diario El País demostraba que al menos 124 prisioneros condenados a muerte consiguieron demostrar que eran inocentes de los cargos que se les imputaban. Los factores que les llevaron a tan extrema situación fueron tan variados como pedagógicos: negligencias del sistema judicial, falsas confesiones de testigos, identificaciones erróneas, y la peor de todas, la falta de pericia o desgana de los abogados defensores. Tampoco es el momento, por falta de extensión, de hablar de la Justicia basada en el dinero.

Cuando mis más allegados compañeros de fatigas, me discuten, rebaten y, a veces combaten, mi enérgica defensa de cambiar la pena de muerte por la cadena perpetua, manifiestan ese lado primitivo que aún guardamos los seres humanos. Lo curioso es que muchos de ellos, fervientemente anti-católicos, se encarnizan en sus posturas bajo el estandarte del proverbio bíblico del “ojo por ojo”. Si matas a alguien, has de pagarlo con tu vida. Sin embargo, cuando les pregunto cuáles son a su juicio los motivos por los que, objetivamente, podría ejecutarse a una persona, comienzan a aflorar los sentimientos más primarios, totalmente ajenos a la Ley del Talión. Pues, aparte de mandar al patíbulo a los asesinos, sostienen, habría que aplicar la hoguera también a los violadores, a los pederastas, a los malversadores de fondos públicos. Lo cual, me permito añadir, va más allá del “ojo por ojo” y nos convierte, si ya no lo somos por naturaleza, en el animal más peligroso que existe, el “homo judicialis”, capaz de juzgar, cual Dios Omnisciente, sobre la vida o muerte de sus semejantes. Una cosa es condenar la libertad del hombre, y quitársela durante 20, 30 o 2.000 años, y otra muy diferente es quitarle definitivamente el beneficio de la duda, inyección, horca o silla eléctrica mediante.

El caso es que, después de tantas manifestaciones físicas contra la pena de muerte, resulta que quizás la solución esté en la química. Sin pentotal sódico no puede practicarse la inyección letal. Tampoco podría llevarse a cabo sin cloruro de potasio ni bromuro de pancuronio. Por lo que ahí tenemos la solución. Como no podemos erradicar la física de las armas blancas, de las pistolas, los rifles y los procesos neuronales de los asesinos, habrá que atacar a la química, es decir, dejar a los correcionales sin materia prima. Acabo de realizar un sencillo experimento que me ha dejado un regusto amargo: he podido solicitar, sin ninguna prescripción ni parafernalia, unos gramos de cada componente de la inyección letal en una parafamarcia de México que actúa via internet. Ver para creer.

Me permito guardar el secreto de dicha “tienda virtual” porque a buen seguro que, enterados del asunto, para desgracia del convicto Albert Brown, las autoridades del correcional estatal de San Quintín, en la USA, realizarían ipso facto su pedido y lo tendrían listo en unas “dos semanas a contrareembolso”. En eso los países islámicos no se andan con rodeos; a falta de pentotal sódico buenas son las piedras. Y piedras no hace falta ir a comprarlas a una farmacia mejicana. Haberlas haylas, por todas partes, la mayoría dentro de algunas cabezas huecas.

Alguien me pregunta al oído, el demonio interior, si pensaría igual si el tal Albert Brown hubiera matado a mi propia hija. Supongo que no, que mi opinión sería radicalmente distinta. Al fin y al cabo, como animales judiciales que somos, haríamos cualquier cosa por defender a los de nuestra tribu. Por eso es bueno dejar estas reflexiones cuando nos tocan de lejos semejantes asuntos, para que el día que lleguemos a pensar con las vísceras, en lugar de con la cabeza, nos recuerden lo que algún día fuimos.

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