Este arros arreyeva mutsho caldo

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ESTE ARROS ARREYEVA MUTSHO CALDO. Refrán sefaradí.

No todos los miembros de la Curia Vaticana reciben el título de Monseñor, del latín senior, del francés monseigneur, del italiano monsignore, más melodioso y sonoro, más siciliano; podríamos decir que conforman un grupo relativamente reducido. En términos de equivalencia, si en Francia disfrutaban de ese título los pares, los duques y, por antonomasia, al primogénito del rey, en el Vaticano son designados así los protonotarios apostólicos de la Curia, los presbíteros más íntimos del Papa, como el doméstico o prelado de camareta, los obispos y arzobispos (que son más que obispos). En este subgrupo, el obispo Fouad Twal, como tal, también es Monseñor, y Patriarca latino en Jerusalén. En grado de lo mismo asistió al reciente Sínodo de Obispos de Oriente Medio, los que en cuyo mensaje final declaraban su preocupación por la situación social y la seguridad en “todos nuestros países” de Oriente Medio, conscientes del impacto del conflicto palestino-israelí sobre toda la región, “especialmente sobre el pueblo palestino y su falta de libertad de movimiento, el muro de separación, las barreras militares, los prisioneros políticos, la demolición de las casas, la perturbación de la vida económica y social y los millares de refugiados; la situación de la ciudad santa de Jerusalén, quedando finalmente preocupados por las iniciativas unilaterales que podrían cambiar su demografía y su estatuto”.
Su Beatitud el Obispo, Monseñor y Patriarca Fouad Twal, no se sabe si en calidad de clérigo o en su condición de árabe jordano, ha visitado Sudamérica físicamente, la América hispanoparlante, en el mensaje. Unos días de asueto, o tal vez recogida de diezmos y primicias, o en preparación de algún viaje papal con el mismo destino económico o pastoral. En cualquier caso propicio para atacar Israel, para iterar la desinformación, confundir a sus seguidores, tan fieles y confiados en aquellas latitudes, investido con el discurso más carca, más entripado, más dogmático de Hamás, pero un tanto más taimado. Como llevaba su homilía política memorizada, hizo oídos sordos a cuantas preguntas se le formulaban en relación al sentido de su visita, repitiendo una y otra vez su defensa de la condena del sínodo de obispos contra Israel, que él reformula con un cierto tizne antisemita, fortaleciendo si cabe, dada su graduación en el actual ejército vaticano, las tensiones que desde hace años separan a la iglesia católica con la comunidad judía mundial.
Reconoce sin sonrojo alguno ser normal que Israel no esté feliz con esa condena de los obispos de “la ocupación de los territorios árabes”. No oyó el reportero de Clarín que lo entrevistaba ningún desglose de esas palabras, puesto que si los territorios son árabes como dicen los obispos, olvidando que, tras la derrota, a los árabes los detuvo la mar en su huida y abandono de esos territorios, y si han querido referirse a los “palestinos”, caen en el mismo pecado de olvido obviando que tal definición no existe ni ha existido en la nomenclatura de ningún atlas medianamente serio. Si acaso, recordarle que el verdadero origen de tal apelativo es romano y referido despectivamente y con intención especialmente descalificatoria a los judíos, a los israelíes, que tan cara les vendieron su derrota. Aquellos romanos cambiaron el nombre de Israel por el de “Palestina”, para mofa, befa y ludibrio de los judíos. Teniendo en cuenta que la presencia católicocristiana-apostólica-romana en Israel, especialmente medradora en Jerusalén, sus propiedades, tiene su origen en la conquista “manu militari” por los ejércitos papales, sable en mano, ballesteando por doquier, las referencias del obispo Twal insistiendo en la retórica de la “ocupación”: “Normalmente, luego de una guerra los ocupantes se retiran…No puede haber una ocupación eterna… Hay una hermosa declaración de la Liga Árabe que dice que, si Israel regresa a las fronteras del ’67 el mundo árabe musulmán podría normalizar sus relaciones con Israel”, pertenecen al género en el que tan bien se manejan estos clérigos: la calumnia, el cinismo, la hipocresía; la mentira.
Puestos a hacer memoria y reconocimiento de los actores, sería menester aconsejarle a monsignore que no obvie con tanta facilidad la realidad, pese a su marchamo. Esta realidad nos dice que desde mediados del siglo 19, el aluvión de pioneros sionistas en estos territorios, que por entonces formaba parte del Imperio Turco, incorporándose a las múltiples comunidades judías locales con el objetivo de reconstruir el hogar judío, era constante. Este aluvión se vino produciendo por compra de tierras, bien directamente a la Corona Turca, bien individualmente a los propietarios árabes, los cuales llevaban casi medio milenio siendo súbditos turcos. No hubo pues conquista, ni robo; únicamente compra, tanta que, según Meir-Levi, en 1892 un grupo de “effendis” envió una carta al Sultán Turco solicitándole que ilegalizara estas ventas. Es una evidencia, y a los estudios tanto demográficos como económicos de la Universidad de Columbia me remito, que gracias a la laboriosidad sionista, el nivel de vida de la población árabe en la zona creció considerablemente, pasando de ser gente recolectora de chumbos y leche de cabra a prácticamente ser usuarios de energía eléctrica, de corretear por áridas tierras en busca de pastos para el ganado, a trabajar en fábricas y granjas de pioneros judíos, ganando en un mes lo que antes ganaban en un año.
Tras años de violencia árabe contra los judíos y después de que, en 1922, el Mandato Británico recrease un reino al este del río Jordán -el reino hachemita de Jordania-, los pioneros sionistas continuaron comprando tierras y laborando, dándose el caso, ya en 1937, de que el Mandato Británico ofreciese a los otros árabes de la región la creación de su propio Estado en el 85% de los territorios al oeste del río Jordán. La propuesta fue rechazada, dando origen a otra etapa de levantamientos y violencia árabe. Finalizada la Segunda Gran Guerra, las organizaciones sionistas poseían casi el 30% de lo que hoy es Israel, siendo propiedad privada de árabes o del Imperio Británico el 70% restante. Esta creciente violencia y sus propios problemas económicos y políticos obligaron al Imperio a entregar a la ONU lo que venía denominándose “Cuestión palestina”. Un Estado para los judíos en el 55% de las tierras y un Estado árabe en el 45% restante, con la salvedad de que el 60% de los territorios asignados a los judíos correspondían al desierto del Neguev, esta fue la decisión tomada por la ONU mediante la Resolución 181 de fecha 29 de Noviembre de 1947. De todos es conocida la reacción de la Liga Árabe: invasión del territorio israelí con la intención declarada y reiterada de “aniquilación total”. No fue una guerra por fronteras en disputa, sino el intento de borrar con las armas la Resolución 181. Los ejércitos árabes fueron vencidos y expulsados, pero Egipto se anexionó ilegalmente Gaza y Jordania hizo lo propio con Judea y Samaria. Con todo, Israel ofreció a los árabes un tratado de paz (negociaciones de Rodas), con restitución a los países árabes de algunas de las tierras que sus ejércitos dejaron atrás en su huida y la repatriación de los refugiados que abandonaron las tierras israelíes al llamado de la Liga Árabe previo a la invasión. La oferta fue rechazada y con ella la posibilidad de un Estado que podrían haber llamado “palestino”. Pero no cejaron los árabes en su guerra de terror contra Israel, especialmente Egipto.
Puesto que Gaza estaba sujeta al dominio egipcio y Judea y Samaria (Cisjordania) al dominio jordano, debería preguntarse monsegnore bajo qué bandera fue creada en 1964 la OLP de Arafat, cuál era su patria, qué territorios pretendía “liberar” y de quién. Es claro que su origen e historia era la eliminación del Estado de Israel y la sumersión de todo judío en la mar. Suscribiendo tales pretensiones, en 1967 los ejércitos de cinco Estados árabes atacaron a Israel, el cual volvió a vencerlos. La huida árabe fue estrepitosa. Israel, vencedor de Jordania y Egipto, pasó entonces a ocupar Judea y Samaria (Cisjordania) y Gaza. Es a partir de entonces cuando la OLP comenzó sus reclamaciones sobre estos territorios. Nunca antes, con Jordania y Egipto como ocupantes, habían sido reclamados, pese a la represión de esos países hermanos. La cruda realidad es que nunca había sido ese el objetivo, sino la anexión de esos territorios a lo que eufemísticamente venían denominando Gran Siria; planes que la ONU chafó con la partición de los mismos. Israel había vencido en otra batalla defensiva.
Según el Derecho Internacional, los territorios que fueran conquistados por un país en una guerra defensiva permanecerán bajo la soberanía de dicho país agredido en tanto no se produzca un acuerdo de paz entre las partes. Y se entiende soberanía económica y política, llegando incluso a la anexión, lo que Israel no ejecutó por motivos obvios: siempre esperó que esos territorios sirviesen como moneda de cambio para la paz. Así lo hizo con Egipto y el Sinaí en los Acuerdos de Oslo, no así con Gaza porque los egipcios rechazaron la devolución. Cuando le llegó el turno a Hussein de Jordania, éste aceptó un tratado de paz, pero no a cambio de la restitución de los territorios, sino que cedió libremente su autoridad sobre “Cisjordania” en favor de la A.P. En vista de todo ello, ante el permanente rechazo de las naciones árabes a suscribir un acuerdo de paz, Israel está en su pleno derecho a mantener la soberanía sobre los territorios ganados en batalla y no sujetos a ningún otro pacto, administrarlos, desarrollándolos, y agrandando el bienestar de sus ciudadanos
Pero todo esto lo solapaba monsegnore, esquivando las preguntas formuladas por el periodista sobre el Caso Karadima, uno más de la estela corruptora de la Iglesia Católica, sexual y económica, y sobre si su visita realmente estuvo motivada por la defensa corporativa de la I.C. del cura Fernando Kadima -en contencioso por su relación corruptiva con James Hamilton- ya separado de su parroquia, en cuyo acto de sustitución el obispo auxiliar de Santiago de Chile, desde el mismo púlpito, mientras los jueces desgranaban los delitos por los que se le acusa, ofreció al auditorio frases como: “Querido padre Fernando…”, “Esta ofensa que ha recibido el querido padre Fernando…”, y “A pesar de la confesión de James Hamilton…lo consideramos inocente (al cura Karadima), a menos que la Iglesia diga lo contrario. Es un santo”. Monsegnore Twal no quiso responder a estas cuestiones, limitándose a repetir que “El escándalo más grandes que nosotros tenemos es la ocupación militar de Israel en Tierra Santa. Los otros problemas, en verdad, no me afectan, no son competencia mía. Mi casa es Tierra Santa” Pero Tierra Santa no es Chile, insistía el corresponsal. “Es que yo no puedo construir mi casa en el jardín del vecino”, impertérrito monsegnore: “No tengo derecho a construir un muro en territorio ajeno, por más que quiera seguridad. Como también nos duelen los puestos de control que dificultan la libre circulación de todo el mundo. La santa sede lanzó en 1947 la idea de internacionalizar Jerusalén, que no fue aceptada, porque deseábamos la entrada libre de los creyentes a los lugares santos. Después, que los israelíes y los palestinos se pusieran de acuerdo en lo político”.
Igual que conoce la génesis del conflicto, monsegnore sabe perfectamente de la valla defensiva y los controles, y los beneficios que su instalación ha traído en lo relativo al terrorismo. Respecto de la libre circulación de peregrinos y fieles, tanto cristianos, como católicos y musulmanes, sería muy interesante conocer los beneficios económicos que la santa madre iglesia percibe anualmente organizando visitas a Jerusalén, si hacemos excepción de los dieciocho años que la Ciudad Santa estuvo bajo el yugo jordano. También conoce mosegnore al dedillo todo lo legislado sobre los asentamientos, porque es público y escrito está negro sobre blanco. A saber:
Los que tienen un carácter militar sobrevenido por la guerra y están construidos a lo largo de una línea defensiva paralela al río Jordán, en la Línea Verde y los Altos del Golán. Las motivaciones son tan obvias como las que tuvo monsegnore Twal al colocar rejas de protección en sus ventanas.
Los que tienen su origen en el pequeño asentamiento judío de Hebrón, inamovible desde el periodo bíblico, subsistente a pesar de las masacres árabes y reconstruido después de la guerra de los Seis Días, y los construidos en Gush Etzión, cerca de Bethlehem, por los pioneros sionistas.
Los originados merced a los proyectos constructivos diseñados, en principio y en su mayoría, sobre terrenos desocupados, unos adquiridos a la Corona británica, y otros expropiados como medida defensiva. Siempre fueron tierras legalmente adquiridas y a precios justos. Especialmente los que afectan y tienen a Jerusalén como foco de atención mundial, motivados por el enorme crecimiento de su población judía. Al respecto de ello, conviene aclarar que, con la plena soberanía sobre Jerusalén, pensar que Israel se limitaría a contemplar bobamente cómo la zona de influencia de la Ciudad Santa, con su cinturón de aldeas árabes hostiles seguía siendo el mismo cinturón estrangulador de antaño, es no tener los pies en el suelo. La realidad es que Jerusalén con su área metropolitana es la capital del Estado de Israel. French Hill, Giló, Har Hamah, Ammunition Hill, Mahaleh Adummin, …, son y están tan cercanos a la capital que son barrios de la misma, habiéndome informado de que Giló fue construido en terrenos comprados por el Ayuntamiento hierosolimitano a una familia cristiana de Beit Jalla en 1974.
El mismo origen mercantil tienen los asentamientos construidos junto o en torno a lugares reconocidos como sagrados por los judíos y sin propietarios legítimos, por lo que tenían condición de desocupados en los momentos de la construcción. Aunque, como digo, con fuertes lazos emocionales, parecen destinados a servir de moneda de cambio para la paz, por encontrarse en zonas administradas por la A.P. y la Corte israelí considerarlos ilegales o “ruines”.
Cada cual es libre de sacar honestamente sus conclusiones, pero la legitimidad de los asentamientos que Israel hace suyos parece palpable con las resoluciones de la ONU al respecto y la Convención de Ginebra en la mano. Queda fuera de este articulo, por su prolijidad, el detalle de estas resoluciones, pero sí puedo sugerir un somero estudio personal de las resoluciones antedichas y la Cuarta Convención de Ginebra en cuanto la historia real les afecta, dejando por resaltados los logros y beneficios sociales y económicos que los asentamientos vía mercantil prodigaron sobre la población árabe, y lo que la Carta de la Liga de las Naciones tiene establecido sobre los territorios conquistados en acción bélica defensiva, como es el caso, y su condicionante sobre la concesión a Gran Bretaña del Gobierno de la región y su declaración de que el Mandato Palestino Británico constituiría en el futuro el Hogar del pueblo judío.
Quede claro, monsegnore.

Haim.
http://haimfer.blogspot.com/

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