Los Cien Mil Hijos de San Luis

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Las migas del almuerzo

Veo desde mi ventana pequeñas piras que alimentan de humo el horizonte. En la plaza del pueblo una partida de para-militares está a punto de fusilar a un párroco. Junto al pilón, soldados mugrientos van haciendo piña con cruces, cálices y óleos hagiográficos. Las mujeritas, pegadas a sus relicarios, lloran la pena mientras son encañonadas por escopetas rojas. Lo estoy viendo.

Las cristinianísimas familias del viejo continente se alzan en ejército popular y silencioso, auto-bautizándose como la “esperanza de Europa”. Claman a los cielos, creen en el Arca de la Alianza, aquella arma de destrucción masiva que sirvió a los israelitas para hacerse con el Oriente Medio, se pasan vía sms estampitas de Torquemada… Y a poco que se enjuicie el alma pecadora, pueden escucharse las plegarias abogando por que entren en escena aquellos “Cien Mil Hijos de San Luis”, que trajeron el orden tras un mal llamado “trienio liberal”, mácula en el impoluto gobierno de Fernando VII, último rey de reyes de esta España añeja.

La verdad es que, escuchando las proclamas de los obispos españoles, bien pareciera que hubiéramos regresado a aquella gloriosa etapa de nuestra historia, no tan lejana. Hay debate interno y puedo prometer y prometo (demasiado liberal suena la propaganda) que a fe que sería la mejor solución. Que la Iglesia, puesta en la inmediatez de su propio final (que en verdad, escuchándoles, parece que así fuera), no tiene otra opción que meterse en el berenjenal de la política. Como si no lo vinieran haciendo desde que el mundo es mundo.

Una corriente eclesial, cada vez más clamorosa, aboga porque la Iglesia Católica funde su propio partido y se presente a las elecciones. A fe que sería la mejor solución aunque, ya se sabe, crear un partido político podría dejar en evidencia la fe de los españoles. Y la del Vaticano. ¿Qué ocurriría si, llegado el caso, ese hipotético partido consigue, tal como se han cachondeado de Rosa Díez en Cataluña, los mismos votos que Carmen de Mairena?

La iglesia, ahí radica el problema, no puede exponerse al juicio público de unas urnas. Tiene poco que ganar y mucho que perder. Primero, porque ella misma no es un ente democrático. Los nombramientos dentro de su organigrama se realizan a dedo de San Pedro y el más alto de sus cargos lo señala el más alto de los entes, que se sepa, el Espíritu Santo. ¿Cómo, entonces, puede la Iglesia agachar la cabeza y someterse al voto de lo mundano? Una cosa es asimilar o mimetizarse con el programa electoral de un partido concreto y otra muy diferente es mandar a los barones cardenales a convertirse en ministros. En ministros de lo mundano, maticemos, pues ministros lo son, ellos mismos se lo dicen. Ministros de la palabra de Jesús.

No podemos prescindir de Dios, alegan a diestro y siniestro. El problema de fondo es que Dios es el más antidemocrático de los seres. El exponente, con milagros y escrituras, de la tiranía del “ordeno y mando”. Quien crea en mí, entrará en el Reino de los Cielos. Quien no siga mis preceptos, marchará al Infierno. En realidad, si nos lo cuentan de Hugo Chávez, lo llamamos tirano. Y lo digo sin “rojismo”: Stalin, con toda su iglesia del proletariado, sólo exigía fe en sí mismo y en el sistema.

El problema de fondo tras el fondo es que la corriente interna que está intentnado formar ese presunto partido eclesial procede de las catacumbas del nacional-catolicismo que aún pervive desde el franquismo. A fe que no sé qué da más miedo: si prescindir de Dios en el día a día o echarnos a los brazos de quienes se dicen portadores de su palabra.

Y para qué remontarnos a Fernando VII me dicen las musas de pan. No más hace falta darse un paseo de domingo por el Valle de los Caídos para ver que los Cien Mil hijos de San Luis no andan tan lejos.

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