Si no sabes lo que quieres, no sabrás si lo has conseguido

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Escribía Lewis Carroll, autor de “Alicia en el País de las Maravillas”: «si no sabes hacia donde vas, nunca llegarás a ninguna parte».

Mucho más frustrante que no alcanzar las metas propuestas, es no tener metas que alcanzar, o que éstas sean tan timoratas y acomplejadas que no merezca la pena el más mínimo esfuerzo por conseguirlas, lo que hace engordar aún más la frustración, ya que lejos de alentar, robustecen el desencanto. De algún modo se puede afirmar que las metas son un componente capital para la excelencia en el logro, organizacional o individualmente hablando, ya que sin ellas las personas o las organizaciones, actúan muy por debajo de su potencial, dejándose marchitar inconscientemente.

No es un mal de pocos. No es de extrañar que una de las respuestas más habituales cuando a alguien se le pregunta: “¿Qué tal vas?”, más pendiente de lo que arrastra que del lugar al que se dirige, conteste: “voy tirando”.

Lo que más separa a alguien de establecerse metas sobresalientes, no tiene que ver con barreras reales, sino con miedos imaginarios del orden de las fantasías anticipatorias. No por ser imaginarias son menos peligrosas, ya que actúan como la “profecía autocumplida”, concepto acuñado por Robert K. Merton derivado del teorema de Thomas (“If men define situations as real, they are real in their consequences”): Si una situación es definida como real, esa situación tiene efectos reales. Si existe la creencia en mí de que no puedo conseguirlo, nunca me lo propondré como meta, y por consiguiente nunca lo conseguiré. Sin embargo una diáfana claridad de propósito, y el establecimiento de unos objetivos motivantes y coherentes van a tener como consecuencia una marcada y firme orientación vital, ya sea individual o a nivel organizacional.

No es del todo cierta la creencia extendida que las personas y las organizaciones temen el cambio, más bien parece que muchas de éstas ansían cambiar sus rumbos, por lo que al contrario: anhelan el cambio. Sin embargo, el miedo al que hacen referencia enmascara un miedo aún más paralizador, que poco tiene que ver con el miedo al cambio. Se trata del miedo a cambiar los hábitos de conducta necesarios, y a tener que emprender acciones distintas a las habituales, necesarias para que pueda alcanzarse la meta. Esto es lo que realmente atemoriza, paraliza y bloquea, de modo que pareciera que, a menudo, el comportamiento estuviese guiado por el refrán “más vale malo conocido, que bueno por conocer”, lo que conduce al disfrute perpetuo de una serena y desahogada mediocridad. Eso sí, con la queja constante de no haber llegado a donde realmente les gustaría.

El genial psiquiatra vienés, Víktor Frankl, describió distintos tipos de depresión agrupados bajo la categoría de trastornos afectivos, entre los que se encuentra la “depresión noógena”, que tiene su origen en la insatisfacción derivada de la falta de sentido de las acciones, cuando ésta posee por completo el hacer de una persona u organización.

No parece un cuadro sencillo de diagnosticar, sin embargo cada día parece más frecuente, y puede llegar a ser habitual escuchar a alguien que no tiene porvenir, que lo que hace no tiene sentido o que no encuentra sentido a lo que hace, que no tiene planes de futuro, o que si los tiene son desalentadores. Esta sensación de falta de sentido en el futuro deriva en una ausente o insignificante respuesta en el presente.

Carl Gustav Jung, psiquiatra suizo y fundador de la Psicología Analítica, señaló a este respecto: «La carencia de un sentido vital desempeña un papel crucial en el desarrollo de las neurosis. En última instancia, hay que entender la neurosis como un sufrimiento del alma que no ha descubierto su significado. Aproximadamente una tercera parte de mis casos no padecen de ninguna neurosis clínicamente definible, sino de la falta de sentido y de propósito en sus vidas«.

El proceso para el establecimiento de metas es ineludiblemente un proceso individual y en consecuencia, fruto del crecimiento personal u organizacional. La evolución, de cualquier persona u organización, la impulsa hacia posibilidades mayores. Quizá no se trate de establecer grandes metas, tanto como de tener un sentido que guíe constantemente la acción, y en este sentido nada es trivial y todo es útil, ya que nuestra dedicación, nuestro esfuerzo y la calidad de nuestras acciones dependen precisamente de esto.

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