Sociopolítica

A mano alzada

Las migas del almuerzo

 

Aunque no venga a cuento, he de decir que admiro a María Antonia Iglesias. No ya por sus ideas, que rozan en ocasiones el deporte extremo, sino por su cambio de actitud tras el susto. No hace muchos meses, al salir de uno de sus acalorados debates en la Noria, sufrió un infarto (que a nadie extrañó, por cierto) y los médicos le aconsejaron que se tomara las cosas “con más filosofía”. Y aunque nadie daba un duro por su metamorfosis, cual mosca kafkiana, ha logrado (espero que no solo externamente) sosegar el espíritu y entender que, al fin y al cabo, no todo en la vida es política. Va por ella mi columna de hoy.

Porque ayer mismo, la Sra. Iglesias soltó una perla cultivada de las que azotan conciencias y que pincha con el alfiler en el ojo del problema. Decía, con su nuevo talante, que las drogas habían de ser legalizadas porque, aunque duela, “los cárteles han ganado la guerra y no queda otra que reconocerlo”. Explicaba, con tino, que la situación hace años que ha escapado de las manos de las Autoridades, las que sean, policías, ejércitos, gobiernos, filtros, y que la única manera de combatir a las organizaciones del narcotráfico es legalizar las drogas y cortar de raíz la planta.

Tiene toda la razón. Yo tengo otro argumento, más de pie de calle, que me parece irrefutable. Que levante la mano quien crea que, algún día, no pongo tiempo, las drogas van a ser erradicadas. Excepto alguna excepción, veo una minoría de manos alzadas. Y me parece absurdo que, sabiendo que es física y químicamente imposible erradicar de la faz de la tierra las plantas que alteran la conciencia (más que nada, porque llevan aquí más tiempo que nosotros), sabiendo que es imposible controlar su producción a escala mundial (a pesar de google maps), me parece absurdo, digo, que no se acabe de tomar la única solución posible, que es la legalización.

Vivimos tiempos de crisis y el IVA de esas transacciones que, queramos o no, se están produciendo al margen de la ley vendría muy bien para las arcas públicas. Quizás no hubiese hecho falta subir los dos puntos magnicidas al más regresivo de los impuestos. Podría controlarse mejor la calidad de la droga, por ejemplo, al estilo de los gorrinos, con una trazabilidad desde la semilla hasta el labio pitillo; daría trabajo a miles de personas, evitaría las mafias del narcotráfico y, por qué no, nos quitaría seguramente un prejuicio de la cabeza.

El debate que se suscita, que salta a los medios de vez en vez, viene al hilo de que en California se votó el pasado martes una proposición para la legalización de la marihuana, proposición que ha sido denegada a mano de urna, por cierto, a pesar de los fastos propagandísticos que pusieron sobre la mesa los del “Sí”. Y el principal argumento para proponer semejante enmienda fue el económico. Regular el cultivo y la venta de la sustancia para gravarla con impuestos y generar ingresos para el Estado.

Dentro de dos años, dicen, volverán a intentarlo. Argumentan los perdedores que el problema esta vez ha radicado en la abrumadora abstención juvenil, que si hubiera acudido a votar en masa, habrían logrado dar la vuelta a la votación. Supongo que faltaba un slogan convincente, del tipo, “Yes, we can-uto”. De todos modos, estoy convencido, es cuestión de tiempo. La única pega es que dejaríamos de ver en los noticieros esos graciosos chascarrillos de los hippies de turno detenidos en mitad de sus plantaciones, allende las Alpujarras, como Juan Valdés con su burro y su cafetal. O las “fábricas” a lo macrocriadero dentro de chalets en Cataluña. O a esos mozalbetes que se cruzaban la ciudad de Valencia con un coche atestado de marihuana hasta la baca. Para consumo propio, claro.

Le acabo de coger el gustillo a esto de la mano alzada. Venga. Siguiente pregunta. Que levante la mano quien crea que algún día la prostitución va a ser erradicada.

Sobre el autor

Jordi Sierra Marquez

Jordi Sierra Marquez

Comunicador y periodista 2.0 - Experto en #MarketingDigital y #MarcaPersonal / Licenciado en periodismo por la UCM y con un master en comunicación multimedia.

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