Navidad, triste Navidad

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Las migas del almuerzo

Contaba el otro día una blogera de canal intempestivo que detectaba en las calles de su ciudad, y de esta nuestra España por extensión, “demasiadas caras largas” pululando de una esquina a otra, paseando con gesto triste y contrito, mirando de reojo este y aquel escaparate con una mueca de deseo e impotencia. Añadía que, a su entender, son los ojos expuestos de la crisis, cebada sobre las mentes capitalistas, incapaces de soportar una Navidad sin regalos o sin pegarse el lujo de consumir compulsivamente por amor al ego. A lo que me permito añadir, ya de mi puño y tecla, que es ése, y no otro, el más visible rostro de la crisis: el palpable sufrimiento del ego materialista. O el materialismo del ego, que viene a ser lo mismo.

En el mundo en que vivimos, en el que la felicidad viene embalada en papel de regalo y tiene tatuado un nombre de marca internacional, la depresión que provoca la escasez de medios para satisfacer el capricho material está haciendo estragos. Podría ser el momento adecuado para cambiar la dinámica auto-destructiva en la que veníamos cabalgando desde tiempo atrás. Aunque me temo que acabará siendo como ese gozo, tantas veces caído en el pozo. El sistema, auto-regulable hasta en los peores momentos, ya se encarga de que esto no ocurra.

Televisión, periódicos, correos spam: la publicidad se multiplica por doquier y llevo tiempo pensando que el sistema, siempre tan inteligente, ha decidido huir hacia adelante. Todos esos anuncios de colonias, de juguetes, de relojes… no están encaminados a vender más, ya que, al fin y al cabo, poca agua se puede bombear de un pozo vacío. Sin embargo, es conveniente (y han juzgado como saludable) mantener viva la sed. Para cuando vuelva a llover.

Podemos comer sopas de sobre, perder la identidad de las cuentas corrientes o pagar la luz a plazos, todo eso es secundario. Lo importante, en esta reinvención del materialismo histórico, es mantener viva la llama del consumismo, para que, cuando vengan mejor dadas y las vacas engorden, las aguas vuelvan a su cauce. Que el cauce del río transcurra por donde no debe tiene una importancia relativa.

O no tanta, reflexiono para mí. Que se lo pregunten a los pobres habitantes de Écija.

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