Malos humos

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Las migas del almuerzo

Que conste, en primera instancia, para los idearios neo-liberales, así, a la vista gorda de la ley mal leída, que no me parece mal. Lo de la prohibición de fumar urbi et orbi. Que los sufridos fumadores pasivos necesitaban una palmadita en la espalda, un respaldo de media melena o como quieran tomárselo. Pero de ahí a convertir la capa de la Justicia en sayo de fusta y cogotazo va un trecho largo.

Hay quien encuentra, o encontraba, estimulante entrar en la taberna de turno y avanzar entre la calima al encuentro de la amiga chimenea. Pero no acabo de encontrar criterios lineales en este Gobierno a la hora de afrontar ese estigma, así lo han llamado, del tabaquismo social. No podemos demonizar un “vicio” si al mismo tiempo abrimos las sacas para lucrarnos de su venta. Es de perogrullo conocimiento que el Estado recibe cuantiosos emolumentos vía impuestos desde la industira tabacalera, impuestos que, regresivamente, son apechugados por el pueblo atrincherado tras el pitillo. No acabo de verle el sentido a prohibir el consumo de tabaco en los mismos lugares donde, “impunemente”, se sirve alcohol a mansalva. Claro, ya lo oigo, el alcohol sólo hace daño a uno mismo. Cierto.

¿Cierto? Que se lo pregunten a los conductores “pasivos” que murieron en las carreteras en los últimos años, víctimas de otros conductores que venían de un botellón a deshora o de una cena de empresa. Irresponsable, o peor, hipócrita, se me antoja que un Gobierno saque la vara de medir y apee el plano con aparejos contradictorios. Si realmente están tan preocupados por la “salud pública” lo mejor, y más coherente, sería prohibir el tabaco de Fisterra al Cabo de Creus, de Matxitxako o Tarifa.

Preguntados por la obviedad alegan que ello produciría “desajustes”, que sería como levantar la barrera del peaje para el contrabando de tabaco en el mercado negro. Cierto. ¿Cierto? Tampoco, alegan con la boca pequeña y en subtítulos, sería beneficioso para el Sistema rechazar de plano los jugosos impuestos provenientes de la venta del tabaco. Razonamiento que nos lleva a un callejón de película, de esos en que el “malo” acaba temblando como un móvil en vibrador perseguido por los perros de los “buenos”. Porque si la vara de medir el problema del tabaquismo incluye cuidar la salud pública pero continuar lucrándonos de su actividad y de paso evitar el mercadeo “silencioso”, esa misma medida nos lleva a plantearnos, tal como dejé caer en otras migas, la necesidad de legalizar las “otras” drogas.

Puestos ante semejante hilación de argumentos, ya lo decía la queja de pancarta. O todos o ninguno.

 Mientras tanto que los sufridos hosteleros remuevan cielo, tierra y mamparas, ora sí, ora no, y los fumadores se busquen los rincones lejos del degüello. Eso sí, que a nadie se le ocurra comprar un paquetito sin la pegatina estatal pues la vara de medir se convertirá en vara de golpear. Golpear a los borricos, claro, que aún se mantienen firmes en su incomprensible decisión de seguir fumando.

 Allá ellos y sus malos humos.

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