El Danubio Rojo

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Las migas del almuerzo

 

Hay canciones que perdurarán por siempre, se trasvasarán de unas generaciones a otras y, aunque llegue a olvidarse al autor que le puso la primera corchea, seguirán sonando y sonando. Muchas veces ni siquiera somos capaces de conectar un título con su estribillo o viceversa. Pero ahí continúan, sonando de vez en vez en algún documental, en una boda o en una película que precisa conmover con una buena banda sonora. Algo similar ocurre con la Biblia, libro actual y descatalogado donde los haya; quien atesora los arrestos para leérsela -yo mismo me incluyo en ese club de aventureros- se sorpende al encontrar cientos de refranes, chascarrillos y giros semánticos que habitualmente soltamos sin pensar, creyéndonos originales cual sanchopanzas e ignorando que la mayoría de refranillos y proverbios de nuestro romancero popular están allí, escritos por este o aquel profeta.

Sin embargo, cuando Johann Strauss compuso el vals más famoso de todos los tiempos y tuvo a bien colgarle el título de “El Danubio Azul”, quizás no imaginó que algún día pudiera convertirse en un mito al que agarrarse en los tiempos difíciles. En Hungría, lo escucharán por doquier estos días, ha reventado una balsa artificial donde una empresa dedicaba a la obtención de aluminio almacenaba sus residuos tóxicos y altamente corrosivos, devastando con un tsunami de barro rojo un área de 40 kilómetros cuadrados.

Las Autoridades del país y la empresa causante del estropicio, la Hungarian Aluminium Production and Trade Company (la señalo con el dedo por si aún hay alguien que apueste en Bolsa) ya han “dejado caer” que puede deberse a un fallo humano “aunque las incesantes lluvias de los últimos días han ayudado a la tragedia”. Hasta donde yo sé, no existe ningún lugar en el mundo donde, por natural coincidencia, se alee la sosa cáustica con el aluminio en cantidades industriales. La Naturaleza, se sabe por el idem, no es tan estúpida de hacerse el hara-kiri de semejante manera.

Desastres medioambientales como éste suelen ser noticia de vez en cuando pero si no los sufre uno en carne propia dejan de tener importancia. Lo del Prestige y sus hilillos ya casi se nos antoja uno de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. La fuga de Aznalcóllar, en Doñana, ya hace tiempo que quedó en la cuarentena mental. Más cercana nos queda en el tiempo, aunque ya va corriendo, la marea negra en el Golfo de México, escapada de un arcaduz marítimo de la British Petroleum. La cual, por cierto, casi nunca la he visto mencionada como BP, no vayamos los conductores, en represalia, a obviar sus gasolineras de nuestros depósitos. Ya se sabe, en última instancia, lo importante es el marketing. Ya que hablamos de “errores humanos” cabría preguntarse qué demonios hacían los de BP mandando el oro negro hasta tierra firme a través de conductos sobre el fondo marino. Cabría preguntarse, en última instancia, por qué la Autoridad (in)competente entrega semejantes autorizaciones a dichas empresas. Si la propia Naturaleza, sabia por experiencia de sí misma, esconde el petróleo bajo toneladas de tierra, allende la litosfera, ¿cómo podemos los Homo Ingenuum, –de ingenuos e ingenieros, cualquier acepción nos sirve- pretender llevar el crudo en dedales o a través de macarrones perecederos?

Pues, sí, señores de la Hungarian Aluminium Production and Trade Company, no les quepa ninguna duda: el vertido se debe a un error humano. ¿Acaso pretenden demostrar lo contrario? Es como si la BP, sí, sí, digo BP, la gasolinera verde, se escudase alegando que los conductos marítimos fueron resquebrajados por un maremoto. ¡Faltaría más! ¿O pretendemos que la Naturaleza deje a un lado sus quehaceres diarios por que al hombre se le antoje una piruleta del kiosko planetario?

En todo caso sirvan las lecciones de escarmiento, aunque nunca sean suficientes, como esta nueva que asola a los atribulados húngaros, porque dicen, a media voz, para no alarmar, que el vertido de lodo carmesí podría alcanzar el río Raba a través del Marcal y con éste llevarse las lágrimas rojas hasta el Danubio, que dejaría de ser azul si es que alguna vez lo fue.

Permítanme girar en la rotonda final de esta columna y volver por donde vine. Porque sí, ya lo dijo la Biblia, cuando Dios enseñó un socorrido truco a Moisés con que amenazar a Faraón: «Toma tu bastón y extiende tu mano sobre las aguas de los egipcios, sobre su río, sus canales, sus estanques, y sobre todos sus depósitos de aguas, y éstas se convertirán en sangre. Habrá sangre en toda la tierra de Egipto, hasta en las vasijas, tanto de madera como de piedra.» También lo vislumbró el insigne Strauss, cuando componiendo la letra de su vals, recitó aquello de “Danubio tan azul, tan bello y azul, a través del valle y el campo se desplaza hacia abajo aún, nuestra Viena te saluda, su cinta de plata, une todas las tierras y la alegría del corazón golpea la hermosa ribera

Como sé que aún alguno de ustedes aún anda intentando tararear la banda sonora de estas migas, aquí les dejo el enlace, para solaz de tiempos pasados y futuros.

http://www.youtube.com/watch?v=l7eRQ7pSO7I&feature=related

¿A que les suena?

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