«Quien camina al sol save la savor de la solombra» (refrán sefardí)

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Así como quien haga oídos sordos al discurso reiteradamente contemplativo de los medios, al margen de los análisis sectarios que la derecha europea hace de los hechos, respecto de la enésima huelga general en Francia, siempre coincidente y previamente aderezada con chispazos y conflictos sociales localizados, surgidos tan de súbito como sospechosamente finiquitado por implosión, seguirá en la inopia mecido por el mensaje en salmodia del ahora llamado movimiento anti-globalización. En su seguimiento, no he constatado extrañeza alguna en los medios -tampoco en los picaderos ciudadanos- por el desmesurado interés de la CGT en ampliar el periodo de huelga, mientras que la CFDT manifestaba abiertamente “que había llegado al máximo de sus posibilidades”. Una repleta de agarenos; la otra, no. Así que no hubiera sido de extrañar, en vista de las circunstancias, que la CFDT volviera a incorporarse a las movilizaciones empujada por la CGT y esta por los “estudiantes”, que no necesitan nunca muchos señuelos, provenientes de “los suburbios del Islam”, para incorporar a sus protestas muchas más que pocas pancartas, muchos más que pocos elementos fuera del ámbito estudiantil o laboral, profusamente salpicados con alusiones a la por el momento minoría musulmana.

Con varias alarmas por atentado islamista en pocos meses, Francia se convulsiona a causa de los problemas sociales y laborales provocados por la llamada Crisis Mundial, convulsiones que la quinta columna, organizada en tribus urbanas y eufemísticamente apodada “multicultural”, alienta y agita a su antojo. Con una población de varios millones de musulmanes, Francia presenta la mayor presencia islámica ciudadana de Europa occidental. Que el origen de estos ciudadanos sea Túnez, Marruecos o Argelia ya ha dejado de ser importante. Lo que realmente preocupa a las autoridades francesas -y las de los demás países deberían tomar nota de ello– es la tasa abrumadoramente mayoritaria de jóvenes radicalmente islamistas que contiene su ciudadanía. Al igual que a la clase obrera mundial, su escasa formación escolar los convierte, también a ellos, en placton fácil para los tiburones de la patronal. Pero mientras que el obrero de a pie culpa de sus desgracias a los patronos y su collarín de ministros de turno, esta juventud resentida de “los suburbios del Islam” lo hace señalando a Occidente como abstracta personificación del iblís coránico, como excusa para mayor gloria del Islam. Es una evidencia que tanto si se manifiestan como en el quehacer diario no lucen chilabas ni burkas, aunque el casquete en labor de bolillos es común, y no digamos el hiyab y el shayla. Todo sobre sexy y costeada ropa occidental, que es en lo que únicamente ha habido una plena identificación con el entorno civilizado. Culturalmente, el rechazo a la sociedad que los acoge es absoluto, su islamismo infinitamente más radical e intransigente que el de sus propios progenitores. Con los viejos llegaron quienes pretendían dar cumplimiento al mandato coránico de integrar estas tierras en su “dar-al-islam”, y sus cachorros, con sus intermitentes intifadas y oportunistas incorporaciones a las huelgas y movilizaciones de los trabajadores y estudiantes, a cuyo rebufo introducen eslóganes a favor de la instauración del Gran Califato en Europa, cínicamente exigen “respeto” a sus pretensiones de preparar el terreno para su expansión y consolidación.
Hay discursos que hacen mención a determinados planes urbanísticos diseñados por wahabistas, en los que las proyectadas edificaciones están orientadas hacia una hipotética defensa y protección de las súper-mezquitas, también previstas. Ignoro si ello es verídico, pero sí tengo por cierto que en los “suburbios del Islam” no se observa una mínima actividad productiva, apenas se ven ciudadanos “occidentales” y la única tarea que parece interesar a los musulmanes es conversar en corrillos a las puertas de la mezquita, bajo el control de fanáticos clérigos, cuyo poder e influencia sobre su población sólo es históricamente comparable a la ejercida por los frailes cristianos y sus adláteres en la España, en la Europa y en la América de la Inquisición. En este sentido, es un sarcasmo comprobar cómo la mayoría de las denuncias que se presentan por mujeres que son insultadas en plena calle por grupos de musulmanes instigados por estos clérigos, simplemente por llevar determinada ropa o por ir maquilladas, en París mismo, en Marsella y, según dicen, en otras importantes ciudades europeas, son calificadas por algunos jueces y prensa de insustanciales, insignificantes, intrascendentes, nimias, pueriles o triviales.
Esta cuarta parte de la población europea a la que hago mención, musulmana, está sometiendo a la sociedad y autoridades francesas, y no solo francesas, a tal presión que, poco a poco, desde la independencia de Argelia y consiguiente inmigración masiva de musulmanes, las agresiones a homosexuales y prostitutas callejeras van siendo relegadas, en un triste orden de alertas, por las que provienen de los propios gobiernos en orden a recomendar a las escuelas públicas la no lectura de textos alusivos al judaísmo, a la Shoá o de las obras de autores que en su momento podremos haberlas colocado en el Parnaso, pero que a los ojos (no digo entendederas) de los imanes son ofensivas para ellos; o a oficializar el paso al propio sistema jurídico y legal de Gran Bretaña de la ley islámica con sus propios tribunales, la Sharía, la cortadora de manos, la que instituye la lapidación de mujeres y el ahorcamiento de quienes hacen con su sexualidad lo que les viene en gana. Por su parte, las autoridades holandesas tomarían la misma medida en su país si, a su criterio, las circunstancias fueran favorables, ignorándose cuáles y para quiénes serían favorables estas circunstancias. Esto podría ser considerado por los menos avisados como laxo asunto si no generara, ante un frente de cincuenta y cuatro millones de fieles militantes islámicos, una gran preocupación, si tenemos en cuenta las declaraciones de estos “fieles” de absoluta fidelidad a la sharía por encima de leyes del país de acogida. Me vienen a la memoria las noticias sobre los atentados a las Torres Gemelas en las que se ponían de manifiesto profusas explosiones de alegría popular en El Cairo, Ammán, Rabat, Teherán, Bagdad, DaresSalaam, Ramala,…etc., así como en todo el “banlieue” norte de las ciudades francesas y catalanas: la Yihad y la Sharía son la esencia del Islam.
Escapa a nuestra imaginación un escenario como Europa dogmatizada e islamizada, religiosa y políticamente. Porque el Islam es dogmatismo político o no es Islam. En tal imaginaria circunstancia, con Europa integrada en la Organización de la Conferencia Islámica, con su intrínseca carga radical, la Alianza de Civilizaciones como tema al uso en los comics, no llego a definir las fronteras de Israel, por ejemplo, ni las del norte de Europa, ni siquiera si el PCCh existiría en China, pero sí que la sola mención del concepto “Democracia” estaría expresamente prohibido por los ayatolahs, imanes y mullahs. Me da frío pensar en las comunidades judías europeas tratando de no volver a sucumbir ante la presión de un régimen continental que sería equiparable -ejemplos tenemos- al nazi; oprobioso, dictatorial, dogmático, totalitario, fanatizado. Esta imagen es una pesadilla y la posibilidad de que en el futuro pueda convertirse para nuestros hijos y nietos en un mal despertar, una grave responsabilidad. Sé que en los medios y mentideros progres muchos consideran este tratamiento del tema como una exageración, otros muchos como inane, insustancial y fútil. Para estos progres y para los buenistas -muchas veces en el mismo kit- el único peligro que existe en este planeta es el que se cierne sobre las cabezas de “sus militantes gazistas”, provenientes de los cobras y apaches israelíes. Ninguna reacción les provoca las detenciones cuasi masivas de elementos ambivalentes -yihadista y del HizbutTahrir- en diferentes países europeos, pillados en actividades muy lejanas de la creación de pib, ni la avalancha de petro-dólares fundamentalistas para construcción de mezquitas y extrañas edificaciones anexas y para el sostén de una pléyade de “misioneros” hiperactivos allí donde la luz del sol no llega, donde las miradas huidizas y sesgadas rubrican ignotos pactos e intenciones. Cosa parecida les ocurre cuando repasan con la vista los informes del aromático, fragante, perfumado, dulce y contemplativo “Carnegie Endowment for International Peace”, en los que con cierto rubor y salvando las excepciones que sean de rigor, ese reconocido Organismo considera que existen en el Islamismo muchas cuestiones difusas que, al menos, requieren de una profunda reflexión política. Tal mismo con la legislación islámica, una vez el gobierno en su poder:
¿Cómo sería la legislación que aplicasen? Si como reclaman aplicasen la Sharía, con los derechos humanos ¿qué ocurriría? ¿Y la oposición política?
¿Cómo se reprimiría el delito?
Si el islamismo es una ideología totalitaria, en el que se compendia la política, la economía, lo social y lo religioso, ¿habría partidos políticos no islamistas?
¿Serían toleradas las libertades y derechos civiles?
¿Tendrían las mujeres las mismas cotas de igualdad que los hombres? Es más, como dice la Carnegie, en el discurso y en la práctica, en las sociedades musulmanas sobre este tema ofrecen múltiples ejemplos de casos inquietantes. Sinceramente, digo yo, el estar escribiendo esto para meterlo en cuestión me está provocando arcadas. Físicamente. Vomito.
Pero abundo. ¿Qué sería de todos nosotros, los judíos, los cristianos, los agnósticos, los ateos,…? Pero me resisto al duermevela de la inoperancia y el pesimismo: me he propuesto no mirar nunca más en el mapamundi la mancha verde que se extiende y se extiende, y releer para el íntimo consuelo versos combativos, como este de Jaim Najman Bialik:

/”La poesía combativa hebrea en el medio siglo anterior a la fundación del Estado de Israel”, por Ing. Moshé Dayan/.
SOMOS LA ÚLTIMA GENERACIÓN DE LA ESCLAVITUD Y LA PRIMERA GENERACIÓN DE LA LIBERTAD.
Ocurre que el desierto cansado de su permanente silencio
se opone a la tempestad y a las columnas de arena.
Se rebela contra el creador y conmueve su trono.
Y se atreve a arrojar arena sobre su rostro a confundir el universo y volver al caos.
Entonces se estremece el creador y los cielos cambian
arrojando un crisol ardiente sobre el desierto, haciendo surgir púrpura
bullente en el vacío del universo y en los peñascos ardientes.
Amargose el desierto y bramó con poderosa ira,
mezclando los cielos y la tierra en confuso crisol, arrastrando leones
y tiegres en violenta tempestad/
enloquecidos por la tormenta, erizadas sus crines,
galopan lanzando chispas de sus ojos.
Y parecen perturbados y confusos, saltar por los aires.
En esta hora
despiertan las fuerzas de los guerreros
y los héroes se levantan de su sueño mortal,
en los ojos – los rayos, en los rostros – las llamas
en las manos – espadas brillantes.
Truena la voz de seiscientos mil héores.
Una voz que se impone a la tempestad del desierto.
Los rodea la tormenta, los cerca la ira.
Truena.
Nosotros los héroes
somos la última generación de la esclavitud
y la primera generación de la libertad.
Sólo nuestra mano, nuestra poderosa mano,
Rompió el yugo bajo el cual gemíamos.

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