El bivo no puede fazer oficio de muerto

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EL BIVO NO PUEDE FAZER OFICIO DE MUERTO. Refrán sefaradí

Creo que no existe archivero mejor que el desierto. Gracias a él y a su maravilloso polvo seco, a su terrible y a la vez benefactor viento solano, hoy hasta conocemos los sentimientos de la gente que hace muchos siglos poblaban las tierras de Israel. Los soportes donde se describen la vida y obra de muchos de ellos pueden ser observados actualmente, interpretados, palpados y acariciados sus textos, gracias a que durante cientos y cientos de años el desierto, ese gran archivero, ha impedido que la más mínima humedad sirviese de vehículo portador o hábitat para hongos y demás enemigos de la Historia.

La España de anteayer, cinco, seis o siete siglos de nada, era Sefarad para sus mejores pobladores, sus más emprendedores, estudiosos y dignos pobladores. Así era mencionada también en las demás tierras habitadas, que, Israel destruido, no tenían otra referencia judaica, se mirara por donde se mirase. Sefarad era el faro. Así que, Sefarad y LaOtraParte. De tal manera estaba compuesto el mundo. Sefarad no tenía desiertos de nombradía; zonas ralas a lo más. Pero las obras escritas eran cuidadas y cronológicamente guardadas con esmero. No era imprescindible el ambiente reseco del desierto para preservar de la descomposición las joyas literarias e históricas. Existían edificios, salas y personal dedicado a este menester, por lo que el pulso del país, la actividad digna de ser registrada, quedaba de inmediato clasificada y dispuesta para la posteridad.
Pero ocurrió una debacle, otro desastre, otra prueba más para los judíos, otra Dispersión que aún perdura. Otra vez el judío y las estrellas. Otra vez el judío por los caminos ignotos, sin umbrales para la mezuzá. Una vez más la búsqueda para evitar la pérdida. En Sefarad los archivos quedaron vacíos, ya no eran necesarios los archiveros, según para qué, porque unas estanterías quedaron vacías y las otras fueron vaciadas. Los libros que durante generaciones iluminaron las mentes, ahora iluminaban de manera fugaz, ardiendo en los corrales de los nuevos inquilinos, entre cagajones, bornizos, alcorques y cisco alborotado. La Memoria, itinerante, dejó en la tierra sefaradita huérfanos, ciegos, sordos y descreídos, así como temerosos con el ánimo en un puño, y avispados con la camisa relimpia. Muchos malhadados judíos volvieron a utilizar las toperas y los escondrijos en gallineros y desvanes para quitar de la vista, siquiera por algún tiempo, utensilios, ropas y libros de culto. En lo sucesivo, entre lágrimas, hubieron de acostumbrarse a seguir los rezos y los sermones que les llegaban desde los púlpitos y oír los insultos que el aire traía desde las azoteas vecinas. Hubieron de acostumbrarse a cambiar súbitamente de hábitos y hacer ostentación de ello. Al igual que en una prolongada infección se produce el pus indicador del mal, en Sefarad se produjo con el tiempo una falsa catarsis provocada por el terror a los elementos inquisitoriales y las prisas de muchos en disolver sus creencias y sus costumbres en las estructuras eclesiásticas y el modus videndi imperante.

Pero el río pasa y la arena queda, dice el refranero sefaradí. La murmuración siempre deja huellas. Hay que huir de ella y no darle arte ni parte al pregonero. Hay que huir de él, empezando por cambiar de patronímico, tomando el del oficio, del patrón pastelero, panadero o del fabricante de borceguíes que un día los contrató. Al mismo tiempo se hace necesario aligerar la carga familiar, dotando a la hija, pobre niña, para un matrimonio sin demasiadas pretensiones, bastando un marido incuestionablemente cristiano. Al hijo, pobre niño, de momento bastaba que viviese su vida, que los perros callejeros se defienden mejor. Más tarde, pudiera ser que entroncase con alguna piadosa mujer, merced a los conocimientos médicos adquiridos en casa sobre hierbas medicinales y a su natural intelecto. Y ellos, el matrimonio, judíos que no pudieron, no supieron o no quisieron abandonar la tierra que les vio nacer, formarse y vivir como judíos cumplidores de la Ley, siguieron dándole íntimas gracias a Elohim por dotarlos de fuerzas para esperar mejores tiempos, aun haciendo un forzado y esforzado ejercicio de cristiandad. Todo sin llamar mucho la atención, sin tics ni involuntarias exclamaciones que les delatase, sin celebraciones ni actuaciones atávicas que los pudieran llevar ante los tribunales inquisitoriales.

Así, mientras que los familiares y amigos que se perdieron en la bruma mañanera, sobre carromatos comprados a precio de oro o sobre barcos de escandaloso chirriar, con los pasajes pagados con títulos de propiedad sobre sus antiguas viviendas, rehacían sus vidas mal que bien por tierras peloponesias o turquesas, los judíos de Sefarad sobrellevaron sus miedos haciendo permanente ostentación de su nueva situación religiosa para no ser señalados por los inquisidores. Y en estos medrosos ambientes, en este ser o no ser, fueron naciendo hijos y nietos, sobrinos y parientes, conformando nuevas generaciones cada día más alejadas de sus tradiciones y de la religión ancestral .

Hasta hace relativamente poco tiempo, hemos podido comprobar cómo algunas terminaciones nerviosas de aquel Tribunal de la Santa Inquisición y del Santo Oficio aún coleteaban, tal como la cola de lagartija muerta. Nunca dejó de estar activo ni el Tribunal ni sus servidores. Nunca sus invisibles listas de desafectos dejaron de circular por mentideros, parroquias y cofradías, y, en función de su dedo acusador, algunos cabezas de familia podían encontrar de una manera u otra un trabajo remunerado con el que aventar las miserias familiares, y otros debían marchar con su gente a otra collación, barrio o ciudad. Allí donde sus nombres o referencias familiares no aparecieran en las listas de clérigos o mandamases de cofradías, se acomodaban en algún arrabal o corral, mirando siempre que estuviese cerca del río, si lo hubiere, o de un mercado. Dando gracias al Cielo, unos y otros se integraban poco a poco en aquella sociedad, esperando.

Mi padre comentaba que su abuelo, como óbolo forzoso, hubo de construir a sus expensas la escalinata en mármol de una de las capillas famosas de su ciudad. Todavía en época relativamente reciente, los sospechosos de impureza de sangre habían de congraciarse con la Iglesia mediante diezmos, primicias, óbolos y limosnas. Este era el ambiente de la época, que se endureció con la llegada de la dictadura franquista, durante la cual, en los pueblos de la provincia y barrios de la ciudad, los desafectos a la Iglesia eran nombrados en voz alta por el cura, que se colocaba en mitad de la calle, los brazos en jarra, diciendo: “Señalad a Fulano, a Zetano y a Mengano, judíos, masones y rojos, para que vengan a la misa a lavar sus pecados”. Yo mismo fui expulsado de un colegio de las llamadas Escuelas Pías porque, cuando cumplí los siete años y quisieron obligarme a comulgar, mi padre se negó. Recuerdo las palabras que el ecónomo me lanzó señalándome la cancela de salida: “Has escupido a la cara del señor, como hicieron los otros”.

Mis padres no fueron religiosos y en casa, por lo tanto, nunca se hablaba de Dios, jamás se hizo mención de la Biblia, cosa que no era de extrañar por parte de mi madre, cuya familia era toda roja; unos más que otros, pero todos sus miembros (hermanos, primos, tíos, abuelos; todos) eran anarquistas, socialistas o comunistas. Mi padre, sin embargo, tenía otra sensibilidad. Y no es que fuera un carcunda, pero su cultura y ambiente profesional lo distanciaban de las actitudes dogmáticas y estereotipadas de suegros y cuñados. Así que, yendo a contrapelo de los usos y costumbres, desde muy pequeñito incliné mis afectos por mis familiares paternos, especialmente por mi abuela Trinidad y mi tío Manuel, a los que visitaba de soslayo, porque mi madre me lo tenía prohibido. Vivíamos cerca, muy cerca; tanto que podía escabullirme para verlos durante el juego, después del colegio. Con el tiempo las visitas se hicieron más espaciadas, pero nunca más allá de la semana, porque descubrí que los viernes el cuarto del tío Manuel se iluminaba con velas y él parecía transformarse, leyendo con voz queda, mientras movía la cabeza a un lado y a otro. Trinidad, mi abuela, se hacía etérea, ocupando en silencio una silla junto a la ventana que no miraba a la calle, sino al interior de la carpintería familiar. Todo tenía un halo de misterio que, al comentárselo en cierta ocasión a mi progenitor, me respondió con una sonrisa aún más enigmática. Salvo a él y mientras fui joven nunca dije nada a nadie.

La casa era pequeña, con un patio interior desde donde una escalera metálica subía hasta la azotea, por delante de la cocina porticada. Cuando yo llegaba, empujando sencillamente el portón de madera sólo encajado, Trinidad, indefectiblemente, decía:
-Manolo, mira quién ha llegado.
-¡Jaim!- respondía él asomando la cabeza por la puerta, fingiendo una sorpresa que a mí me encantaba.
Manuel, mi tío, era tuerto y nunca supe dónde ni cómo perdió el ojo. Me asombraba la rapidez con que trabajaba la madera con su solo ojo. Y como leía, deslizando su dedo índice bajo la línea escrita, moviendo los labios en un murmullo. Tenía cientos de libros. Yo le ayudaba a doblar y guardar el talit, un Sidur transliterado al portugués, así como el resto de los utensilios de culto, en un cajón de gruesas duelas de madera, debajo de serruchos, cepillos, escofinas, limas y recortes de marquetería. No tenía kipá y usaba siempre, rezase o no, una boina negra. A mí, a modo de kipá, me colocaba un pañuelo con cuatro nudos. Pero por desgracia aquello duró poco. Aún no había cumplido los diez años cuando mis padres decidieron mudarse a una urbanización extra urbana, por lo que no tuve posibilidad de seguir asistiendo a mi particular comunidad. Al poco me zambullí en la vorágine de la adolescencia, sustituyendo inquietudes. Hasta que Trinidad, la abuela, falleció. A mi padre lo avisaron por teléfono, creándose en la familia una situación tensa por los comentarios. Curiosamente, aunque éramos entonces siete hermanos, mi padre quiso que yo le acompañase a la casa mortuoria, aquella que yo tan bien conocía. En ella, aunque con diferentes actores, se repitieron las tensiones. El tío Manuel, con la parafernalia que estimó conveniente, rezó en voz alta un kadish vibrante y, contra la opinión de los otros familiares, repitió el rezo varias veces, hasta que con la mañana llegaron los empleados de la funeraria y se llevaron el cadáver. Todos se fueron, menos Papá, tito Manuel y yo. Sentados nos miramos en silencio y, de pronto, mi tío se levantó, abrazándome entre sollozos. El olor a regaliz de su aliento me ha acompañado hasta hoy. Este recuerdo y un libro de rezos es lo único que me quedó de él. Sus hermanos no me avisaron de su fallecimiento. Cuando tuve conocimiento de ello y pregunté por sus libros y demás propiedades me respondieron que los habían hecho desaparecer. A destiempo, pero lloré, y no sólo por él, porque ya no existiese, sino porque su vida, y la de Trinidad, habían sido como un guiño cómplice de la Eternidad y no una guía, ni siquiera para mí, que he estado tan lejos de su ejemplo.

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